“Crear
la muerte de esa manera artificial como lo hace la medicina actual es
impulsar un reflujo de nada que jamás fue provecho para nadie...
¿Pero quien garantiza que los alienados de este mundo puedan
ser curados por auténticos vivientes?”
“Alienación y Magia Negra”; Artaud.
“¿Qué
van a decir ahora que no existe el comunismo? Que son todos drogadictos,
que son todos boluditos...”
León Gieco.
Repetición—. Allí donde las márgenes de lo
urbano parecen terminar y tan sólo existe un doblez que lo hace
posible. ¿Qué es lo que se desplazó hacia las villas
y no cesa de infiltrarse? ¿Guerra de Countries contra Villas?
Ambos no se atacan directamente. Lo hacen de modo indirecto y sobre
el espacio que co-existe entre ellos: ni siquiera es la “clase
media”. Si el villero detecta algo “del country” en
un sujeto x, lo monitorea como “cheto”, es decir, un peinado,
una marca, colegio privado, Raza. Si la garita(1) del
country detecta un sujeto x con gorra, un mestizo en bicicleta = intervención
de las seguridades privadas. Esta exageración matemática
advierte de que lo que está en juego no son sólo objetos
parciales de deseo social: un celular digital, un auto, un mini-disc.
La delincuencia no es un problema de consumo. No es fácil matar
a otro ser humano. La razón coexiste con la demencia y no se
deja persuadir con facilidad(2). La voluntad se inventa
un motivo y lo llama Robo. Ese hombre no quiere avergonzarse de su locura,
un discurso sobre la fatalidad existencial y social vomita en su interior
como extensiones de resentimiento, envidia, venganza, rechazo que recibe
y devuelve a la sociedad. El robo es una excusa. En las villas existe
un placer asesino ligado, por ejemplo, a la muerte de un policía.
Esto se concibe como trofeo, es signo de reputación, de virilidad,
de lealtad. El que sufre quiere hacer sufrir. Schopenhauer bien sabía
que el dolor existe y que no es algo construido. El castigo supone preservar
de un daño futuro —intimida— según dicen.
Aquí la sociedad castiga en pos de su conservación. En
los tribunales se organiza jurídicamente la venganza y se trata
de reestablecer un estado de cosas. La sociedad busca una reparación
como violenta réplica asegurada por la debilidad del acusado.
Esta venganza por reparación da cuenta de que quien causó
el daño no temía hacerlo, ahora nosotros tampoco. El castigo
es odio por miedo y ausencia de miedo —ambos asociados a la venganza.
Estos elementos diferentes del odio contribuyen a mantener una confusión
de ideas en virtud de la cual el individuo que se venga no sabe generalmente
lo que quiere. El castigo devuelve un mal con otro. El círculo
lejos de cerrarse sobre sí se disemina.
Nuestra
urbanidad cotidiana del 2001/2002 no fue otra cosa que hostilidades
materiales y psicológicas, semi-indirectas, de sospechas y miedos,
de racismos, vigilantes y castigados, de apariencias, de paranoia. Por
un lado, todo la dramática de la seguridad. Y, por el otro, ese
boom musical de la “cumbia villera”. En las discos, boliches
y pubs de “clase media” se baila al ritmo de la cumbia hit
del momento, se comenta el programa tropical, se imitan personajes,
se copian tonos y palabras de esa “tribu” o “guetto”
que se denomina “pibes chorros”. ¿Se podría
pensar esto como trasgresión de un individuo sobre su clase?
No. La peligrosidad del delincuente, las violaciones, los secuestros,
las entrevistas laborales no son casualmente tramas de películas
porno nacionales. Guerra casi indirecta, entre murallas, y sobre pactos
de ambos lados con la policía. Esta polarización social
que espantaba a los periodistas de las ediciones matutinas cuando despuntaban
sus “reflexivas” intervenciones en los asesinatos de “Sopapita”,
Fuerte Apache, 1996. Fenómeno social conocido por muchas latitudes.
