Lo
primero que vio fue una mancha rosada que se expandía y contraía
rítmicamente, con un compás interno, lerdo, adormecido.
Luego deslizó su vista unos centímetros a la derecha,
y la zona observada comenzó a poblarse de un bello fino e imperceptiblemente
dorado. Con un zoom pudo ver los diminutos capilares erectos como volcanes.
Alejó la toma lentamente, tratando de captar todos los detalles
posibles de aquellas líneas ondulantes que separaban ese cuerpo
del resto del universo, que la recortaban en el mundo como una marioneta
lanzada al viento. Deslizó la lente hacia arriba, y logró
obtener una visión fugaz de dos aureolas rojizas erizándose.
Dos redondeces que coronaban unas tímidas elevaciones de carne
pálida.
Él
necesitaba, desesperadamente, tocar esa carne
Retiró
el ojo izquierdo de la lente y se sentó en el sillón que
hacía ya varios meses había dispuesto al lado del telescopio
para poder deslizarse rápidamente hacia una masturbación
vicaria, una esforzada manualidad que le permitiera materializar las
imágenes atrapadas en su retina en 15 segundos de placer solitario.
Era,
una vez más, domingo, de noche
Aquella
mujer, al otro lado de la calle, en el quinto piso equivalente al suyo,
con la misma necesidad voraz de clausurar la semana, a la misma hora,
con un orgasmo que absorbiera toda su energía marchita y la tornara
en un cosquilleo temporal, leve, casi eléctrico; aquella mujer
había captado su atención cuatro meses atrás cuando,
por curiosidad, la había descubierto desnuda al pasear su mirada
telescópica por la ventana de su habitación.
Siempre
abierta de par en par
Fue
la primera vez la que fijó el ritual y se cristalizó en
costumbre. La observó durante diez minutos, mientras ella se
desvestía lenta y caprichosamente para un observador escondido
en el extremo este de la habitación, seguramente sentado al lado
de la puerta, con las piernas cruzadas y acariciándose en lóbulo
de la oreja derecha. Ella no miraba nada, perdida en un trance, como
si se desnudara para ella misma. Se quitaba las prendas despacio, como
si estuvieran adheridas a su piel; luego las lanzaba al aire, dejando
que cayeran erráticamente, observando de costado, imperceptiblemente,
a su invitado, con una mueca entre triste y absurda.
Ella
también tenía un deseo
En
el momento en que la última prenda se deslizó hasta sus
tobillos, él no soportó la presión y comenzó
a acariciarse, sin saber que acabaría mucho antes de que ella
hiciera otro movimiento, como si su imagen hubiera quedado congelada
en el tiempo de su cuerpo.
Y entonces cada domingo él se sintió obligado a acompañarla,
a observarla desde su habitación, a más de 300 metros
de distancia. Cada noche de domingo, mientras millones de familias se
acomodaban en el sillón y se preparaban para adormecerse un poco
más con la misma película de siempre, el mismo programa
de siempre, él se preparaba para pasar media hora junto a su
nueva adquisición.
Una
ventana al placer
La
segunda vez se permitió esperar un poco más, aguantar
hasta que ella se acostara en la cama e invitara a su compañero
a disfrutar de su cuerpo. Enfocó rápidamente su cara y
la vio arquearse y cerrar los ojos. Adivinó a su amante lamiéndole
los pies. Quizás, acariciando sus rodillas. Diez minutos más
tarde él acababa en su sillón marrón.
Pasó
un mes y sus citas eran casi rutinarias. Estaban tan sincronizados con
ella que sabía exactamente el momento en que comenzaría
su orgasmo. Podía repasar mentalmente el acompasamiento de la
respiración, la aceleración de los movimientos, los breves
espasmos que modelaban su cuerpo, la boca murmurando desesperada, los
ojos bien cerrados, los brazos tensos, aferrados a los bordes de la
cama, a las piernas de su amante, a su cintura; y podía predecir
el minuto, el segundo, en que su pecho se llenaría de aire, y
el grito se arremolinaría en su garganta, para liberarse segundos
más tarde y dejarla quieta, quieta, casi abandonada de sí
misma.
Esos
segundos después, donde el cuerpo se reúne
Ya
se había acostumbrado a enfocarle la cara, el cuello, los senos,
y a imaginarse el resto de la escena. De alguna forma, se sentía
un observador respetuoso del placer de aquel otro hombre que sí
tocaba a la mujer, que la penetraba, que la gozaba. No quería
invadirlo, sólo compartir con él un poco de su piel. Puro
espacio aéreo, nada más que imágenes. La verdad,
sin embargo, escondía un pudor enfermizo: se imaginaba a sí
mismo observado por un ojo inquieto, irreverente, alguien que como él,
le robaría espacios de placer, retazos de su amante, pedazos
de orgasmos perdidos por la ventana. Fue así como se negó
a observarlo.
Aquel
domingo hacía calor
Mucho
antes de que él pudiera verla, ella descorrió las cortinas
y abrió de par en par la ventana. Luego apagó las luces
y encendió una a una las velas que había acomodado a los
costados de la cama. Llevaba un camisón de raso turquesa que
se adhería a su piel con cada movimiento. Las cosquillas la recorrían.
Un
camisón, segunda piel
Cuando
la última vela fue encendida, él enfocó el telescopio
y la vio cerrar la puerta de su habitación. El amante seguramente
ya había entrado. Él se acomodó en la silla, abrió
sus piernas y dejó que su pene colgara libremente. Se dispuso
a observarla por última vez.
Ella
se recostó en la cama y cerró los ojos. El camisón
apenas se subió cuando ella empezó a ondular al roce certero
de una lengua. Enfocó su cara una vez más y observó
cómo sus fosas nasales se abrían con fuerza. Imaginó
que el amante debía estar deslizando la punta de su lengua entre
sus labios escondidos. Cuando su cintura se elevó trazando un
arco, el sintió una oleada de sangre inundar su pene y lo tomó
con la mano derecha para calmar la presión que sentía
en la pelvis.
Y
se le escapaba el momento, lo retenía entre sus manos
Enfrente,
ella se debatía dentro del camisón y, por momentos, un
pezón se liberaba. Él se perdió en esa visión
y se dejó caer en la silla, soltando el telescopio y frotando
su pene cada vez con más fuerza, casi furiosamente, hasta convertir
esos centímetros de piel en minutos de elevación, de superación
del tiempo, de destrucción del espacio.
Pero
lo que él no vio
Cuando
ella deslizaba un dedo húmedo entre sus labios.
Tampoco el roce del raso estremeciendo sus pezones.
No pudo captar, no hubo forma.
El momento justo en que ella sintió.
Algo desgarrándose dentro
El placer dividiéndola hasta convertirla en millones de partículas
que se desparramaban por la habitación y se deslizaban hasta
la silla tambaleante.
Donde él.
Solo.
Pero al mismo tiempo.
Se quebraba en un grito ahogado.
Y de ninguna manera pudo ver.
La otra habitación vacía.
Sólo una ocupante.
Ella sola.
Y
a los pies de la cama
Un espejo
25/03/05
©Lina
Roca