
Por Oscar Blanco
I
Alrededor de la década del 40 del siglo XIX, Edgard Allan Poe inaugura un género: el relato policial -el policial clásico o relato de enigma policial; para que quede claro, el policial negro, duro, el relato hard boiled es una invención posterior y, quizás, constituye otro género, con otra tradición, como sostiene Ricardo Piglia-, cuya “novedad” es la invención de la figura del detective. Su intervención implica que ha ocurrido un crimen en la propia interioridad del hogar burgués y que la ley es puesta en cuestión ante el fracaso de la policía y sus métodos de investigación. El detective privado, instalado en otra lógica de análisis que la policía, llega después que ésta a la escena del crimen pero puede leer las huellas, los rastros, los indicios del delito que se produjo allí donde la burguesía se creía más a salvo, detrás de la puerta de su casa, pero en donde las instancias estatales no han servido para conjurar la represión de los instintos, que tan trabajosamente la subjetividad burguesa ha intentado compeler, tanto como ha puesto empeño en dominar la naturaleza para su usufructo; no casualmente el primer victimario es un mono, aunque de extramuros (Los crímenes de la calle Morgue), y no casualmente, tampoco, la figura del detective es el despliegue de un tipo de razonamiento (llámese abducción, paradigma indicial, etc.).
El fracaso del aparato estatal convoca esta figura que resuelve el enigma policial, repara la ley, puesta en cuestión por la irrupción de esa falla en la contención de las instancias instintivas, animales, del sujeto burgués. La literatura, una y otra vez, va a remarcar esta tensión en la interioridad de la subjetividad burguesa, señalando por diversos medios -el desdoblamiento del Dr. Jekyll en Mr. Hyde, el retorno de lo que se creía expulsado, lo sobrenatural como acechanza, etc.- que la sólida y férrea subjetividad burguesa está construida sobre un tembladeral, un frágil equilibrio en tensión con lo reprimido. Pero, con el género policial, la clase burguesa puede dormir tranquila, puertas adentro. Bastantes peligros acechan ya en la exterioridad de su casa, puertas afuera, en las grandes urbes modernas en que se van constituyendo las ciudades: una figura, el detective privado, vela por ella en donde fracasa la policía estatal.
Definitivamente el policial necesita de un doble escenario, una interioridad dentro de una exterioridad urbana (las tranquilas y bucólicas campiñas inglesas son una invención posterior, una inflexión del género que lleva el crimen a los lugares de descanso, a las casas de campo, al retiro de las clases acomodadas, que relajadas ven aflorar los instintos aprisionados por el corset victoriano, asesinatos que son la consecuencia de la exacerbación de las pasiones, de la carne, desde luego, pero también de la ambición en el reparto de la herencia pecuniaria); Poe coloca el relato en París, un París que no conoce pero que imagina desde New York, coincidiendo anticipadamente con Walter Benjamín: en París se halla el paradigma de la ciudad moderna. De allí que sus relatos sean rápidamente traducidos al francés -como es sabido Baudelaire tuvo algo que ver al respecto- y produzcan en el nuevo terreno literario una extensión no esperada. Si Poe, con el relato policial, pergeña una forma literaria, la short story, que puede competir con el periodismo y su novísima invención, la noticia, y que puede abastecer el mercado periodístico de otra manera que como la literatura lo venía haciendo mediante el folletín, la llegada del género a Francia inflexiona la impronta de un mixto: el folletín policial.
Un escritor como Gariboriau, abrevando en las memorias del comisario Vidocq –un personaje que demuestra en la práctica que las afirmaciones posteriores de Foucault en cuanto que policía y delincuentes son las dos caras de una misma cuestión y de que la línea que los separa es más que lábil, ya que, Vidocq, de jefe de banda de delincuentes pasa a dirigir la policía en la época de Napoleón; de delincuente a comisario o prefecto de policía–, escribe folletines policiales en los cuales la figura central, la que resuelve los enigmas criminales, es un comisario. Si bien estos relatos, al inscribirse en el formato folletinesco, se mixturan con las narraciones de aventuras, fundan una tradición, la del policial cuya figura central es el propio representante de estado, el comisario, el inspector de policía, que capta para si la eficiencia y la metodología que había desplegado la figura del detective privado en los inicios del género y en su continuación inglesa; podría hablarse, al respecto, entonces, de policial francés.
