Acababa
de volver y sentía que nada era real. Ya me había
olvidado de mis cosas, de que existían, de su apariencia. Me
había olvidado inclusive de cómo solía ser yo antes
de irme. Yo, tan disímil a mí... no lograba encontrarme
en la luna que seguía flotando por encima de la plaza donde antes
tantas veces me sentaba a recibir la noche. Ni en el cuerpo envejecido
de mi madre. Ni en los libros que con tanto empeño ella me había
guardado. Ni siquiera en el espejo frente al cual me descubría
lo único indudable: la cicatriz del viaje.
Hacía
colas para formar parte. Horas y horas se perdían en trámites
que sólo incrementaban la extrañeza, el delirante asombro...
Pensé: la primera impresión dura unos días. Pero
aquello continuó y era tan desconcertante que fui a ver a un
médico y le dije: “Deme algo porque yo no sé qué
pasa”. Compré en una farmacia las pastillas que me había
recetado y después llamé a una amiga. Mara insistía
en recomendarme a un chino. Siempre tenía algún chino
a mano para todo... Apenas con la ropa que llevaba, poco después
me mudé a una casa inmensa donde vivían ella y cuatro
amigos más. Estaba obsesionada con la idea de la impermanencia.
Pensaba demasiado. Supuse que me iba a hacer bien la compañía.
A
los vecinos de la casa de al lado no le gustábamos ninguno de
nosotros. Formaban una feliz joven pareja pero como de otro tiempo.
A tal punto que él aún discutía si existe la amistad
entre el hombre y la mujer, sin haber registrado que su hermano era
transformista. El hermano del vecino tenía una sensibilidad bastante
afín a la nuestra. Adoraba burlarse de sus taras y sus incapacidades.
Y una vez en la puerta me dijo que se había dado cuenta, abrazado
a los 28 kilos de su amigo internado en no sé qué hospital,
que no hay nada que alcanzar o ambicionar, que no existen ni el triunfo
ni el dominio... Algo similar creía Flavio, de los seis que habitábamos
la casa, el más reservado. Su presencia era casi imperceptible.
Francisca decía que Flavio quería atesorarse para tiempos
mejores. Lucrecia aseguraba que un par de experiencias muy feas le habían
dejado el deseo atrofiado: ningún reproche que hacerse por actos
que ya no realizaba, ninguna vanidad por esas obras plásticas
que ya no concebía, ninguna preocupación por gente que
ya no le importaba.
“No
entiendo por qué esa tendencia a querer saber cosas sobre la
persona con la que te acostás”, me interrumpía Lucrecia
cuando yo comenzaba a preguntarle por su amigo Marcus. “Marcus
no es más que eso: Marcus”, me decía y parecía
que Marcus podía ser cero o un alma brillante según cómo
uno decidiera interpretarlo. Nunca llegué a saber qué
tal era despertar con él. Casi al alba, saltaba de la cama alegando
en un alemán sonámbulo que era la hora de pasear a su
perro. A mí me daba pereza escuchar otro idioma tan temprano.
Asentía con los ojos cerrados. Lo oía salir y soñaba
que se iba a hacer footing a la plaza, comandado por un personal
trainner cuyo nombre era Dogo; que nevaba y su flamante ropa quedaba
cubierta de copos de nieve; que pasaba por al lado de un mendigo y le
daba unos rublos; que volvía a despertarme con el pelo emblanquecido
y, masticando astillitas hielo, me explicaba: “Las personas se
dividen en dos clases: los que van bien vestidos y los que van mal vestidos.
Pero hay justicia: la nieve se divide en partes iguales para todos”.
A
Andrés le encantaba conversar sobre ese tipo de fenómenos:
los sueños, el sexo, la suave caída de la nieve, la caída
del sol y de la lluvia, de las hojas; también, sus abruptas caídas.
Tenía una gata llamada Eutanasia y una novia tan celosa que entraba
a su casilla y le leía enteramente los mensajes. Cuando él
se dio cuenta ella le dijo “¿No te explicaron que nunca
te conviene poner de contraseña el nombre de tu mascota?”.
