I
La
vi desde mi ventana. Tenía puesta una camisa. Una camisa desabrochada,
del marido. Se trasladaba rápido del living a la pieza, con zoquetes
de lana en las piernas desnudas. Hasta que se quedó en el cuarto.
La camisa se abrió sobre el vello negro del pubis cuando se arrodilló
en la cama. Enfoqué la mata densa, oscura y ondulada: brillaba
al sol; debía estar entibiándose despacito, el calor entrando
lentamente hasta la piel, allá en el fondo, bajo el colchón
de rulos.
Seguí
mirando. La camisa de franela amarilla, con rayas verticales negras,
abierta contra el vientre oscuro. Subí despacio, adivinando en
el retazo de piel la otra piel sombreada, las gotas de sudor en el nacimiento
de los senos. Su cuello largo y delgado, pendientes de piedras naranjas
brillaban contra el sol; la boca entreabierta y los ojos.
Los ojos me estaban mirando.
Miraban
de frente. Directos. Húmedos. Bajé los binoculares: ella
no pareció moverse. La miré yo desde lejos, entonces,
fijamente. Y se levantó de pronto, avanzó hacia el inmenso
balcón-ventana, abrió la camisa y pegó todo el
cuerpo contra el vidrio.
*******
Había
una vez una casa que era mía y que tenía sol cada vez
que había sol. Una casa nuestra: yo tenía un hombre que
me tenía a mí y a mi casa. La elegimos por el sol, por
la luz, por las ventanas tan amplias para mirar todo el tiempo afuera,
para que la vida corriera y nosotros la miráramos, quietos, corriente,
amplia como la tierra cuando el avión se eleva y todo se vuelve
tan chico y el mundo tan grande.
Vivíamos
allí, barco anclado en tierra firme. Yo me quedaba sola y paseaba
de la cama al living y me arrodillaba y dejaba que el sol me penetrara
(sol de invierno: tibio pero suave).
Entonces,
cuento que esa mañana lo vi. ¿Yo ya sabía que él
estaba? Él estaba desde siempre. Había estado aun antes
de llegar. Su ventana bastaba: espacio vacío situado del otro
lado de mi vida, implacablemente vacío y mirándome.
Yo
no sabía que él estaba, pero tal vez lo supe siempre,
tal vez por eso quise los ventanales (casa con pared de vidrio, entera
pared abierta), para que esa ventana vacía, la de enfrente, siempre
estuviera a punto de ocuparse.
Yo
sabía de él, de todos modos, desde hacía poco:
un viajero. Está un año acá, otro año allá,
yo voy donde me paguen, me dijo la portera que él le dijo. Con
el cigarrillo húmedo en la boca pintada, envidiándolo,
la portera decía que él decía un año acá,
otro año allá, yo voy donde me paguen. Hombre de negocios.
Señor acomodado. Pasajero que llegó para ocupar esa ventana
de enfrente. Me gusta que el sol me dé en la tarde, debe haber
dicho, así lo veo entrar enfrente en la mañana. Trajo
tapices hindúes y marionetas malayas, máscaras negras
de ébano incrustado. Trajo música, puso un equipo. Es
rico, dijo la portera, compra todo viajando. Trajo libros en distintos
idiomas y maravillosas colecciones de arte. Lo supe una tarde, cuando
vi los libros apilados junto al ascensor y a él de espaldas,
el pelo muy corto, los músculos tensos entrando los cajones.
Era alto y fuerte como ese hombre mío. Los músculos se
le habían endurecido de tanto cargar valijas y levantar paque-tes,
de tanto nadar en mares diferentes, de tanto abrazar mujeres extranjeras.
(Pero
mi hombre, ¿de dónde tenía esos brazos? ¿Por
qué sus piernas firmes de caminante?)
*******
Las
mañanas son para quedarme acá, en la ventana que antes
estuvo vacía. El sol que pasea por enfrente, los ruidos, este
ritmo ajeno y quebradizo. Ella abre la cortina de un tirón. Su
camisa para dormir. Sus piernas desnudas. Me siento a mirar.
Tal
vez haya un espejo en la pared. Se pone a posar a veces de perfil. Entonces
me puedo dirigir con tiempo a la abertura que descubre apenas el seno,
enfocar bien el pezón, su borroso contorno en la sombra, erizado
tal vez.