En Argentina, desde la temprana traducción en nuestro medio, década del 70 del siglo XIX, de los relatos de Poe por parte de Carlos Olivera, el relato policial comienza a hacer su aparición en la literatura local. Cuando digo género policial, y vale aclararlo nuevamente, obviamente me estoy refiriendo al relato policial clásico, el policial como problema, al decir de Boileau-Narcejac (1), el género que se funda en Los crímenes de la calle Morgue,de Edgar Allan Poe, como texto que inicia la serie. En 1877, el jurisconsulto Luis Varela, con el seudónimo de Raúl Waleis, publica las dos primeras narraciones de índole policial bajo la égida de Gariboriau. Poco más tarde, Carlos Monsalve aparece con una producción que muestra su adscripción al género. Pero, quizás, sólo pueda hablarse de la irrupción del género en la literatura argentina cuando aparecen narraciones que adhieren a la forma de relato policial pero, también, colocan como escenario a Buenos Aires y construyen sus tramas a partir de personajes locales. Los textos de Varela o Monsalve transcurren en París, Londres o New York, con personajes de esos lugares –aunque aparece algún que otro argentino–, es decir, todavía no pueden imaginar al policial en un escenario argentino.
Por eso es que mientras una parte de la crítica literaria ha considerado a dos textos de Eduardo Ladislao Holmberg, aparecidos en 1896, como el momento de surgimiento del relato policial en Argentina, me refiero a La casa endiablada y a La bolsa de huesos; otra parte de la crítica señala como el relato fundador del género policial en nuestro medio a La pesquisa de Paul Groussac; aunque dicho texto presenta el problema de sus dos momentos distintos de publicación: un primer momento en 1884, cronológicamente anterior a los textos de Holmberg, con la firma de Groussac, y un segundo momento de publicación en 1897, posterior a dichos textos, con modificaciones y sin firma, como un texto anónimo atribuido a un escritor novel, con una nota aclaratoria del editor, es decir, del mismo Groussac. Considero más productivo e interesante proponer un doble inicio del policial en la literatura argentina, el texto de Groussac, por un lado, y los textos de Holmberg mencionados, por el otro. Lo que posibilitaría dos instancias confrontativas de la emergencia del género en nuestro medio, y a partir de ello focalizar qué se cuenta, qué se relata en cada una de esas instancia del acontecimiento del policial en la literatura argentina.
Me interesa confrontar aquí el texto de Groussac con el primer texto de carácter policial publicado por Holmberg, La casa endiablada. Si bien ambos textos, en su formato, parecen adherir al tipo de relato de Poe, short story, aunque casi extendido a la nouvelle en el caso de Holmberg, pero de ninguna manera folletín policial; no obstante el texto de Groussac integra en tensión algunos elementos típicos del folletín, pero en la trama del relato y ya no en su forma; sin embargo ambos comienzos del policial argentino convocan la figura del comisario como personaje central que se ocupa de develar el enigma delictivo. No podía ser menos en nuestro medio y en dicha generación de escritores, la del ’80, el decidido influjo francés. Dos comienzos con comisarios para los inicios del relato policial en la literatura argentina, entonces.