Las pasiones de Andrés se parecían demasiado a sarpullidos.
Y su ánimo cambiaba con una rapidez alarmante. Atinaba a anunciarlo
con la frase “Estoy por derrapar”, y de pronto era otro
su carácter. Esa capacidad para volver todo denso en un instante
me irritaba y deprimía. Ciertas noches daba vueltas por la casa
como estrangulado por sus propias convicciones. Durante aquellos trances
utilizaba mucho la palabra mierda: “¿Para qué mierda
querés esa estufa?”, “¿Pueden sacar esa música
de mierda?”, “Estos vecinos de mierda”, “No
sé qué mierda pretende esta mina”, “Debo ser
una mierda de persona...”. Una madrugada, sentados en el living
en un silencio hecho de inquietud petrificada, escuchamos el murmullo
de un refugio de ratas por debajo del piso de madera. Yo tuve pánico
y él me decía: “Las ratas están ahí
y corren. Las ratas también tienen vida. ¿Qué mierda
podrías hacer? ¿o acaso te vas a mudar a otro lugar por
eso?”.
Al
oír a las ratas yo pensaba en los pies desnudos de Flavio. El
siempre andaba descalzo. Francisca decía que se estaba despojando.
Andrés le llamaba a aquel proceso “el devenir villero”,
e ironizaba: “Nosotros tenemos que atarnos los cordones, bancar
el sudor entre los dedos debajo de las medias, sacar de los zapatos
el barro cuando llueve y lustrarlos a veces. San Flavio no, él
es un hombre libre, es un artista, y morirá descalzo”.
Andrés no sentía el más mínimo respeto por
Flavio; eso deseaba expresar cuando decía: descalzo. Los contactos
de Flavio con el mundo eran cada vez más esporádicos y,
debo confesarlo, a mí me atraía su misterio de reloj cucú...
Me hubiese gustado preguntarle en qué lugar vivía, ¿en
la punta de sus dedos? ¿en la música? ¿en el fondo
de sus sueños? ¿a través de sus cejas?: ¿dónde?
Parecía haber desaprendido el grueso de la lengua y preservado
monosílabos exclusivamente. Las frases de Flavio eran enigmas,
piedras dejadas ahí, guijarros de antimateria o señales
que indicaban una ejecución imposible. Ante él sentía
que mis frases estaban demasiado cargadas, no lo bastante vaciadas por
la respiración. Me preguntaba si eso se lograba descansando los
pies. Si descalzarse era una forma de aprender a tolerar la intemperie,
los huecos, lo desprovisto.
La
presencia fantasmal de Flavio contrastaba con el infatigable voluntarismo
de Mara. Ella esperaba un Gran cambio. Había decidido aplicar
a no sé qué y repetía esa palabra decenas de veces
por día. Aplicar, aplicar, aplicar, y la palabra era cada vez
una goma que frotaba la misma superficie, borrando algo reiteradas veces
como con la secreta esperanza de que al fin se hiciera un agujero. Pasaba
todo el tiempo navegando en Internet y en esas aguas pescó un
amor virtual. Delante de Lucrecia alardeaba: “Anoche recibí
14 mails de Jane en media hora”. Lucrecia me había contado
sus asuntos con ella: “El tema es que no funciona para nada. Hacerlo
con Mara es imposible. Pero siempre volvemos a encontrarnos desnudas
de nuevo. Nos miramos y decimos: ¡Otra vez! ¡Por Dios! ¡¿Por
qué lo hacemos?!”. Lucrecia además tenía
algo con una ex compañera de la Facultad. La madre de la chica
estaba con ella. Ni bien supo que Lucrecia había hecho unos cursos
de tarot la llamó, completamente eufórica. Lucrecia me
decía: “Esta mina ni enterada de que yo me acuesto con
la hija, y quiere venir hoy a casa a que le tire las cartas; che: ¿qué
onda?”. Yo notaba que estas relaciones le causaban algún
daño. Una día en la cocina, lavando, de pronto se rascó
la cabeza y murmuró: “¿Por qué será
que casi toda mi vida está hecha de cosas que hubiese preferido
no hacer?”. Se reía pero me pareció que la risa
no era clara. Esa noche tomó unos cuantos tragos. Como se había
quedado sin dinero para salir se puso a bailar sobre la cama. Después
cayó tumbada en el colchón y se largó a llorar.
