Después
del quinto martini, en la espléndida terraza del penthouse de
Jack Nicholson, una joven pareja con la que me he cruzado cerca de veinte
veces en la última hora me ofreció un más que interesante
cóctel de anfetaminas. No pude negarme ante tan generosa invitación,
sobre todo, si se considera la inminencia del amanecer y mi creciente
vacío de viudo y abandonado. ¿Viudo y abandonado, o viudo
o abandonado? Ambos planteamientos son correctos, pero el primero es
más preciso. Dramático, no cabe duda, aunque esto no cuente
con mayor explicación, pues a esa hora sólo interesa hallar
un buen rincón para dormir o copular bajo la Luna. Bien, después
del quinto martini, llegó el supercóctel y luego mi sexto
martini. Faltaba tan poco para que amaneciera y todo fuera distinto
–desde mi última noche de excesos–, que no me quedó
más remedio que pedirle a Jack, mi mejor amigo estadounidense,
que me prestara sus anteojos oscuros. Y no sólo me los prestó,
sino que además me los puso (y antes los limpió con una
punta de su camisa que olvidó esconder debajo del pantalón).
El amanecer, el cóctel dejando mi cuerpo como Hiroshima tras
el bombazo, y los anteojos de Jack, el gran Jack, viejísimo amigo.
Hasta que el amanecer fue lo que es para nosotros, los noctámbulos
empedernidos: una abstracción, el símbolo del comienzo,
el interruptor del ascensor, la esperanza que nos sugiere un psicoanalista
de ciento veinte dólares por cincuenta minutos sin bostezar.
Luego miré hacia el este algo fortalecido, di tres pasos y me
encontré por vigésima segunda vez con la pareja simpática.
Ella reía como Ronald MacDonald mientras me regalaba la semidesnudez
de su glorioso cuerpo (ágil, claro, impasible y sutil) y él
celebraba obsequiosamente mis gestos lúbricos con más
grageas tipo M&M. Seguí caminando hacia la baranda de la
espléndida terraza que sólo un tipazo como Jack puede
tener y recordé súbitamente un filme de Roger Corman.
En éste, Jack, que hacía de húsar o algo parecido,
descubre un terrible secreto del personaje que yo interpreto. Luego
él va cabalgando a un acantilado y… Desgraciadamente, mi
memoria falla en los detalles, pero hay algo que él me dice,
que él me dijo al entregarme los anteojos. La película
se borra, el guión se diluye en el babélico diálogo
de la fiesta exclusiva del extraordinario Jack Nicholson. Quiero llegar
al borde y acabar con el maldito día. El Sol me derrite, mientras
todo me fastidia. Lleno mi boca con las grageas de M&M y soy nuevamente
un gran monstruo innominable que los sobrevivientes de la fiesta van
reconociendo. Nada menos que Boris Karloff, el genial Karloff, quien
solía sembrar pesadillas en blanco y negro con sus caracterizaciones
y ahora vomita su olvido en technicolor y tiene demasiada flojera para
volver a ver el fondo de la calle.
©José
Donayre