II
Paul Groussac, en 1897, en la revista “La Biblioteca”, reedita su cuento “El candado de oro” bajo el nuevo título de La pesquisa, esta segunda versión se presenta como un texto anónimo, con un típico encuadre narrativo de relato dentro de otro relato. Se fragua que el texto es el producto del estreno literario de un novel autor, joven y argentino. En el marco que encuadra el relato, la voz del narrador introduce la voz del comisario que en un viaje en barco relata un caso policial para un grupo de argentinos. Si el que narra es un comisario, a su vez es relatado por el narrador quien es un escucha de lo narrado en el viaje en barco. Triple marco narrativo: el autor Groussac que se escuda tras un ficticio anónimo autor novel ficcionalizado por los editores (el mismo Groussac, director de la Biblioteca Nacional y editor de la revista), éste da la voz a su vez a un narrador también anónimo que da la voz al personaje principal, el comisario, que es el que cuenta y despliega el relato. La complejidad del marco, con su efecto de cajas chinas o mamushkas, según se prefiera, señala los signos de los inicios, en nuestra literatura, de un género culposo, en el juego de máscaras tras máscaras que pretenden escamotear el verdadero rostro del autor. Un relato que se proyecta desde un viaje en barco, un género literario a punto de llegar, pero todavía no convencido de su arribo, desplegando una funcionalidad, entretener a los pasajeros del tedio de la navegación, función que lo deprime en cuanto pretensión literaria.
Una hazaña de la policía francesa desata el relato de un policía porteño (comisario de sección en Buenos Aires), adscribiendo de entrada a la tradición del policial francés (tampoco puede ser menos tratándose de Groussac, francés de origen, aunque aclimatado en nuestros lares), pero planteando un desvío de aquel, una variación que implica una instancia distintiva en su producción local. El comisario construye su relato pretendiendo demostrar una tesis que se opone a lo que la policía francesa ostenta como método investigativo; una cuestión de competencia y una inflexión en el género policial: “En la mayor parte de las pesquisas judiciales la casualidad es la que pone en la pista, basta un buen olfato para seguirla hasta dar con la presa”, dice el comisario, develando el sustrato que encubre la exhibida metodología de la policía francesa: la pesquisa se institucionaliza como una mezcla de azar y cualidades de perro de caza. El cuento es un ejemplo para intentar demostrar dicha tesis. En donde, además, el relato confirma lo sustentado en los inicios del género policial: Dupin, primer detective privado, sostiene que la policía no es analítica. El detective privado posee otra lógica que opone a la de la policía y que permite una solución del crimen a través de un método basado en un tipo de razonamiento. Este inicio del policial en la Argentina retrotrae a la policía a la metodología de los orígenes del género, sólo que aquí el relato hace que la lógica de la policía tenga éxito para resolver el caso que se le presenta. En la medida que se sabe que, en nuestro medio, la constitución del Estado moderno es reciente y todavía endeble, todavía la literatura no puede permitirse la representación del fracaso de un representante del Estado, como sería el caso de un comisario, denotaría las falencias del sistema en su totalidad.
Sin embargo, el crimen que despliega el relato aparece claramente como un intertexto de Los crímenes de la calle Morgue de Poe (primer relato que abre la serie del género policial), tensión interna entre ambas tradiciones que va pautando las inflexiones de la narración.
El relato establece un escenario para el crimen, una casa quinta aislada en La Recoleta, en esa época un extremo, un suburbio de Buenos Aires, aunque pudiente. La narración convoca un desdoblamiento en el terreno de la inmigración. Si, por un lado, la irrupción desde afuera en el hogar burgués que provoca la doble muerte es una inmigración peligrosa que irrumpe con intenciones de robo, por otro lado, la casa que penetra es la que pertenece a una burguesía naciente, también proveniente de la inmigración. Dos cadáveres, entonces, uno, el de un hombre mal entrazado, italiano, armado, que entra a robar en la quinta, el otro, el de la dueña de casa, rentista, viuda de un comerciante español; las dos procedencias mayoritarias de la inmigración reparten los roles de víctima y victimario, al tiempo que el crimen despliega, en el campo del delito, la tensión entre ricos y pobres. El comisario interviene por disposición de la Institución Policial. El caso, a simple vista, no implicaría ningún enigma, sin embargo, la desconfianza del comisario se plantea a partir de la sobreviviente, hija adoptiva y dama de compañía, también de aspecto extranjero, ojos claros y rubia cabellera, su versión de los hechos no termina de convencer, no logra explicar quién mató al ladrón después que éste matara a la dueña de casa. La sospecha del comisario se dispara a partir de los puntos oscuros en el relato de la sobreviviente; “el instinto olfateador del sabueso policial”, cualidad ubicada en el instinto, animalidad, recurrencia atávica del cazador –perdida o reprimida en los otros hombres, pero permitida y exacerbada en la policía–, en realidad implica, en este relato, tratar de leer los puntos oscuros, las lagunas de una narración de los hechos, e instaurar allí un misterio que se tratará de develar.