Le pregunté qué podía hacerle falta y respondió
“No sé... una familia... algo apretado”.
Para
entonces yo había empezado a soñar con nieve seca, y no
atendía si en mi celular veía el teléfono de Marcus.
Que me negara tanto lo había enardecido; llamaba sin tregua y
Andrés acotaba “No sos vos, sino el orgullito, lo que lo
hace insistir”. Soñé que el viento llenaba de nieve
la cerradura de la casa y la llave no entraba, y que luego Francisca
soplaba sobre nuestras llaves como si de ese modo intentara reanimar
corazones helados. Pero creo que el corazón de ella tampoco estaba
a gusto. Decía que tenía que soltarse y fantaseaba con
el teatro. Me contó que había salido con un tipo casado,
dramaturgo. Que resulta que a él se le paraba y se le bajaba
al instante. Que llegado cierto punto a ella se le fueron las ganas.
Que él se obstinaba pero ella no quiso. Y que él le dijo
que eso ocurría porque ella no era muy demostrativa, que no sabía
lo que ella sentía, lo que le pasaba, que ignorar sus emociones
lo hacía sentir inseguro, etcétera etcétera. Francisca
le había contestado: “Pero qué carajo importa lo
que vos sentís, lo que yo siento, lo que nos pasa y todo ese
rollo de las emociones...”.
Lucrecia
comenzó a parecerse a un péndulo oscilando entre la ira
y la plegaria. Había colocado en una esquina de su cuarto un
balde lleno de agua hasta la mitad. Según ella para sofocar incendios;
por alguna razón se le ocurrió que se venía uno.
Yo veía a Lucrecia inclinada sobre ese precipicio cilíndrico,
el agua turbia y en su superficie unos insectos lentos, la cabeza de
ella casi adentro, como midiendo la distancia o queriendo llenar la
otra mitad del balde con un grito. “En este juego rendirse no
vale”, me anunciaba antes de irse a dormir. Jamás supe
a qué se refería.
Mara
se compró una web cam y desayunaba todas las mañanas
con su amor virtual, una chica rubia, ligeramente gorda, que comía
cereales con forma de anillos de colores. La vi una vez mientras se
despedían, con cara de sapo sedado y bigotes de nata, pidiéndole
a Mara que no se olvidara de darnos sus saludos a los room mates.
Después vi a Jane girar en su silla y aclararle a su madre que
no había entre nosotros ningún terrorista, que sí,
que era seguro, que Sudamérica no tenía nothing to
do con Medio Oriente... Yo no comprendía por qué
Mara planeaba ir a Texas ni cómo podía querer convivir
con aquellas dos rubias, diferenciadas sólo por el hecho de que
la madre ya era obesa y de mañana devoraba pollo frito. Francisca
me regaló una suerte de consejo multiuso: “Lo más
sano es cambiar de perspectiva. No tenés que juzgar nada que
pase ni sentir que es triste. Solamente observalo y pensá que
así es como la gente hace hoy las cosas”. Traté
de aplicar aquellas fórmula en diferentes casos. Pero ni así
conseguía quitarme la sensación de que se había
estado yendo en cantidad todo aquello que en lo que yo creía
o que estimaba en algo.
Los
calendarios son muy convencionales. Los números que aparecen
en ellos no nos representan. Se suele pensar que al dos de enero le
sigue el tres de enero, y no inmediatamente el veintiocho. Pero esa
sucesión ordenada no existe. En verdad los días llegan
como quieren y para cada uno; a veces llegan varios de golpe, o puede
suceder que un día tarde varios años en llegar. Entonces
vivís en el vacío, no entendés nada y sufrís
mucho... Ninguno sabía por qué pero lo nuestro ocurría
en un tiempo difuso, como en un after, o en el espacio cerrado
de un grano de arena inexplicable. Sólo Eutanasia parecía
capaz de distinguir los movimientos de la vida, la captaba en lugares
minúsculos, la olfateaba y la seguía.