“Menem lo hizo” insisten todavía algunos. Adjudicar
“el Mal” a Menem impide comprendernos. La “década
del 90” podría haber desembocado en el modelo de una sociedad
de tolerancia cero. Cuando el estado de excepción deja de serlo
la distinción entre guerra y política se borra y la guerra
misma organiza la sociedad: es muy claro que el segundo mandato de Bush
el escenario de despliegue de sus ambiciones es el mundo entero. Es
una cuestión de poder pura y no de derecho. Por eso este modo
de hacer funcionar la guerra anula en la práctica lo interior
y lo exterior: la guerra hay que ganarla todos lo días ya que
esa lógica es la misma que la de la competencia(3).
El discurso de los derechos humanos permite universalizar operaciones
militares en interés de la humanidad. Este poder/control entra
en contradicción con las nuevas formas de productividad, de vida,
de expresión. Nada se resuelve con cierta fobia izquierdista
contra el sistema de seguridad y si permite eludirlo como problemática.
El Deseo que se agita debajo de la frase de campaña “voy
a militarizar las villas” no es otro que el modelo de esa sociedad
cuya materialidad se observa en el verano 2005 en Pinamer, en Cariló
como “operativo policial faraónico”. Es ilusorio
pensar que se trata sólo de proteger al turismo TOP(4).
La jurisprudencia se diseña también con planes maestros,
con libretos ejemplares. En un mundo donde el estado de excepción
se convierte en regla una “aldea vigilada” es un sueño
político y social de ciertos sectores para su Argentina deseada.
¿Quién
es Axel Blumberg? En una zona como Garín es el cuerpo del odio
del villero medio, como ideal del hijo del Amo, futuro Amo: una interioridad
insoportable que hay que borrar. La villa tiene padres que no ejercen
límites, presencia de lo mágico, es decir, Umbanda y una
relación con la Raza. El villero no ve en el “Empresario”
un hombre que se hizo a sí mismo sino un Heredero. El Villero
en tanto figura no querida es repudiada pero vuelve bajo la forma de
alucinación paranoica: “me roban” “no me dejan
vivir tranquila” “esa música de mierda por todos
lados” Y se filtra: en los secundarios, en los preceptores, en
los stereos. El adolescente que tiene que ser un “nene bien”
no percibe la villa únicamente bajo la sensibilidad social de
lo bajo, lo sucio, lo feo y todo aquello que no debe imitarse: lo percibe
como peligrosidad, como lo que los espacios de lo nocturno gritan “joda”:
un imaginario que se liga al placer y al exceso. Entonces, un “hijo
rebelde” de “clase media” cualquiera compra Cumbia
Villera. No es extraño que un local de música especializada
en San Isidro centro venda los originales de “Damas Gratis”
a 22 pesos, baje una señora de una 4x4 a comprarlo y le diga
a mi amigo vendedor “no le puedo sacar esa música de la
cabeza”. Lo marginal es absorbido, se familiariza y se admite
como trasgresión adolescente. Una caricatura del mapa turístico.
De la misma manera que se vende la alegría de la batucada en
las fabelas. Axel Rose vivía en las calles de New York, se drogaba
con todo lo que podía, se prostituyó y armó el
último gran grupo de rock: Guns n’ Roses. Noel Gallagher
se drogaba con pegamento, robaba y como no tenía recursos para
hacer vida universitaria y detestaba el trabajo industrial de Manchester
formó el mejor homenaje a John Lennon: Oasis, un grupo de rock
de clase obrera inglesa que captura el espíritu mismo de la composición
Beatle sin caer en la copia profesional, erudita, ni tampoco distanciándose
como influencia-inspiración. Los pibes de las villas manejan
opciones similares: entre la formación delictiva y el trabajo
manual, el fútbol y la cumbia villera. El paso del peronismo
al menemismo, al nivel de las líricas de la música popular,
es la transformación de la dignidad del pobre a la revancha del
villero. El punto en el que la gente vive su destino de clase en forma
auténtica y no impuesta es cuando lo dado se reforma, se muta
y se aplica a nuevos fines.
