“La
hora de la voluntad:
únicamente cuando se trate de evitar
la maldad y la bajeza”
Peter Handke
En este tiempo de
guerras permanentes, pensar en las voluntades que hacen posible perpetuar
la Paz es pensar en los procesos que las sociedades modernas deben implementar
para resolver sus conflictos. La reflexión que surge entorno
a la elaboración de la Constitución europea nos está
haciendo dialogar sobre cómo debe actuar una colectividad en
este agitado principio de milenio, y en consecuencia, cuáles
deben ser sus costumbres. La economía, la gestión de nuestro
entorno, determina nuestra manera de relacionarnos y legitima finalmente
el significado de las palabras que utilizamos para representar al mundo
y a nosotros mismos.
La
batalla de intereses, como tantas otras veces en la historia, se desenvuelve
también en el lenguaje, y es en él donde debemos prestar
mayor atención. En este sentido, los trabajos desarrollados por
la escuela de Friburgo y, más recientemente, los textos y reflexiones
publicados por Walter Oswalt nos ayudan a desentrañar las múltiples
perversiones que han sufrido palabras tan decisivas como “liberalismo”,
y que han servido para rebajar las verdaderas necesidades que nuestras
sociedades abiertas demandan.
Democracia,
seguridad, libertad, derechos humanos, son también palabras,
conceptos, que han caído bajo las salvajes redefiniciones de
la ideología neoliberal que pretende la libertad ilimitada del
capital frente a la sumisión del individuo. Las corporaciones
transnacionales junto a la acción política han hecho que
los Estados de derecho pierdan sus capacidades para garantizar que el
mercado se desarrolle libremente, han expropiado los bienes públicos
cediéndolos a las concentraciones de capital, y han desarrollado
un sistema de gobernanza centralizado y planificado que se contradice
incluso con el principal argumento del capitalismo: los beneficios de
la libre competencia. La desresponsabilización del Estado se
traduce en la disolución del contrato social y devalúa
nuestras democracias.
En
la Europa que pretendemos constituir ya presenciamos como el Estado
Nazi generó plataformas económicas capaces de engendrar
las peores pesadillas del siglo XX. Ahora debemos ser capaces de autolimitarnos
para conquistar la libertad necesaria que requiere nuestro ecosistema.
Lo expresó muy bien Karl Marx en los Manuscritos Económico-Filosóficos
de 1884, cuando nos proponía: “la armoniosa reconciliación
de sujeto y objeto a través de la humanización de la naturaleza
y la naturalización de la humanidad”.
Europa:
un continente con voluntad autolegisladora
La
identidad es el sentimiento de apego a nosotros, y este “nosotros”
debe entenderse también como el sentimiento de pertenencia a
una comunidad. Europa está asistiendo a la constitución
de su identidad colectiva y para ello necesita contenidos. Sentirse
integrados a la unidad geográfica, social, política y
económica de esta nueva organización dependerá
de que exista una clara necesidad individual de pertenecer a ella, y
en mi opinión, esta necesidad existe con más fuerza que
nunca.
Es
muy probable que, en esta búsqueda de contenidos, la UE tenga
que poner límites a su ampliación para no perder su significado
geográfico e histórico. Los valores y costumbres que determinan
al ciudadano europeo, nuestros contenidos éticos, deben tener
un espacio físico bien definido. Nuestras costumbres deben ser
coherentes con nuestro sentido fundamentador y basarse en aquellos principios
que se definieron en la Carta de las Naciones Unidas. La grandeza de
los valores fundacionales europeos son los que pueden y deben ser compartidos
con aquellos países que quieran participar de ellos. Europa representa
el lugar donde el hombre posmoderno entendió la inutilidad de
la agresión.
Si
observamos con atención los últimos acontecimientos internacionales
veremos como la globalización está despertando nuevas
conciencias. Estar más comunicados está significando el
nacimiento de un nuevo organismo del que apenas conocemos sus propiedades
emergentes. Europa puede constituirse como un órgano vital para
este nuevo ser planetario, pero para ello debe encontrar su lugar, su
forma y su función en el mundo.