Flavio
no pronunciaba ya ni una sola palabra. Se limitaba a poner un disco
u otro en el equipo del living. Una tarde el equipo no anduvo. Lucrecia
desenroscó una canilla del baño y la escondió.
El agua brotaba a grandes chorros y la bañadera comenzó
a desbordarse. Andrés abrió la puerta de la casa. Pisó
sobre mojado. Lo habían despedido del trabajo y su nariz sangraba.
Mara llorisqueaba con el rostro eclipsado en la luz muerta que cubría
el monitor. Un virus acababa de quemar el mother de su máquina.
Mientras tanto Francisca veía televisión en su pieza.
Me llamó y cuando fui de inmediato señaló la pantalla:
se había acabado el uno a uno. Ella dijo “Los valores cambiaron”.
A mí me importó nada la moneda porque andaba como loca
buscando a Lucrecia. Fui a la cocina y quedé detenida ante el
reloj. Unos minutos después entró Flavio. Nos miramos
a los ojos y lo vi realmente distinto. Como si hubiese terminado de
perder la confianza en estar para algo. O tal vez como si hubiese perdido
la confianza en estar.
Si
fuera cine, acaso ahora el productor habría exigido el suicidio
de algún personaje. Era un poco el clima, aunque no para tanto.
En realidad el desastre eligió como mejor escenario la casa de
al lado. La muerte no es negra. Es blanca. Igual que el primer fogonazo
de flash ante nuestra sorpresa. Tras el fotógrafo vimos periodistas,
un camión de bomberos, policías. Nosotros ni siquiera
habíamos oído los gritos. Al vecino lo sacaron con esposas
y a ella en ambulancia. Él tenía el aspecto de un contador
en un mal día, nada más que eso. Andrés prestó
declaración y Francisca capturó varias escenas absurdas
con su cámara. Lucrecia contemplaba fijamente a la vecina; la
canilla asomaba como un tótem del bolsillo de su saco. Aferrada
a un brazo de Lucrecia, Mara hacía preguntas como qué
significa ser normal, quién se anima a explicar qué es
la locura, cómo cuernos se las ingenia la gente para congraciarse
con la ciudad donde nació.
Esa
noche fue la primera vez que cenamos todos juntos. Lo ocurrido generó
un irrefutable sentimiento de alianza. Compartimos los vasos y también
chistes de humor negro. Jugábamos a pellizcarnos para salir de
la duda... Aquel raro malestar se disipó en el tintineo de cristales,
el olor a comida y nuestra charla, mucho más amistosa que siempre,
vivificante. Me fui a dormir acompañada por el eco tibio de las
voces de ellos. Pero al acostarme, no sé por qué apoyé
mi mano sobre la cicatriz del viaje y me acordé que de chica,
cuando volvía del colegio caminando, me preguntaba qué
era peor, si el lugar del cual salía o al que iba, y como mi
casa y la escuela me angustiaban en igual medida, alguna vez llegué
a pensar que mi único lugar estaba ahí, que debía
ser simplemente ese tránsito, esa zona sin techo, ese espacio
intermedio, la intemperie... Soñé con ventanas heladas,
cubiertas de nieve. Las limpiaba con la mano hasta encontrar mi reflejo
y cuando al fin me veía sus alas se abrían de golpe; salía
a la calle y empezaba a caminar bajo la luna, sentía que me iba
a congelar y que el tiempo transcurría sin que amaneciera nunca,
pasaba por la plaza y al cruzarla me resbalaba y caía, pensaba
que siempre sería invierno y faltaría algo, y no quería
levantarme porque así, hundida en la nieve, no sentía
el frío. Unos pájaros cortaban el cielo. La música
de su aleteo fugaba y volvía, fugaba y volvía...
©Florencia
Abbate