Este
verano percibe en sus costas cierto deseo de exhibición, es decir,
las vacaciones permiten enmascarar aquello que liga a los sujetos a
su vida cotidiana el resto del año; faceta de artista: los adolescentes
se sueñan en las playas, entre una indumentaria y música
rave-electrónica, ser parte de aquél souvenir de primer
mundo. Las vacaciones proponen un ser otro, o mejor dicho: vivir lo
que se desea ser sobre la base de una acumulación previa. Si
la música electrónica pega y es fuerte en la costa no
se debe tanto a su carente melodía sino a lo que gime y a su
atractivo principal: la intensidad que barre los cuerpos. La electrónica
es convulsión. La electrónica es más experiencia
corporal, un sonido corpóreo. Esa violencia que descubrió
el rock con los famosos “power chords” es amplificada al
máximo al punto de que, desorganizada todas las secuencias de
sonidos, subsistiendo sólo timbres, es hasta difícil de
catalogarla como lo que es: música. Una música cuya innovación
codea con la histeria: se baila tanto solo como con otro. No hay obligación
de ir a bailar con una pareja, práctica jurásica. La electrónica
retumba, es adicta, narcótica, y snob. La música electrónica
es tan innovadora en lo que hace a la capacidad de mezcla y de composición
con músicas ajenas como, por momentos, tediosa. Pocos Djs superan
cierta maquinal repetición que es incompatible con la esquizofrenia
del gusto ecléctico que necesita no sólo combinación
de lo dispar sino constante renovación, cambio, fisura, otra
canción, otro ritmo, otro corte. Creo que el límite de
la música electrónica es su fuerza de incorporar y combinar
prácticamente de todo. La electrónica se “pelea”,
como dicen los sociólogos, con “tribus” o “guettos”:
se trataría de una lucha simbólico-grupal(5).
Esta guerra es con la cumbia. En rigor: la cumbia villera. La cumbia
villera fusiona: “cumbia histórica”, es decir, los
ritmos clásicos de la música tropical pero revierte sus
temáticas: del amor traicionado y casi provinciano a la vivencia
de la urbanidad, de la droga, del robo. La cumbia villera es música
electrónica y su estructura musical no dista demasiado de las
canciones que se cantan en los jardines de infante. Salvo que le agrega
el baile que inventó el punk rock: el pogo. El Punk rock nace
en una sucia ciudad inglesa, cercada por industrias y basureros y su
símbolo fue Jhonny Rotten(6) y el grupo fundador
“The Sex Pistols”. Los Pistols eran más provocadores
que anarquistas y su pasión anti-sistema fue la misma la que
los hizo encantador nutritivo de lo que decían combatir. El punk
surge por el asco al hippimismo, por el aborrecimiento a las escaleras
al cielo de Zeppelín: esa complejidad musical era combatida con
tres tonos poderosos, simples e irrespetuosos. Mientras un pedazo de
Inglaterra hablaba del amor, de las flores y del sexo libre: el punk
rock y el naciente heavy metal denunciaban la mugre industrial, la contaminación
y la basura de toda vida rutinaria, conservadora, apacible y feliz.
La cumbia villera hace lo mismo sin el talento musical, la lectura,
la visión política y radicalmente anticristiana de ese
primer Johnny Rotten que cantaba “Dios salve a la reina”.