Erizado
para mí. Es posible que su pezón se despierte, se vuelva
áspero y punteagudo cuando lo tocan mis ojos. Ella está
así largo rato, ofrendada y tranquila. Constato con mis binoculares.
Híper modernos. De alcance ilimitado. Comprados en un país
que olvidé hace ya tiempo.
Vive
con un hombre. A veces lo toca para mí. Descorre la cortina de
un tirón montada sobre él. El se ríe mucho y mira
vagamente afuera, la agarra del pelo, se incorpora, la sujeta con una
mano y corre con la otra el cortinado. Largas cortinas rojas de pana.
Desde el techo hasta el piso. La casa queda roja cada vez que él
me cierra las cortinas y yo me quedo y espero para ver aparecer un hombro
moreno o una pierna que se restriegan como gatos. Otras veces la cortina
se abre después: ella está ya sola y desnuda, mostrando
su extenuación y su descanso.
*******
No
le había dicho todo a él. Le había dicho: hay un
viajero, un europeo itinerante; me lo dijo la portera. La portera lo
desea. Lo envidia y lo desea. Son tan repugnantes su cara ajada, sus
ojeras. Tiene la edad de él pero parece mayor. Fuma como un escuerzo.
Tiene los ojos mezquinos. Lo desea.
Nunca
le hablé de la portera. Esto lo escribo acá, no se lo
dije. Algo me pasaba cuando la escuchaba informando, espiando seca y
policíaca la vida de europeo. Mujeres, informaba, amigos. También
a mi hombre lo miraba con odio. Pero él ni lo notaba. Así
es siempre: nosotras que envejecemos y ellos que cada vez están
más fuertes, más expertos, fascinando a mujeres cada vez
más jóvenes y olvidando hasta que existimos. Así
se olvidaba mi hombre de la portera, masculino y legítimo, seguro
e indiferente mientras ella se inclinaba para limpiar el palier de la
casa donde él vivía conmigo, se agachaba para mirar a
hurtadillas (también ella) al europeo. Había registrado
sus horas de regreso nocturno, las botellas de whisky en la puerta de
su casa.
No
dije nada de ella. Ella me repugna. Sólo hablé del viajero
a quien servía puntualmente (seis horas por semana de limpieza
en su casa).
Imaginamos,
mi hombre y yo, que él había tenido 19 años en
el `68, que se había vuelto razonable y melancólico, que
se había refluido, resignado. Le dije que había visto
libros de Marcuse.
Había
visto, sí, pero quién sabe si eso. Le inventé cajones
de whisky escocés. Imaginamos que alguna vez había sido
otra cosa pero que hoy deambulaba por sus mundos tecnocráticos,
postindustriales, para refugiarse por las noches en los recuerdos perdidos.
Recuerdos de ilusiones, sólo eso: un puño levantado, una
mujer, el vago proyecto de dedicarse al arte. Le atribuimos entonces
una vida de renuncias y gimnasia matinal, levemente promiscua, con videocassettera
y colegas despreciables. Hasta que mi hombre se aburrió y yo
seguí sola.
El
era así: le interesaba más su propia vida, su vida de
fábrica encendida y luminosa, los cimientos desafiando al viento,
reconcentrados en el trabajo de los días.
Y
yo no dije nada, no le hablé de la ventana. Cada tanto (pero
no era un juego) le propuse jugar a los espectáculos, montaje
para vecinos abstractos y genéricos. El aceptaba un ratito, después
luchaba, me sujetaba, corría la cortina. Me gustaba que luchara.
Me gustaba ser vencida. Me gustaba vencer al extranjero, perdido en
el rojo de mi cortina de pana.
Yo
lo espiaba. Espiaba la luz cada vez que él volvía a su
casa. Espiaba a sus amigas en los ojos ácidos de la portera.
Esperaba. Era como vivir todo el tiempo con el aire allá afuera,
aún por respirar. Aire entre él y yo, cruzando las ventanas.
II
Camino.