La
globalización, quizás como sugieren las tesis de Imperio
de Michael Hardt-Antonio Negri, producida por los mismos que lucharon
contra las fuerzas dominantes, los que querían internacionalizar
los movimientos de los oprimidos, los que lucharon y perdieron pero
pese a la derrota, sus sueños se realizaron en forma de monstruos,
la globalización como decíamos está de nuevo en
crisis y nos obliga a pensar cada vez más de forma holística
para combatir toda narración basada en un pensamiento único
que goza ante su autodestrucción.
Europa
debe asumir su responsabilidad heredada y constituirse sobre la base
de un texto que refleje más un continente político, social
y ecológico y menos un contenido capitalista neoliberal. Debe
alejarse y oponerse a la visión propuesta por el neoconservadurismo
estadounidense anclado en el S. XIX y que actúa sobre la frágil
situación internacional basándose en el caduco concepto
de frontera.
Con
la ideología neoliberal, no sólo se ha debilitado al Estado,
sino que también se ha modificado el significado profundo de
frontera y seguridad. Estamos desamparados frente a Estados anoréxicos,
en quiebra desde que perdieron el poder sobre sus economías,
y humillados ahora que están perdiendo sus derechos. Con Guantánamo,
Abu Grahib, y otros agujeros negros semejantes, ya nadie puede exigirle
al Estado que le garantice los mínimos derechos humanos.
Hablamos
de guerras asimétricas, de organismos transnacionales, de terrorismo
internacional, de sostenibilidad, de pandemias globales. Todos estos
complejos problemas de nuestro tiempo deben afrontarse con estrategias
más ilustradas que las que propone la actual industria mecanicista
y pesada energético-militar-farmacéutica. Necesitamos
una nueva revolución científica, una segunda Ilustración
para esta modernidad líquida(1), una ciencia
basada en el pensamiento en red y en la redefinición de la objetividad,
que asuma plenamente el principio de incertidumbre y cambie nuestras
disposiciones cognitivas para hacer posible una verdadera revolución
política y social(2).
Puede
que, como sugiere Jeremy Rifkin, el “Nuevo Mundo” haya dejado
de ser EEUU, y que el “sueño americano” cada vez
agrade a menos gente. Y es justamente ésta la oportunidad histórica
que tiene Europa para soñar y constituir una auténtica
comunidad de ciudadanos comprometida con la universalización
de los derechos humanos. Porque ser revolucionario es no asumir ciegamente
la distancia que nos separa de la utopía.
Hace
tiempo que creo que el gran capital, y mediante los mercados desregularizados
y desresponsabilizados, está invirtiendo en el terror.
El
sociólogo alemán Ulrich Beck nos advierte que las mafias
prefieren y promueven las sociedades del riesgo, y sin duda nuestra
aldea global se está convirtiendo en una “sociedad del
riesgo”(3). Los grandes consorcios y grupos transnacionales
de poder, mediante sus actuaciones y políticas, están
asumiendo con sus tecnologías, riesgos no cuantificables. Riesgos
que, producidos también por los sueños de la razón,
afectan al sistema que James Lovelock describió como Gaia, ese
gran organismo al que pertenecemos todos. Los riesgos atómicos,
ecológicos, transgénicos, incluso psicológicos
que estamos asumiendo, no prevén las consecuencias de su uso
en el tiempo porque simplemente las desconocemos.
La
precariedad en el mercado laboral, un verdadero virus social, está
convirtiendo nuestras ciudades en junglas urbanas, donde quien acumule
más capital podrá seguir soñando libremente con
su seguridad. De hecho, éste es el nuevo contrato social vigente:
“Los derechos democráticos de libertad y equidad serán
garantizados mientras se permanezca en el sistema”. Y el sistema
nos incrusta a su mecanismo haciéndonos víctimas y cómplices
de su especulativo y estadístico progreso(4).
Fueron
los conservadores Reagan y Thatcher, amantes de la especulación
y la estadística, los que siempre decían que la sociedad
no existía. Probablemente pensaban que sólo debería
existir el sistema, sin control democrático alguno, y lleno de
individuos flotando por el teórico libre mercado. Pues bien,
nos acercamos aceleradamente a esas malditas “utopías”,
y la oportunidad de Europa es asumir sus compromisos y responsabilidades.
Empieza
a ser necesario que nuestros gobiernos e instituciones políticas
y económicas transnacionales se autoreformen para establecer
mecanismos de control verdaderamente democráticos. Hoy en día
existe la tecnología suficiente para que la multitud(5)
se organice eficientemente de forma local, descentralizada
y coordinada en red.