La cumbia villera tiene como atractivo “la base”, es decir,
la marca constante del bajo sobre el redoblante. Combinado con letras
de fácil adhesión mental, que levantan banderas de grupo
y de guettos como sistema de identificación, donde por momentos
se hace testimonio de la marginación, de la experiencia de motín
carcelario, del robo, de los tiros, de la policía, de la muerte
festejada del “cheto”, de lo putas que son las mujeres,
del sexo oral y anal como experiencias sublimes, de los trabajos de
repartidores de pizza, de las peregrinaciones a Luján, de la
televisión como trofeo. La cumbia villera se baila de a dos necesariamente
y en todos los boliches es el momento clave del “levante”,
de “encarar”. La seducción allí pasa menos
por el lenguaje que por cierta disposición corporal, de cierta
Actitud. La estrategia de distinción es parecer un chorro. La
música de cumbia villera cruza antiguos clásicos de lo
tropical, los bits de la música electrónica, y las letras
de denuncia, marginación, cerveza y esquina propias del punk
rock. La cumbia villera se reinvidica a sí misma como “más
nacional” que la electrónica. Y, además, le atribuye
a la electrónica falta de masculinidad: una música de
putos. El amante de la electrónica codea con la bisexualidad
en ciertos boliches de Palermo, pero también en las bailantes
acceden —no los gays— los travestis. Esta música
se mezcla con el rap y combina el look de los raperos negros americanos
con los pelos teñidos de amarillo, al mejor estilo Maradona.
Tom
Wolf que en el libro “A man in Full” (“todo un hombre”)
cruza a un rubicundo texano (una especie de Bush empresario) con otro
personaje en una cárcel que le habla de un “Michel Foucault”
y aprovecha para burlarse de “Michelle FU KO” y todo “lo
carceral”. Tom Wolf considera que en EEUU al poseer una “clase
obrera” con buenos ingresos y nivel de vida el marxista no sabe
qué hacer con ese “proletario” que está en
un crucero con su tercer esposa y, por lo tanto, tienen que encontrar
nuevos prole: mujeres, homosexuales, travestis, perversos, pornógrafos,
prostitutas, árboles de madera nobles. Se trata de un Marxismo
rococó, elegante como Fragonard, pícaro como Watteu. Como
él mismo afirma: “demostraremos que, con perniciosa eficacia,
los poderes fácticos están manipulando hasta la lengua
que hablamos para atraparnos en un invisible panóptico...”
En nuestro país tenemos cientos de estudiantes que se nutren
de ese marxismo rococó y que encuentran en piqueteros, fábricas
recuperadas, villeros, delincuentes un botín empírico-teorico
de estrellas especialistas en estudios paraproletarios, el comercio
sexual de menores en baños, bisexualidad, travestis, prostitución
masculina, pornografía lésbica. Tenemos ejemplares de
estudiantes con sus cabezas rapadas y con un librito de Deleuze en sus
brazos, anteojitos de abuela y un pulido discurso sobre la sexualidad,
el sadismo y el sistema penal. Entre este choque de personajes de Wolfe
uno habla de “la fuga”, de que “los marginados son
lo que mejor posición están para corregirnos a nosotros”.
Del otro Charlie Croker —un blanco de raza, tradicional, texano,
de 60 años, que tiene su teoría sobre lo que el hombre
común quiere— soporta los aplausos. Luego silba y lo miran
como si él estuviera loco. Hay quienes sostienen que el “intelectual
de izquierda” es un erudito en el desprecio del hombre común
porque de algún modo ese personaje observa que incluso con el
cumplimiento efectivo del artículo 14bis lo que se gana si se
cumpliese ese derecho es poco con respecto a lo que ellos proponen:
Gana una hoja pero pierde el bosque. Los comunistas hasta el día
de hoy levantan un precioso manto que esconde una voluntad ciega de
destrucción. Sólo una inteligencia genial, descomunal
y titánica como la de Carlos Marx pudo pensar ese puente. En
el mismo libro, Wolf afirma que la moda de pantalones caídos
tiene su origen en la indumentaria de la cárcel al no poder usar
cintos debido a las peleas de las sectas de nazis, negros, latinos y
judíos que las pueblan.