Es verano. Camino por la calle con mi pollera corta. Miro todo el tiempo
a todos y pasan varones que me miran. La mayoría, como siempre,
es repugnante: pelados y fofos, hombrecitos. Pero miran furtivos; suplican,
los imbéciles, ilusionados porque mis ojos ausentes les resbalaron
apenas. Tengo ojos. Ojos míos. Miro si quiero y mirar no da derechos,
hombrecitos. Pero miran: furtivos, creyéndose legítimos.
Despreciables ratones de la calle. Miran y eyaculan piropos. Miran y
arrastran los zapatos regordetes.
Camino.
Bella, fuerte, amada: yo camino. Hay sol como tantas veces. La calle
es amplia. Doblo en la esquina y me llaman la atención sus espaldas
tan anchas, la elegancia. Es alto y fuerte. Camina adelante. El pelo
perfectamente recortado, la cabeza erguida. Usa el corte del viajero,
pelo sano y exacto, geométrico, brevísimo. Cuello desnudo
y firme. Es él, es un hombre, es el viajero
(es el azar, es el destino, es la otra vida en la casa que me hace trizas
los vidrios). El cuello liso y tenso, también él. Nuca
inequívoca. La sequedad militar del pelo algo canoso, pelo cortísimo
que mi mano acariciaría como superficie suave pero después
sentiría erizar: pequeñas brutales erecciones clavándome
la palma de la mano, estoica palma de mujer que se aguanta y se comba
para cubrirte la nuca. Mi mano allí, restregándose enloquecida
cuando me estás encima (pero así te amo a vos que no viajás,
que me tenés una vez y otra vez en el barco quieto de la casa),
sintiendo los pinchazos de esa nuca mil veces erecta, aferrando en vano,
perdiendo entre los dedos los pelos más crecidos de adelante
que sin embargo no se pueden agarrar, que se aferran solamente y son
perdidos.
Era él. Lo encontré. De espaldas; su nuca era hermosa
y yo caminé detrás suyo sin saber a dónde, esclava
de su nuca, la boca seca, los pies doliendo raspaban la vereda: caminé.
Caminamos. Rítmico extranjero elástico y erguido. Largos
pasos de hombre alto. ¿Era él? Se paró. Me paré.
Se dio vuelta y le vi los mismos ojos que me tocaron infinitamente a
la mañana. Ojos grises. Fijos. Después bajaron por el
cuello, por el centro exacto de mi cuerpo, por mis muslos. Subieron.
El azar. El destino. La vida otra que me hace trizas los vidrios.
Miré
al costado. Atrás. Debía estar mi hombre. Y no: calle
vacía a la hora de la siesta. Pies ampollados contra la vereda
de granito encendido. Sudor. Sus ojos grises casi sonrieron y volvió
a darse vuelta. Caminó más despacio, calculadamente. Yo
lo seguía, mujer murciélago bajo el cielo escaldado. Quería
tocar su nuca.
Dobló.
Doblé. Siguió derecho. Cruzamos. Gotas de sudor bajaban
en la cara interna de mis muslos. Las sienes me latían. Me guiaba.
Llegamos.
Habíamos
llegado al edificio. Yo no entré. El se dio vuelta y me miró
sin ternura, se puso de espaldas. La portera nos miraba reflejarnos
en el bronce de la puerta que lustraba. El calor aprieta, dijo. Saludó.
Me
esperaba en el ascensor abierto. Entré: reducidos allí,
puede pararlo, apagar la luz, puede obligarme. Pero el ascensor subía
y él no me miraba. Ascensor otro pero igual al mío: el
que va al otro cuerpo de mi mismo edificio, a la ventana de otro cuerpo.
Subo por el hueco del otro cuerpo de mi casa. Estuvo siempre ahí,
desde el principio. Él abre las puertas, se adelanta, usa su
llave y espera. Los pies doloridos obedecen y avanzan.
Cierro
al entrar a su casa. Miro los libros, la computadora y el equipo de
música, la ventana. Aquí los binoculares, montados sobre
un trípode. Aquí adentro yo, clavada a la lente como una
mariposa alcoholizada. Febril yo, estampada aquí dentro de los
ojos de este hombre que ahora, desde atrás, me toma los hombros,
me acaricia.
Muy
quieta, temblando, lo siento bajar por los brazos. Acaricia. Se apoya
contra mí. Siento su erección, huelo su perfume. Espero.