Seguramente
los que propagan el fin de la Historia son aquellos que, a parte de
estar muy bien situados, pretenden renunciar para siempre a los principios
básicos del liberalismo auténtico, aquellos que persiguen
una revolución política para aplicar los derechos fundamentales
como derechos humanos(6).
Un
sueño ilustrado y posmoderno europeo
Dicen
los especialistas del sueño que nuestro cerebro está siempre
soñando. Lo que pasa es que al despertar, nuestro estado de conciencia
nos obliga a diluir los sueños en la espesa realidad. No descubrimos
nada nuevo al decir que sin sueños tampoco obtendríamos
realidades. El mito (el rumor) nos ha sido muy útil para construir
nuestras realidades, y es analizando esos mitos y pensando dialógicamente,
moviendo la lengua como decía Aristóteles, que el hombre
puede llegar a ser su demiurgo. La modernidad significó un paso
hacia la ilustrada superación de lo divino, pero el malentendido
progreso vino a suplantar la divinidad a nuestro destino. Fue la posmodernidad
que nos hizo sospechar del progreso, y que ha influido sobre todo en
Europa, la que nos ha permitido avanzar sobre mitos más humanos
y no dejarnos atrapar por los integrismos religiosos. Las metafísicas
fundadas sobre lo religioso(7) empiezan a ser un verdadero
problema global. Un problema que amenaza también a la sociedad
de EEUU(8).
Puede
que el descubrimiento europeo de América fuera más un
descubrimiento de la verdadera identidad europea, y que ese reflejo
narcisista haya sido por mucho tiempo un mito a seguir, pero la madurez
que nos ofrece el pensamiento posmoderno debería hacernos abandonar
el discurso religioso y avanzar en la construcción de un necesario
espacio moral. Morar un espacio común, más allá
de esas junglas hobbesianas, de esos invernaderos kantianos, quizás
inaugurando burbujas, como las nombra Peter Sloterdijk, donde fuera
posible la vida bajo unas condiciones orgánicamente relacionadas
para autoprotegerse.
El
Tratado Constitucional que estamos escribiendo abusa demasiado de la
retórica europeísta y define muy poco los mecanismos institucionales
que servirán para llevar a cabo ésta utópica tarea.
Hablamos del principio de precaución mientras las transnacionales
de los transgénicos ya están introduciendo sus productos
sin etiquetar en la alimentación de los españoles. Por
el contrario, transcribimos casi al pie de la letra los principios y
los métodos establecidos por la ideología neoliberal para
seguir desregularizando los mercados, privatizando nuestros bienes públicos,
y en definitiva para concederle más derechos a las entidades
económicas que a las personas. El ciudadano europeo sueña
con un consenso más vertebrador que el cansado Consenso de Washington,
y es responsabilidad de sus administradores la redacción de un
texto que exprese con más claridad el organismo transnacional
que queremos constituir.
En
la propuesta que se nos lanza desde Roma, se habla demasiado explícitamente
de los poderes de los Bancos Centrales, y de forma demasiado literaria
cuando se hace referencia a los derechos de la sociedad civil. En el
Tratado tampoco se habla de la necesidad de crear una organización
que regule y controle la calidad y diversidad de la información
que consumimos. Se sigue ignorando que también estamos hechos
de información. No existe democracia sin transparencia en la
comunicación.
En
estos últimos años, desde Seattle hasta Barcelona, Londres,
Mumbai, New York, pasando por Tel-Aviv, Jerusalén, Porto Alegre,
el Cairo, Rabat, se han levantado auténticas multitudes (jóvenes,
viejos, empleados, empresarios y desamparados) para hacer oír
una voz que pide a gritos otro mundo es posible. Lo que nombramos como
sociedad civil global se está alzando ante un desorden de justicia
que avanza impúdicamente en nombre de nuestra civilización.
En
Europa tampoco estamos a salvo de que la religión no se adentre
en lo político. La Constitución ha generado una auténtica
lucha de poderes entre la actual administración del Vaticano
y la élite europea. Una lucha que se ha hecho visible también
en la dificultosa admisión de Turquía a la UE, y que ha
planteado la integración de una Europa musulmana. También
la sucesión del Papa Juan Pablo II, como sugiere Hans Küng,
nos mostrará el poder que todavía conserva la iglesia
Católica en Europa, la posibilidad que tenemos para superar el
modelo jerárquico de entender las relaciones con el distante,
con el distinto, con el otro.
