Dos
días después de la aparición de La Intemperie
(conteniendo la carta de Oscar del Barco, en la que proclama el carácter
sagrado del hombre a través una axiología formal y ahistórica,
pletórica de enunciados prescriptivos, abstractos y generales),
Mariano Grondona en su programa dominical invitaba a la viuda del capitán
Viola para que relatara con qué crueldad guerrilleros del ERP
ultimaron a su esposo. Naturalmente olvidó preguntar que hacía
el capitán Viola en Tucumán y naturalmente no se olvidó
de remarcar la existencia de dos demonios, utilizando sin eufemismos
reiteradamente esa figura.
El
tratamiento del tema de la muerte, en el marco de la lucha entre concepciones
antagónicas, no puede ignorar que cuando se enfrentan intereses
irreconciliables, la lucha política es de alguna manera una guerra.
Lo es hoy cuando a pesar del crecimiento de la explotación y
la exclusión social, no abundan los signos de rebeldía
organizada. Lo era mucho más en los años setenta cuando
crecía en los pueblos la esperanza de una sociedad diferente,
cuando las llamas de sudeste asiático alumbraban un camino de
revolución y estimulaban a una generación de jóvenes
y a pueblos enteros, que en Asia, África y América, concebían
una sociedad en la que hallarían su definitiva manumisión
social.
Las
diferentes experiencias no estuvieron exentas de errores, los que en
muchos casos las condenaron al fracaso. En Argentina los grupos que
asumieron posiciones combativas pecaron por voluntaristas y
sectarios. El voluntarismo indujo a una percepción de
la realidad no como ella era sino como querían que fuese y el
sectarismo los condujo al aislamiento no solo del resto de las militancias
sino del pueblo mismo. Pero sus errores no habilitan a demonizarlos
del modo que lo hace Del Barco. Es por lo menos una inmoralidad política
poner en la misma categoría a los asesinos al servicio del imperialismo
y movilizados por los Estados opresores y a los miles de torturados,
humillados y asesinados, que en el mundo sufrieron y sufren por su anhelo
de un mundo mejor.
Hoy
es más evidente que entonces que al enemigo no se lo combate
con resistencias ghandianas ni con pasos tibios y dubitativos. La firmeza
con que la revolución cubana se defiende de las permanentes acechanzas
a la que es sometida, indica el camino. Aunque para evitar las tentaciones
de emprender atajos históricos es preciso saber que la única
forma de tomar el poder es construyéndolo con la solidez que
le proporciona el protagonismo popular. Esa es la diferencia entre el
terrorismo y la acción revolucionaria: La toma del poder
supone la construcción de poder.
En
el número 11 de La Intemperie se publicó una
entrevista al académico chileno Carlos Pérez Soto, en
ella expone con claridad una visión dialéctica de la realidad,
basada en una lógica en la que las relaciones son más
reales que los términos relacionados. Bajo la denominación
de “relaciones constituyentes”
alude al antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. La existencia
de ambas surge de una relación que las constituyen: la
relación de explotación. Por plantearse
en términos antagónicos, la resolución de sus contradicciones
no puede prescindir de la violencia: “…si la
explotación es una relación constituyente, y lo constituido
como universo social, lo está de manera antagó-nica, arribo
a la conclusión: la única manera de salir de esa situación
es una revolución.” Agrega luego “Los
marxistas revolucionarios lo que es-tamos proponiendo no es iniciar
una guerra sencillamente porque ya estamos en guerra. Las clases dominantes
llaman paz a los momentos en que van ganando la guerra. La paz de las
clases dominantes es esa guerra que constituye la lucha de clase y la
única salida a la lucha de clases es la revolución”.
El
enunciado “la violencia es siempre igual a la violencia”,
visto desde la Lógica constituye una identidad formal pre y anti
dialéctica (A es igual a A); visto desde la Ética se inscribe
en el más vulgar neokantismo, que antepone los valores abstractos
a las leyes históricas. Pero no es mi intención ingresar
en un debate filosófico sino señalar las imputaciones
injustas y reaccionarias que conlleva el mensaje epistolar que nos ocupa.
Expresiones
como las usadas por Del Barco me hacen recordar a Saramago que escribía:
“Una de las lecciones políticas más
instructivas, sería saber lo que piensan de sí mismos
esos millares de individuos que en todo el mundo tuvieron algún
día el retrato de Che Guevara a la cabecera de la cama o en la
sala donde recibían a los amigos. Algunos dirían que la
vida cambió, que Che Guevara, al perder su guerra, nos hizo perder
la nuestra. Otros confesarían que se dejaron envolver por una
moda del tiempo y sonreirían por haber creído. Los más
honestos reconocerían que el corazón les duele, que sienten
el movimiento perpetuo de un remordimiento, como si su verdadera vida
hubiese suspendido el curso y ahora les preguntase, obsesivamente, adonde
piensan ir sin ideales ni esperanza, sin una idea de futuro que dé
algún sentido al presente”.
Personalmente
me siento identificado con los últimos, pero con la esperanza
de un futuro menos sombrío, aún en el terreno empantanado
de incertidumbres en el que nos movemos. Y agrego la convicción
de que las condiciones objetivas, la crisis irremediable del sistema,
se reflejarán mas temprano que tarde en la conciencia de los
pueblos.
Carlos
Keshishián.
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Publicado
originalmente en
Revista
mensual La Intemperie Córdoba Política
Cultura
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