La cintura, el borde de los senos: me acaricia. Aquí, sobre el
trípode, está mi cuerpo encendido. No dejo de mirarlo
hasta que me hace girar, me empuja a la ventana, me arrodilla y me mete
en la boca su verga. Mucho después me incorpora y me besa con
los ojos abiertos. Nos mordemos larga, intensamente. El me sorbe y se
traga su placer y sus jugos de mis ojos abiertos.
Ahora
está abierta la ventana. El sol nos da de frente. Me ha bajado
la blusa empapada, apoyo los brazos abiertos en el marco, crucificada,
me penetra de pronto y doy un grito: allí está él.
Está
enfrente. Mirando.
Perforada,
atravesada, muevo la mano en el aire hasta recibir lo que busco. Los
llevo a mis ojos: ahora lo veo tan cerca, tan cerca su mirada húmeda,
su boca tensa, los labios que se abren apenas y la lengua los moja y
los dientes los muerden. Desnudo, el viajero me penetra despacio; desnudo,
el otro enfrente. Bajo por su pecho amplio, sus axilas húmedas
velludas, los músculos marcados y brillantes. También
él está sudado, los brazos se mueven apenas. Sigo bajando.
El vientre tenso y el vello oscuro. Hay otra mano.
Allá:
hay otra mano. Una mano que rodea y aprieta y acaricia. Hay otra mujer,
apenas balbuceo porque el placer y el dolor no me dejan hablar. Me arranco
del viajero, me doy vuelta, lo beso enfurecida. El me recibe, me entiende,
ha vivido demasiado y puede entender exactamente todo, puede saber que
es preciso seguir, sentarme en la ventana, penetrarme otra vez. Hay
otra, le digo mirándolo y me empuja y la cabeza me cuelga en
el vacío. Hay otra allá, él nos mira, desde acá
lo veo al revés, lo veo gozar de lejos, hacerle algo. Tal vez
la puso en cuatro patas, tal vez abrió de par en par el balcón-ventana
que a mí me obligaba a cerrar. Quiero incorporarme y mirar. Cuelgo
en el aire inmóvil (Cuídese del sol,
me dijo la portera). Chorros de sol hirviendo la cabeza, el
sol aja la piel, el sol quema y envejece. El otro me levanta
y me alza, cómo deseé su nuca, me alza contra él,
cómo deseé que me tocara, lo aprieto, lo enlazo con las
piernas, lo beso, el sudor me cae en cataratas con las lágrimas.
Se
mueve. Entra implacable y sereno; entra, le aferro la nuca, el cabello
diminuto, busco pelo que tirar, lo muerdo y le hago daño hasta
que me arranca y me golpea. Esta con otra digo lloro miro. El me empuja
otra vez contra el marco. Penetra. Pone los binoculares en mis ojos
y entonces yo la veo. Me veo. Cazada, clavada, pegada a la lente como
una mariposa apuñalada. Grito que quiero salir y trato de cerrar
los ojos para no verme pero él aprieta los binoculares y me sigue
entrando y tocando pero no quiero ver porque mi hombre está allá,
está con otra y la otra soy yo.
Los
veo; están allá, le está pegando. Ha abierto el
ventanal y la ha sacado desnuda, casi toda afuera. La mira fijo mientras
me mira fijo y la taladra, la abofetea, la deja colgar agarrándole
las piernas abiertas, penetrada, sostenida únicamente por su
verga iracunda y vengativa, de él, que allá me golpea
y golpea mis entrañas porque me vio acá con el viajero
y por eso va a vaciarse ahora en mí cuando yo empiece y me va
a mirar gritar mi orgasmo en el vacío. Caer y gritar, mirando
desde acá cómo mira el extranjero, sus ojos indiferentes
que van de mundo en mundo según dónde les paguen, el extranjero
solo y erguido, cabeza abajo desde acá donde yo cuelgo y grito
mientras él se va en mí, a punto de soltarme en el pozo
sin final de la ventana, iracundo y vengativo ahora que me voy, que
me estoy yendo y que él me dejará ir. Me dejará
caer.
Buenos Aires, agosto, 1988
©Elsa
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