El revolver no disparado de la víctima y el ladrón muerto de un balazo desatan una primera hipótesis del comisario: supone, conjetura, dos ladrones y que el segundo escapó tras matar a su compinche, hipótesis que rápidamente se viene abajo; lo suyo, en tanto cualidad policial, no es conjeturar.
El caso, el problema enigmático, coloca en el centro, además, la cuestión de la herencia; la incógnita la instaura la víctima a partir de su testamento, el candado de oro que ha desaparecido implica la recuperación de la heredad, de la fortuna, una búsqueda del tesoro en la interioridad de una casa.
Un crimen vulgar, asesinato a partir de un móvil de robo se presenta, sin embargo, para el comisario como oscuro y tenebroso. Aparece un gozne con el policial del detective privado: “curiosidad desinteresada por descubrir la verdad a toda costa, para mí solo, y sin poner en juego resortes oficiales”. El comisario se constituye en detective privado al quedar clausurada la investigación oficial, se produce un desdoblamiento en la propia figura del comisario (a un tiempo, policía y detective privado). Desde lo estatal, las partes oscuras del hecho permanecerían insolubles; hay que investigar desde otro lado. El fracaso de la policía por dilucidar el hecho en su totalidad es reparado por un miembro de la misma institución –como se dijo, parece que en la Argentina, en esa coyuntura histórica, no es posible plantear la ineficacia de la policía porque es plantear la ineficacia del Estado, que se sabe ya bastante endeble–.
Sin embargo, para llevar a cabo la pesquisa, ahora en forma privada, el comisario usa elementos de lo oficial (un uso privado de elementos del Estado para reparar la ineptitud oficial): un pesquisa profesional de la policía, un subordinado suyo e inmigrante belga, realiza parte de la investigación –la división del trabajo impone que las partes arduas de la pesquisa no la realice el propio comisario sino un subordinado–; pero que señalan la inflexión de una investigación privada al pagarle de su bolsillo, al tiempo que demuestra que el comisario está en buena posición económica, una clara pertenencia de clase, más elevada en relación tanto de víctimas como de victimarios y sospechosos. Pero además, la investigación privada se realiza bajo el influjo de la lógica y de la metodología policial –nada tan alejado del policial clásico, en donde la policía fracasa justamente por el uso de tales herramientas–: tareas de inteligencia que implican el uso de informantes, el engaño para obtener información, la simulación para conseguir la delación de las sirvientas, la intuición, el olfato (sabueso) policial para leer los signos presentados por el azar, la importancia de la confesión, etc.; es decir, en franca oposición al detective privado del policial clásico que lee e interpreta las pruebas halladas en el lugar del crimen, aquí se las crea (como después lo hará otra inflexión del detective privado en el policial negro, pero porque antes ha sido policía; por ejemplo, Philip Marlowe).
La obsesión que el caso produce en el comisario implica ribetes positivistas, desdoblamiento del yo investigativo también en esta cuestión; por un lado un costado que intenta proceder con lógica (aunque falla siempre en las hipótesis que presenta), y, por otro, la intuición equiparada al instinto, que aquí es puesto al servicio de la verdad (como si dijéramos el despliegue de civilización y barbarie en el mismo sujeto comisario, aunque la instancia de la barbarie es la que finalmente le hace triunfar en la obtención de la solución del problema policial). Rastros de la novela psicológica, no hallados en los inicios del policial, pero que pueden explicarse en nuestro medio por el auge del positivismo.
