el interpretador en discusión

 

Carta de Carlos Keshishián

No existen valores fuera de la Historia

 

 

 

 

Dos días después de la aparición de La Intemperie (conteniendo la carta de Oscar del Barco, en la que proclama el carácter sagrado del hombre a través una axiología formal y ahistórica, pletórica de enunciados prescriptivos, abstractos y generales), Mariano Grondona en su programa dominical invitaba a la viuda del capitán Viola para que relatara con qué crueldad guerrilleros del ERP ultimaron a su esposo. Naturalmente olvidó preguntar que hacía el capitán Viola en Tucumán y naturalmente no se olvidó de remarcar la existencia de dos demonios, utilizando sin eufemismos reiteradamente esa figura.

El tratamiento del tema de la muerte, en el marco de la lucha entre concepciones antagónicas, no puede ignorar que cuando se enfrentan intereses irreconciliables, la lucha política es de alguna manera una guerra. Lo es hoy cuando a pesar del crecimiento de la explotación y la exclusión social, no abundan los signos de rebeldía organizada. Lo era mucho más en los años setenta cuando crecía en los pueblos la esperanza de una sociedad diferente, cuando las llamas de sudeste asiático alumbraban un camino de revolución y estimulaban a una generación de jóvenes y a pueblos enteros, que en Asia, África y América, concebían una sociedad en la que hallarían su definitiva manumisión social.

Las diferentes experiencias no estuvieron exentas de errores, los que en muchos casos las condenaron al fracaso. En Argentina los grupos que asumieron posiciones combativas pecaron por voluntaristas y sectarios. El voluntarismo indujo a una percepción de la realidad no como ella era sino como querían que fuese y el sectarismo los condujo al aislamiento no solo del resto de las militancias sino del pueblo mismo. Pero sus errores no habilitan a demonizarlos del modo que lo hace Del Barco. Es por lo menos una inmoralidad política poner en la misma categoría a los asesinos al servicio del imperialismo y movilizados por los Estados opresores y a los miles de torturados, humillados y asesinados, que en el mundo sufrieron y sufren por su anhelo de un mundo mejor.

Hoy es más evidente que entonces que al enemigo no se lo combate con resistencias ghandianas ni con pasos tibios y dubitativos. La firmeza con que la revolución cubana se defiende de las permanentes acechanzas a la que es sometida, indica el camino. Aunque para evitar las tentaciones de emprender atajos históricos es preciso saber que la única forma de tomar el poder es construyéndolo con la solidez que le proporciona el protagonismo popular. Esa es la diferencia entre el terrorismo y la acción revolucionaria: La toma del poder supone la construcción de poder.

En el número 11 de La Intemperie se publicó una entrevista al académico chileno Carlos Pérez Soto, en ella expone con claridad una visión dialéctica de la realidad, basada en una lógica en la que las relaciones son más reales que los términos relacionados. Bajo la denominación de relaciones constituyentes alude al antagonismo entre clases opresoras y oprimidas. La existencia de ambas surge de una relación que las constituyen: la relación de explotación. Por plantearse en términos antagónicos, la resolución de sus contradicciones no puede prescindir de la violencia: “…si la explotación es una relación constituyente, y lo constituido como universo social, lo está de manera antagó-nica, arribo a la conclusión: la única manera de salir de esa situación es una revolución.” Agrega luego “Los marxistas revolucionarios lo que es-tamos proponiendo no es iniciar una guerra sencillamente porque ya estamos en guerra. Las clases dominantes llaman paz a los momentos en que van ganando la guerra. La paz de las clases dominantes es esa guerra que constituye la lucha de clase y la única salida a la lucha de clases es la revolución”.

El enunciado “la violencia es siempre igual a la violencia”, visto desde la Lógica constituye una identidad formal pre y anti dialéctica (A es igual a A); visto desde la Ética se inscribe en el más vulgar neokantismo, que antepone los valores abstractos a las leyes históricas. Pero no es mi intención ingresar en un debate filosófico sino señalar las imputaciones injustas y reaccionarias que conlleva el mensaje epistolar que nos ocupa.

Expresiones como las usadas por Del Barco me hacen recordar a Saramago que escribía: “Una de las lecciones políticas más instructivas, sería saber lo que piensan de sí mismos esos millares de individuos que en todo el mundo tuvieron algún día el retrato de Che Guevara a la cabecera de la cama o en la sala donde recibían a los amigos. Algunos dirían que la vida cambió, que Che Guevara, al perder su guerra, nos hizo perder la nuestra. Otros confesarían que se dejaron envolver por una moda del tiempo y sonreirían por haber creído. Los más honestos reconocerían que el corazón les duele, que sienten el movimiento perpetuo de un remordimiento, como si su verdadera vida hubiese suspendido el curso y ahora les preguntase, obsesivamente, adonde piensan ir sin ideales ni esperanza, sin una idea de futuro que dé algún sentido al presente”.

Personalmente me siento identificado con los últimos, pero con la esperanza de un futuro menos sombrío, aún en el terreno empantanado de incertidumbres en el que nos movemos. Y agrego la convicción de que las condiciones objetivas, la crisis irremediable del sistema, se reflejarán mas temprano que tarde en la conciencia de los pueblos.

Carlos Keshishián.

 

 

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Publicado originalmente en

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Margen inferior: Francisco de Goya, El invierno o La nevada (detalle).