Hemos
estado construyendo nuestras identidades personales y colectivas desde
categorías excluyentes que enfatizaban las diferencias, y ahora
empezamos a percibir la necesidad de definir esas mismas identidades
desde una empatía cosmopolita. El eje Franco-Alemán que
sostiene la “vieja” Europa está generando nuevas
políticas de cooperación entre Estados. Esto debería
ser considerado como los inicios de una voluntad política que
pretende llevar a la práctica un nuevo paradigma de relacionarnos
con el entorno.
Pero
entre las élites europeas también existen diferencias
transatlánticas que hacen que esta propuesta de Tratado no sea
todavía la que necesitamos. Las fuerzas conservadoras gobiernan
Europa, y se han dejado oír en las declaraciones de comisarios
de una prematura administración Barroso. Hay cambios pero son
todavía demasiado lentos para que acaben reflejándose
en este deseado sueño europeo. En Cataluña hemos estado
reivindicando un legítimo reconocimiento de nuestra cultura y
nuestra lengua, y parece que hay espacio para el optimismo. Si el Parlamento
europeo ha sido capaz de tomarse un tiempo para resolver el caso Buttilglione,
puede que sea también el momento de volver a consensuar una solución
más rigurosamente liberal para definir nuestra Constitución.
Hace
solamente cincuenta años, Europa se levantaba sobre las pesadillas
del holocausto y con más de cincuenta millones de muertos y,
en muy poco tiempo, ha sido capaz de convertirse en una sociedad influyente.
Ha sido el análisis crítico de su pasado lo que ha responsabilizado
a Europa para que asuma lo moral en lo político. Kant, en Antropologia
desde un punto de vista cosmopolita opinaba que: “... la
gran diferencia entre las capacidades naturales del hombre y su tarea
moral y política es que la naturaleza nos ha dejado abandonados
con sus dotes y disposiciones, y que sólo a nosotros nos corresponde
cargar con todo esto para llevar a cabo una actividad estructuradora
de naturaleza normativa.”
En
este sentido, la experiencia existencial que se ha vivido en el continente
europeo recoge un saber práctico que debería hacer posible
la constitución de un derecho común, dónde la libertad
individual y la responsabilidad colectiva encuentren su expresión.
La necesidad que tiene Europa de definir una verdadera identidad del
ciudadano europeo es la misma que los ciudadanos europeos tienen para
sentirse representados políticamente dentro de este precario
equilibrio internacional.
Las
nuevas exigencias del milenio
Hay
muchas esperanzas puestas en el legítimo experimento de gobernanza
transnacional que se está llevando a cabo en Europa. Las profundas
modificaciones que ha sufrido nuestro sistema económico global
ha desbordado los viejos marcos institucionales y, en consecuencia,
están cambiando los modelos de gobierno. Nos acercamos a una
nueva era global y debemos ser capaces de superar los viejos órdenes
establecidos, entre otras cosas porque éstos ya no nos sirven
para contener la realidad. La concentración de poder, la exclusión,
la desresponsabilización de los actores económicos y políticos,
las desigualdades, los abusos ecológicos, están acelerando
la restauración de la barbarie y amenazan nuestra supervivencia
como especie.
Europa
debe potenciar ese espíritu que la encamina hacia un verdadero
socialismo democrático, debe repensar los conceptos de crecimiento
económico y calidad de vida, y debe saber transformar los viejos
modelos competitivos en otros más orientados a la cooperación.
El déficit democrático de esta presunta Constitución
se pone de manifiesto incluso en el hecho de que el proceso utilizado
para su misma elaboración no se ha llevado a cabo mediante una
asamblea constituyente. La forma en que las lógicas de los Estados
imposibilitan la no aceptación del Tratado por parte del ciudadano,
y la rigidez del mecanismo de su futura reforma, hacen sospechar de
las verdaderas intenciones de los burócratas europeos.
