El
cálculo inicial: media por persona. Teníamos un poco de
miedo mezclado con excitación. Me prendí un cigarrillo
cuando las pusieron sobre la mesa. Miramos atentamente esos pequeños
microscópicos puntitos agrandados por nuestras ganas de abrir
una ventana, una más, dame otra por favor. “EL MISTERIO
DE LA MENTE”. Deseos de experimentar, de entender algo más.
¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Los
recuerdos se pueden plasmar en un tatuaje?
—Esto
no pega, a mí no me jodan.
Vacaciones.
El avión despegando, me quedo, te perdono. Me hago un tatuaje
y te perdono. Desembalar las valijas, una y otra vez. El cubalibre
es más rico que el ron solo y es muy bueno para el calor.
La tabla de surf, una tabla, una barra en un bar. Muchos cubalibres
y el calor, siempre el calor, en el cuerpo, en la cabeza. Incurable
dolor de la posesión. Mi amor es único y te amo con locura.
¿De dónde viene esa ira? ¿De dónde me
vienen estas ganas irracionales de pegarte, de gritarte? ¿Es
esto el amor?
—Vamos
a bailar.
Una
noche de lluvia torrencial, lluvia que inundaba toda la ciudad. La inundaba
como nunca, la rebalsaba, pobre Buenos Aires. Y nosotros, en el único
taxi que conseguimos, intentando llegar a Palermo. El efecto comenzó
de a poco, primero eran oleadas, y bajaba. Las caras se alejaban, mis
pies parecían sostener un peso demasiado liviano, ajeno. El piso
mismo se sentía diferente desde esos pies que no podía
cohesionar. Los cuerpos de los demás se veían en 3D, afuera
de la matrix, en ese extraño lugar donde uno se ve cuando juega
realidad virtual. Mi propio cuerpo era un dibujo del que podía
alejarme y volver casi sin proponérmelo. Gritábamos, reíamos
a carcajadas, nuestras órdenes inconexas mareaban al taxista
sin ponerlo de malhumor. Lo obligábamos a internarse en la hondonada
de las bocacalles más peligrosas, en la parte baja del barrio
porteño. Doblá acá, frená, no mejor sigamos,
por esa calle no se puede. Lo tuvimos con el corazón en la boca,
haciéndole creer cada vez que avanzábamos media cuadra
que el auto se le quedaba. El paisaje era desolador, sin personas ni
autos circulando, y siempre agua, agua, como si estuviéramos
en Water World.
Ese
verano llovió mucho, era invierno para ellos. Llovía,
llovía, y los chicos eran chicos, no sabían qué
hacer para pasar las tardes. Yo también era chica, y vos también,
aunque me llevaras veinte años. Esa tarde surfeamos, había
sol por primera vez después de diez días. Luego del mar
vino el sauna, la ducha de agua fría, el sauna de nuevo y la
pileta. Tengo la piel suavecita y dorada, como un pez. Un juego de primos
en el agua.
—Vamos
a la cama, mi amor.
Tu
erección presionándome el culo. Ay, por ahí
me duele. Es un cachito nomás, hasta que entra, después
es re-lindo, y me encanta como acabo. ACABOOOO. Nunca había sentido
algo así. Dios, qué bueno que estuvo. El baño caliente,
mis sandalias de taco y mi mini más corta. Me siento hermosa
y sexual, asensualada por nuestra tarde de sexo.
Nunca
pudimos llegar a Palermo porque el taxista, en determinado momento,
se cansó de nosotros, de nuestra paranoia, y de la lluvia, sobre
todo de la lluvia, aunque se ofreció a llevarnos de nuevo a casa.
Lo detuvimos en una estación de servicio y compramos cigarrillos
y gaseosa. Cerveza, había que conseguir cerveza. La ley seca
es buena para que los chicos no anden tomando por la calle, y la lluvia
también. Y a mi casa de nuevo. Todo como siempre. La salita,
la cómoda de caoba, el espejo con esa forma tan particular que
parece jorobado. ¿Qué escuchamos? Creo que no nos poníamos
de acuerdo, pusimos los Doors y música electrónica, al
final dejamos la Bersuit. Habíamos corrido la mesita central.
Pink Floyd, necesitamos Pink Floyd, y una cerveza.
Esa
noche salimos solos. La posada estaba atestada de negros, algunos se
iban atrás del bar, a una pista improvisada de baile. El baile
era un festejo de sacudidas que enroscaba brazos y piernas, alternativa
o simultáneamente. Yo me moría por enroscar.
—Dale,
vamos a bailar.
Mi
carita suplicante de perra mojada. Y el cuerpo yéndose solo,
a la tribu, al ritual. La gente de países nórdicos
no sabe bailar porque el clima frío les entumece los huesos.
Yo tengo sangre de negra y zarandeo el culo como loca. Dejáme
que te enseñe, que te baile. Hacía tanto calor que ni
mosquitos había, el humo húmedo estaba salado de transpiración.
El cuarto estaba oscuro. Pese al agua que entraba, abríamos la
ventana de par en par, así y todo el ambiente era sofocante.
Lo que mata es la humedad. Quiero salir de acá, no aguanto
más. Pero la lluvia… Y ella de blanco, ella enfermera.