Finalmente una confesión privada, y en privado (recordar que el comisario no esta en misión oficial, sino que investiga por su cuenta), para evitar la vergüenza pública del develamiento de amoríos clandestinos en una sociedad pacata, aclaran el caso. La confesión de la hija adoptada de la víctima es otro relato inscripto, dentro de este relato, y que nos llega indirectamente por la narración del comisario, ya que su relato es posible por la mediación del relato de un narrador. Si en el policial clásico el relato de la revelación del misterio es hecho por el que resuelve el misterio, el detective privado, y no se necesita de ninguna confesión, esta es superflua, aquí el enigma se revela por el relato que hace una implicada, una testigo de los hechos; la instancia policial necesita de la confesión. El comisario no descubre nada, salvo provocar la confesión, sus hipótesis siempre son herradas –por ejemplo, si bien había un segundo hombre que había entrado clandestinamente a la casa, no era un segundo ladrón sino el amante de la hija adoptiva quien es el que mata al ladrón después que este había matado a la dueña de casa, y después, por razones obvias, huye y es encubierto por su amante–, aunque lo ponen en camino para “producir” y ayudar al azar.
El crimen de una extranjera con plata (“se hizo la América”) provocado por otro extranjero, un inmigrante pobre y delincuente, permite el ascenso social de un joven, empleado administrativo, pobre pero criollo, al casarse con la joven huérfana extranjera, que al recuperar el candado de oro efectiviza el testamento de su madre adoptiva y puede disponer de la herencia. Una inversión de En la sangre de Eugenio Cambaceres (recordar que Groussac es de origen francés), y una inversión también de la instancia folletinesca del asenso social de la heroína pobre, que logra casarse, en el final del relato, con su amado perteneciente a una clase social más alta. El comisario no sólo ayuda a la recuperación de una herencia (hacer cumplir el testamento de la víctima) sino que repara la ley moral al ser el padrino de la boda que subsana los amores clandestinos. El comisario en su doble carácter de policía y detective privado es aquí el custodio de la herencia, cuestión de Estado, y de la moral, cuestión de índole extra estatal; lo cual justifica el desdoblamiento comisario/detective privado, aunque la lógica que lo precede sea el de la metodología policial, como se dijo, más emparentada con la barbarie, las cualidades de un rastreador urbano.
El final de la narración nos coloca en una instancia irónica que habla de las condiciones de posibilidad de irrupción del policial en la literatura argentina, al menos en esta versión; la mayoría de los que escuchaban el cuento del comisario no llegan al desenlace, se han dormido. El relato policial como un cuento para entretener en un viaje, literatura para hacer dormir (infraliteratura, como después la denominará Adolfo Prieto), remedo de literatura infantil, contar un cuento antes de dormir, género menor que precisa del escudo de una autoría novel y anónima.
III
Eduardo Ladislao Holmberg publica, en 1896, La casa endiablada(2), en donde se puede focalizar, en este segundo momento de irrupción de la producción del relato policial en tanto género discursivo en nuestro país, la relación entre literatura y ciencia, que marca también un momento en la conformación social de nuestro medio, desplegado en la emergencia de los discursos.
Es así que, la literatura, y en especial el género policial, es un espacio de representación que despliega en una coyuntura histórica, la de finales del siglo XIX, en la literatura argentina, y en este segundo momento de irrupción del género en la producción literaria de nuestro país, el cruce entre ciencia, en su faz positivista, y literatura, pero, y al mismo tiempo, se despliega la grafía de las relaciones de alianza entre dos instituciones, la judicial/policial y la institución científica; alianza que devendrá en oposición, como un intento de autonomía tanto de la ciencia como de la literatura, en el segundo texto de Holmberg, también publicado en 1896, La bolsa de huesos, en donde ya aparece un detective privado (médico y literato) en clara oposición a la policía, como en los orígenes del género.