Algunos
han detectado con precisión esas bajezas tan propias del demasiado
humano, como las excelentes notas de James Nielsen/Tomas Abraham. Pero
en este trabajo de meter la nariz donde el otro caga ¿dónde
están las miserias de estos otros Intelectuales? ¿Por
qué se han rebajado a la chicana barata de mostrar las indigencias
ajenas en lugar de construir algo mejor? Flota en sus escritos
el presupuesto tácito de que ya ha sido alcanzada toda la libertad
concebible y asequible; el programa de emancipación ha sido agotado(7).
“Mira dentro de tí, ni arriba ni abajo, allí en
tu interior, donde se supone que reside tu astucia, tu voluntad y tu
poder, que son todas las herramientas que necesitarás; tu Deseo
es tu Potencia: Ahora vete a dormir, y no olvides leer unas hojas de
“Así Hablaba Zaratustra”. Cuando tienen un ataque
creativo nos hablan de sueños Republicanos: economía mixta,
con estado jerarquizado y una clase política generosa y eficaz.
Sostienen que quieren una Argentina donde no se confunda idoneidad con
elitismo, que la eficiencia no es vicio neo-liberal y que respetar las
reglas no significa ser un botón. ¡Bárbaro! ¿Y
quiénes ponen el mismo sello todas las mañanas en ese
Estado competitivo, jerarquizado y eficiente?
Nuestras
conductas no obedecen a ningún mapa previo y el suelo no es otro
que la desintegración del lazo social, conductas que se tientan
con el suicidio y codean con excesos legitimados: la tentación
es gigante, la tentación es legal. El nihilismo todavía
no llegó como noticia en muchas mentes: se reúnen en cafés
filosóficos, reflexivos, cursos sobre “Etica Nicomaquea”,
seminarios sobre orientalismos en busca de un mapa, un código,
Osho como predicador. Esa pérdida de objetivos trascendentes
hace que muchos se quejen de su soledad pero en público la esgrimen
como trofeo posmoderno e independencia profesional. Se trata del viejo
diagnóstico durkhemiano, la Anomia. ¿Qué es República
Crogmañón?
Los
boliches son espacios sociales construidos sobre la significación
cultural llamada descontrol. Son, al mismo tiempo, espacios sociales
de luchas simbólico-corporal. Revancha, venganza y capacidad
de imponerle al otro la propia agresividad entendiendo por tal ritual
una forma de respeto, de autoestima, de masculinidad. Esto sucede en
la bailantas y en la “joda” de “clase media baja”.
El boliche despliega el descontrol. El motor de la noche parece sexual,
sin embargo, es otra cosa lo que la noche mueve, hace mover, contorsiona
los cuerpos, inyecta el deseo.
¿Cómo
se relaciona que un chico entre a un boliche con un cuchillo con el
sexo? ¿Qué hay en el medio? ¿Una cuestión
de seducción? “El rrocho tiene las mejores minas”,
me cuentan los pibes.
El
consumo de alcohol y de drogas tiene una explicación proporcionada
por la misma lógica local: la droga / alcohol permite una rápida
deshinibición, y también un justificativo que busque un
perdón—ya sea de tipo legal o moral— pero fundamentalmente
que el otro sexual sea, por decirlo simplemente, más accesible,
menos controlado: el eje es el sexo fácil. Otro objetualizado
en su cuerpo como placer: una forma de perversidad socialmente aceptada
y deseada. Pero esta forma de sexo violenta, montada en toda la noche
de Buenos Aires, que insiste en épocas de economía recesiva-depresiva-en
expansión- tiene un costo. Atraviesa grupos y clases. “La
locura” se vende, es mercancía, se la llama “descontrol”
y da de comer a muchos. El domingo por la mañana se escuchan
las voces indignadas de comerciantes que se quejan de “los pendejos
borrachos” que salen de las discos. Los mismos quienes compran
sus panchos, panes, churros, flores, cocas, cigarrillos. El cuerpo del
adolescente es un negocio sobre el cual se imprime una economía
local y un discurso hipócrita, resentido y masturbatorio.