Cuidáme, no me dejes ir, por favor. Protagonista de un cuento
de Fogwill o de Borroughs, me miraba la mano que dejaba una estela,
como esa que deja la flechita del mouse cuando uno la mueve. Y era mi
mano que se apoyaba en la pared y se metía en la materia. Ah,
pero era así entonces, somos energía, la materia no nos
separa. Puedo ver las auras, todos de blanco, somos energía.
—Andá
al baño a vomitar, andá a lavarte la cara.
El
negro se me acercó elástica y rítmicamente. No
pude negarme.
—Bueno
pero una canción nomás, porque mi novio es muy celoso.
La
música estaba fuerte, y vos desde la barra, charlando con unos
amigos, me mirabas. Los negros bailan así, bien juntitos, te
agarran fuerte y meten su pierna en la entrepierna. Una lambada pasada
de moda. Ella te hablaba cerca, pero no me importó, o sí,
y quizás por eso estreché el abrazo. El cuerpo de él
era flexible y duro, re-duro, lo siento duro. Siento su boca en el cuello,
mis pies casi no tocan el piso. La canción se acelera, yo también,
y me acuerdo de mirarte. Te veo venir con los ojos rojos. En medio de
nubes y gente que se empuja. El empujón y los gritos. Sólo
recuerdo los gritos, y el llanto.
Llegué
al baño como pude, me lavé la cara. Con curiosidad seguí
el profundo recorrido del agua, no estaba la rejilla así que
la seguí, la seguí hasta sentirme caer en ese agujero
negro, hasta sentirme tragada por ese salvoconducto. Traté de
mirarme al espejo, pero no me encontré. Yo no podía ser
ésa, toda mojada, pálida, con el pelo pegado a las orejas,
desorbitada, Fabi Cantilo ondulada. Volví a la salita y cerré
la puerta. Intenté contarles acerca del agua, el agua cayendo,
el agua huyendo, el agua en la cocina filtrándose por la claraboya.
Era el diluvio y no había dónde esconderse, había
que lavarse. Agarré la jarra de agua y me la volqué en
la cabeza; a modo de ritual, todos hicieron lo mismo. Pasado el misticismo
nos reímos, con carcajadas espasmódicas que nos sacudían,
nos retorcían. Nos sacaban el aire mientras nosotros, frenéticos,
tratábamos de respirar por la nariz porque la boca estaba ocupada
por la risa. Y casi nos morimos. De risa nomás. Y otra vez venía
la oleada, y yo simplemente me iba. Las caras se alejaban en cámara
lenta, se oscurecía aún más la habitación.
Negro irreal, las caras rojas que me miraban girando con sus enormes
máscaras desfiguradas por la risa. Eran horribles muñecos
que me acechaban, me miraban con curiosidad desde un quirófano.
Y la luz blanca que me sacaba el aire. No puedo respirar, no puedo,
no respiro.
Volvimos
peleando. Era un lujoso condominio con salida a la playa. El guardia
nos vio llegar y se sonrió, las peleas domésticas eran
frecuentes en ese lugar. El mar estaba inquieto, se escuchaban las olas
gruñendo, resquebrajando las piedras. Sin embargo, la noche estaba
muy calma. No soplaba una gota de viento. Me senté en la galería
a fumar mientras miraba esa masa furiosa que tanto me apasionaba. Todo
ocurrió muy rápido. Fue sorpresivo, en la cabeza, el golpe.
No supe cómo reaccionar. Vi todo negro y lucecitas blancas giraron
a mi alrededor. En ese momento pensé que era cierto lo de las
estrellitas de los dibujos animados. Atiné agacharme, encogerme,
taparme la cara con los brazos, pero siguieron. Yo trataba de no ver
tu cara enfurecida, tus ojos desorbitados. Corrí hasta la casilla
del guardia, le grité que llamara a la policía, que hiciera
algo. Tenía miedo o pocas ganas de entrometerse. Le supliqué,
me encerré en su bañito de puerta de madera. Vos rompiste
la puerta. Una sensación de irrealidad signaba la escena, me
sentía Julia Roberts perseguida por su propio marido. Tirándome
del pelo, de mi pelo ondulado y salvaje, fuerte como una soga, me arrastraste
a la casa. Entramos gritando. Me metí en la cocina roja de furia
y de humillación. No había salida. Los chicos eran chicos
y lloraban. Agarré la cuchilla más grande que encontré
y me escondí en el huequito que había entre el lavarropas
y la heladera. Si me volvés a tocar TE MATO, te juro que
te mato adelante de tus hijos.
La enfermera me miraba con hostilidad, el doctor era bueno. Qué
lástima, es tan dulce, tan joven, qué lástima.
El respirador me hinchaba los pulmones, pequeñas manzanitas que
se agrandaban por el aire soplado. Hay que hacerle un lavado, está
blanca como la nieve. Está blanca y lavada, amortajada en
su cama. Mi cama, quiero mi cama, no aguanto más. Me quiero ir
a casa. Escucho latidos, mis débiles latidos. No voy a viajar,
no quiero volver a Buenos Aires. Las valijas de nuevo. No me dejes,
por favor. Si te vas, me muero. En taxi son tres horas hasta el aeropuerto.
Me llevo un libro que chorrea. ¿O es la tinta? Y la tinta chorreándose
por la alfombra como sangre. Nuestra sangre en el aeropuerto y en el
hospital sellando las valijas embaladas, manchando las sábanas
claras. No encuentro el mapa, pero me quedo, escucho tus latidos, y
me quedo.
©Virginia
Janza