Esta segunda irrupción del policial en nuestro medio construye una literatura que guarda ecos y resonancias de otras prácticas discursivas pertenecientes a distintos campos disciplinarios: el judicial, la medicina, la psiquiatría, la sociología y otras instancias de la misma literatura como el ensayo o la novela naturalista; prácticas discursivas, todas, preocupadas, ante la inmigración y la transformación de Buenos Aires en una gran urbe moderna, por el problema de la delincuencia y la criminalidad. Como parte del aparato de Estado, la institución judicial/policial y la institución científica, en tanto auxiliar y al servicio de la primera, convergen en una criminología, fundante, en la coyuntura histórica de la emergencia del género policial en nuestro país, de una “policía científica”, como propone Jorge Salessi en “Identificaciones científicas y resistencias políticas”(3).
El momento de constitución de un género discursivo, el relato policial en nuestro país y en los finales del siglo XIX, tomados los dos textos propuestos de Groussac y Holmberg, aparece como un espacio de representación en donde pueden leerse los cruces y conflictos discursivos institucionales en torno al crimen y la criminalidad como problemática cultural en Argentina en dicha coyuntura histórica; un espacio de representación que articula y despliega las alianzas y los conflictos entre el aparato estatal judicial/policial, el campo científico y la literatura, que es el medio por el cual se expresan dichas cuestiones. Pero nunca un medio neutro, un tercero que viene a mediar, a disolver la confrontación, o a bajar los decibeles de la polémica, sino que por el contrario, al representar, la literatura, toma partido, es parte constitutiva de las coaliciones confrontativas desplegadas.
A partir del texto de Holmberg se hace más claro que un eje problemático se articula cuando puede constatarse que la constitución del relato policial en Argentina, en los finales del siglo XIX, plantea un recorrido geográfico, los vestigios de un itinerario en el interior de la literatura nacional, que propone un cambio de escenario: del campo a la ciudad, de lo rural a lo urbano. Los rasgos de la modernidad desplegados en esta textualidad, los entrecruzamientos sociales en esa coyuntura, la representación de la inmigración, la concentración humana en una urbe como Buenos Aires, señalan la necesidad de este giro, de este corrimiento espacial. Modernización y grandes ciudades proponen la constitución de nuevas categorías, por ejemplo el de la multitud (Las multitudes argentinas de Ramos Mejía), categoría por otra parte tan cara al problema del policial(4); o el ensanchamiento del espacio urbano (La gran aldea, de Lucio V. López). Pero, también, proponen la constitución de una nueva criminalidad (Memorias de un vigilante de Fray Mocho), y por tanto la irrupción de un nuevo género discursivo, en nuestro medio, que, desde la literatura, pueda relatarla, al tiempo que propone modificaciones en el sistema literario precariamente establecido.
No puede pensarse el relato policial en tanto género discursivo sino es en lo urbano. Y La casa endiablada es un espacio de representación que marca ese itinerario: de lo rural a lo urbano. De la gauchesca y el folletín de la criminalidad rural de Eduardo Gutiérrez (Juan Moreira, Hormiga Negra, etc.) al policial. Del baquiano del Facundo de Sarmiento al pesquisa que lee las huellas, los indicios, los detalles dejados por el hecho delictivo en la ciudad. Pero, y también, un itinerario que va de la superstición y la religión a la modernización letrada positivista. Esto puede leerse en el interior del propio relato, La casa endiablada, que propone, como ya es costumbre en el género desde Los crímenes de la calle Morgue de Poe, un misterio aparentemente fantástico, que sin embargo se resuelve en los cánones del relato policial y su lógica razonadora(5).
Un segundo eje problemático se articula al observarse que esta nueva criminalidad, constituida en el ensanchamiento de lo urbano y la expansión de lo demográfico a partir del proceso inmigratorio de finales del siglo XIX en Argentina, necesita también de una policía con nuevos métodos de identificación del delincuente.