Las
formas heterogéneas de descontrolar el cuerpo y sus efectos psíquicos
no son expresiones de la falta de proyectos de una juventud que no encuentra
donde involucrarse y donde construirse. Esto dicen los sociólogos
de izquierda que no encuentran material humano que cooptar para sus
filas. Justamente, los proyectos existen, salvo que no todos se conciben
en la legalidad y no tienen como articulación el deseo de vida:
hay muertes proyectadas. El cristianismo muere lentamente y el Sacrificio
en pos del trabajo y la sociedad a más de un “pibe chorro”
le causa gracia. No se los convence con la foto del Che y prefieren
aquello que el menemismo le propuso: reventar y aguantar más
tarde, de todos modos: con plata se compran jueces, sentencias, libertad
condicional y luego la calle, el robo, gastar 2000 o 3000 pesos por
fin de semana cerrando un cabaret, es decir, fiesta privada. Bajo el
contexto de desocupación y dificultades educativas, “El
descontrol” de los sábados, bajo la máscara construida
como “Diversión” o como “joda” es la
condición de hacer aceptable en el interior del núcleo
familiar un ejercicio de poder específico. El suicidio es el
límite de la noche de Buenos Aires.
Foucault
ya advertía que el biopoder de la tecnología de
control de la población no consiste en matar sino en dejar morir.
La estrategia del poder para reducir a las nuevas generaciones es librarlas
a sí mismas. El joven entra en una serie local que le
suministra el exceso bajo los límites de su propia resistencia.
La advenida de la Eutanasia tiene su tierra bien trabajada. Pero “los
jóvenes” no son ningunos imbéciles. ¿O sí?
¿Saben muy bien que borracho No se conduce? Sin embargo, es mejor
no caminar por la calle un domingo a las 6 de la mañana en Villa
Devoto, Pueyrredón, Flores, La Paternal o Pacheco. Los grupos
de rock, de punk, de cumbia, una vez formados, se mueren por tocar.
Lo hacen gratis, incluso pagan por hacerlo. Se toman el trabajo de vender
las entradas, de invertir en panfletos, de ir a las radios a llevar
demos que son cajoneados. No les importa el espacio y la mayoría
de veces son estafados. Hay mucha piratería y no es fácil
vender el cd. Todo se reduce a tocar en vivo, sólo allí
están las ganancias. Y los locales para que toque un grupo enfrentan
no sólo impuestos sino la heterogeneidad de denuncias sobre ruidos
molestos, pibes que hacen pis en los árboles, humo. Los seguidores
de estos grupos trabajan como cadetes mal pagos de oficina, repartidores
de pizza a moto, peones, empleados de locutorios, prostitutas, baby-sisters,
mucamas, desempleados que juntan las monedas y vuelven del recital caminando
o gracias a la buena predisposición del colectivero que se animó
—cosa que no todos hacen— a levantar a chicos a la salida
de un concierto o de un partido. Muchos colectiveros están hartos
del “bardo” que hacen quienes a la salida de un recital
o de un partido se “amotinan” en el colectivo, asustan al
pasajero que viene de trabajar y que como portador de “traje y
corbata” es interpelado como botón, careta, cheto y ortiva.
Por pequeñas cosas como esas a muchos la tragedia de once no
sólo no les importa un comino sino que sostienen que la merecen.
Joaquín Morales Solá retaba a la sociedad porque a pesar
de la tragedia el comienzo del año se festejó con tiros
y petardos. Decía que en Europa existía una mayor sensibilidad
social y que el luto por el Tsunami se prolongó en los festejos
que se redujeron a silencio. Aquí esto no pasó. Y Solá
llamó la atención. Lo que olvida nuestro lector de Sebrelli
y Beatriz Sarlo —a quienes invita para hacer “balances"—
es que en Europa la calidad de vida es tal que un festejo es siempre
algo más o menos tranquilo, civilizado. En una población
como la nuestra la exacerbación del festejo no es otra cosa que
desesperación contenida, bronca, y muchas rabias. Es muchas veces
el festejo desesperado de un año que no se quiere volver a vivir.