El
proyecto que se nos presenta como Tratado constitucionaliza el liberalismo
conservador como doctrina oficial de la Unión Europea, se declara
explícitamente defensor de la competencia como fundamento del
derecho comunitario y de todas las actividades humanas, ignora los grandes
objetivos de la Europa social -el derecho al trabajo, el pleno empleo,
la eliminación de la precariedad, la renta mínima garantizada-,
renuncia a ser la conciencia ecológica del mundo y acaba otorgando
a una institución no europea, como es el caso de la OTAN, centralidad
en las políticas exteriores y de defensa, alejándonos
definitivamente de una verdadera y posible política de paz humanitaria.
Estamos
viendo como se escriben las nuevas constituciones para todas aquellas
poblaciones que son sometidas por las democracias de dirección
única, y que el neoconservadurismo está implantando tanto
en el centro como en las periferias del Imperio. Lo hemos visto en Irak
y también lo veremos en la esperada Palestina sin Arafat; cómo
se establecen los principios neoliberales en las renacidas constituciones
del siglo XXI. Esas “libertades encerradas dentro de la gran
falta de libertad”, como las describe Walter Oswalt, son
las dirigidas opciones que los consorcios ofrecen a la demanda. La única
oferta posible para las democracias de menú con regímenes
de consumo insostenible.
Europa
debe saber poner límites a sus concentraciones de capital y protegerse
de las corporaciones externas para garantizar las libertades individuales
de sus ciudadanos. Debe definir un espacio supranacional legítimo
con su biosistema, desde donde pueda ser posible universalizar los derechos
humanos. Todos los abusos a nuestro entorno, nos recuerda Oswalt, están
mermando la democracia. La sostenibilidad también es un concepto
político.
Hacen
falta nuevas interpretaciones para describir los hechos que todavía
están por llegar. Las distintas narrativas históricas
que generaron el 11-S en EEUU y el 11-M en Europa, reflejan claramente
hacia dónde se dirigen estas dos voluntades transatlánticas,
y qué compromisos están dispuestas a asumir.
Deslumbrados
por la aceleración, la modernidad avanza sin dirección
hacia el progreso, y el exceso de velocidad nos está exigiendo
una revolución, un giro sobre nosotros mismos, una reflexión
sobre el ethos de nuestra civilización occidental hipnotizada
por la fe en el libre mercado.
A
veces en la historia los sueños no se hacen realidad por culpa
de la voluntad. El hombre que habita el lenguaje es un animal atípico,
sin un topos establecido y, por lo tanto, no sólo físico.
Es un hombre “capaz”, tal y como lo describe Paul Ricoeur(10),
capaz de querer y de disponer. El hombre hábil en querer y en
poder. Animal con voluntad de poder sobre la acción. Hombre que
piensa y se pregunta: ¿Qué debo hacer?
Vivimos
en estado de excepción permanente mientras las bombas caen también
sobre nuestros mercados. Ya hemos comprobado como la cultura no nos
inhibe de la barbarie, pero sí quizás pueda hacerlo un
decidido acto de voluntad.
©Alex
Escamilla
NOTAS
(1)Modernidad
líquida, Zygmunt Bauman. (2000).
(2)Siegfried J. Schmidt, editor de Humberto Maturana:
“Todo aquel que desee una mejora del actual sistema social haría
bien en pensar que sin un cambio en el campo de las disposiciones cognitivas,
no es posible ningún cambio social y político. Las revoluciones
sociales presuponen revoluciones culturales”.
(3)Sobre el terrorismo y la guerra, Ulrick
Beck. (Noviembre de 2001).
(4)“Los hombres se han convertido en herramientas
de sus herramientas”. Observación de Thoreau.
(5)Concepto definido ampliamente por Michael Hardt-Antonio
Negri primero en Imperio y ahora en Multitud. Guerra y
democracia en la era del imperio.
(6)Recojo la definición de liberalismo auténtico
de Walter Oswalt en: “La revolución liberal: Acabar con
el poder de los consorcios”
(7)Hablo de lo religioso en el sentido de lo que se
cree literalmente y no se interpreta.
(8)Pienso
en el voto republicano de las últimas elecciones en EEUU. (Noviembre
de 2004)
(9)“Una
Europa altermundialista, que transforme el concepto y las prácticas
de la soberanía y del derecho internacional”. Entrevista
a Jacques Derrida (Le Monde 19 de agosto 2004).
(10)Lo
que nos hace pensar, Jean-Pierre Changeux y Paul Ricouer.