La
sociedad como Todo no totaliza ni unifica. Si hemos inventado una visión
en totalidades existentes solo al lado, si la vida se construye como
puzzles esto no se debe a ningún avance o retroceso de ninguna
teoría. Cuando la figura de un autor desaparece y cae en la espera
de nuevas desfiguraciones es porque ha dejado de ser función
y utilidad de la producción deseante en las relaciones sociales,
políticas y metafísicas. Ver el mundo desde la conciencia
fenomenológica, desde el espiral dialéctico, desde el
inconsciente rizomático no se reduce a “la cosmovisión”
sino a modificaciones de conductas y relaciones, economía política.
Justamente, debajo no se agita ninguna conciencia que conoce ni tampoco
el estímulo de la pulsión de un individuo sino el deseo
de un campo social, de una sociedad, del mundo. En rigor, la maquinaria
lejos de haber sido apartada para que la parte encuentre su singularidad
y su diferencia ontológica se encuentra, de nuevo, en las profundidades,
por todos lados, quebrándose, ampliándose, duplicándose
a sí misma como aparte, fragmentada, mestizada. La máquina
social es un todo abierto por todos lados y justo aquí una metafísica
de la sociedad, una imagen sintomática de nuevas necesidades
de producción económico, social, militar. Esta imagen
misma es sintomática: una anomia sin bordes, por todos lados.
Diferencia.—
Hay mucho más que anomia. Hay razones allí donde se protesta
contra el proceso de individuación. No existe la política
alienada sino la aceptación de política. La posmodernidad
tiene sus mitos, como ese deseo de liviandad y licuefacción de
tradiciones. Sólo superficialmente las culturas se
han globalizado. Una dominación ejercida sobre la cultura de
una comunidad modifica su apariencia, roza en lo interior, pero resiste
en la medida de que el centro —un Yo, un Dios, un Símbolo—
oculte sistemáticamente las leyes de su obediencia.
La
Anomia existe y astutamente utilizada constituye el Gobierno que nos
domina.
©Leonardo
Sai
NOTAS
(1)La
seguridad privada de garitas recibe un sueldo por sospechar de la pobreza
circulante, escuchar la radio, leer un diario y vender una seguridad,
muchas veces, ilusoria por el escaso y nulo entrenamiento. Se trata
en todo caso de la disponibilidad de ojos, atención siempre quebrada
por el hartazgo y el sueño, y un teléfono.
(2)Por eso las drogas.
(3)Mejor dicho: la lógica de la competencia
es la lógica de la guerra.
(4)El hombre de derechas percibe la disposición
del espacio del espacio político-social como una unidad orgánica
que sólo ve perturbada su paz por la intrusión de extraños.
(5)Esquemáticamente: de un lado, la pasta base
y el porro. Del otro, las pastillas. Entre ambos, la cerveza. “Ir
a tomar un café” es hoy una cerveza en un quiosco, en un
pool. Estos dos referentes son símbolo mentiroso de una
polarización social. El pasaje de un ámbito a
otro se dá todo el tiempo: el villero se mete en la rave, en
la electrónica del mismo modo que ciertas sectores de “clase
media baja y media alta” que no son puritanos de su religión
musical hacen su visita al otro cultural. Una visita antropológica.
El choque puede ser fatal. Las bailantas no reciben bien a quienes perciben
ajenos al código estético y lingüístico del
espacio y las raves ejercen su racismo de ser necesario. El sectarismo
siempre existió. Quizás, lo nuevo es la capacidad de disfraz
que permite a muchos jóvenes errar por estos espacios, adaptarse
por una horas, arriesgarse al rechazo... o a ser aceptado.
(6)Rotten es basura, podrido en inglés.
(7)Porque no existen más “programas”.