La literatura en Argentina, a fines del siglo XIX, al tiempo que produce transformaciones en el sistema literario con la constitución del género discursivo relato policial, construye, también en él, un espacio de representación en donde poder leer otro itinerario: las alianzas, las tensiones y conflictos de dos instituciones, de dos saberes, que ponen en juego discursos específicos a su campo. Las relaciones entre lo judicial/policial (estatal) y lo científico (el discurso de la medicina, la psiquiatría, la sociología) en torno a la constitución de una disciplina, la criminología, que de cuenta de la criminalidad y el delito en la ciudad y la detectación, identificación de los delincuentes en ella. Dichas relaciones involucran también a lo literario ya que en su faz discursiva, como es el caso del ensayo de corte positivista en esa coyuntura histórica, interviene activamente en la consecución de un pensamiento hegemónico al respecto.
Un tercer eje problemático se despliega al constatarse que el relato policial, al constituirse en el final del siglo XIX en nuestro país, despliega, también, un espacio de representación discursiva del crimen y la criminalidad como hecho cultural en nuestra sociedad y en esa coyuntura histórica.
Una serie de preguntas permite focalizar el desarrollo de esta problemática: ¿Qué se relata en relación con el delito y la criminalidad?, ¿Qué tipo de delito aparece representado?, ¿Quién es el delincuente, el que transgrede la ley?, ¿Quién es el victimario?, ¿Quién ocupa el lugar de la víctima en esta textualidad?, ¿Quién investiga y quién resuelve el crimen?, ¿Qué saberes se ponen en juego para resolver el misterio propuesto por el relato?, y ¿Cuáles son los entrecruzamientos sociales de esa época que despliega este relato al presentar un caso policial?.
III.1
Como ya señalé, La casa endiablada fue considerada, por una parte de la crítica literaria argentina(6), como el primer relato policial producido y publicado en nuestro medio literario, ya que es el primero en donde claramente se siguen las reglas del género discursivo. Se proporciona un crimen que se constituye en un misterio, hay indicios, huellas, alguien que desarrolla una investigación basándose en ellas y llega a una solución lógica que despeja la incógnita del crimen: ¿Quién? y ¿Por qué?; todo esto desarrollado en un espacio urbano, la ciudad como geografía necesaria para su constitución.
Frente a los folletines policiales (dramas policiales, como los llama Martín García Mérou) de Eduardo Gutiérrez, simples crónicas policiales, y desarrolladas mayoritariamente en un ambiente rural, o cuyos protagonistas pertenecen a esa extracción social, La casa endiablada sigue las reglas del género policial, aunque en su variante francesa en donde el que resuelve el misterio es un representante del Estado, prefecto de policía o comisario, proporciona un misterio, indicios, huellas, antecedentes del caso y por fin una solución lógica y aceptable que despeja la incógnita del crimen. No podrán encontrarse en este comisario investigador la tensión entre civilización y barbarie, inflexionada en la lógica, en la metodología que se establece en el accionar investigativo, ni en el desdoblamiento interno de la figura del comisario de La pesquisa; el comisario del texto de Holmberg esta decididamente ubicado en la civilización, es la civilización sin rastros de atavismo rural o “bárbaro”. No es casual que no sea así en Groussac ya que, desde sus patrones europeos de lectura, lo que pasa por civilización en nuestro medio conserva los rastros de la barbarie, nuestras instancias civilizadoras son todavía bastante bárbaras (por ejemplo a Sarmiento, considerado un defensor a ultranza de la civilización contra la barbarie, Groussac lo denomina un “montonero intelectual”).
El primer texto policial de Holmberg señala su pertenencia al género y su propia inclusión en la serie del policial mediante la cita de Poe en boca del comisario que resuelve el crimen. En este texto, como el pesquisante es un representante del Estado, y con ello presenta una diferencia con el policial clásico, se tiene que remarcar su procedencia, es decir, Edgard Allan Poe, aunque implicando una traición al género: lo resuelve un comisario.
Entonces, en el texto de Holmberg aparece claramente la mención y la cita de Edgard Allan Poe y Los crímenes de la calle Morgue, con lo cual La casa endiablada se incluye en la serie de los relatos policiales iniciados por Poe, al tiempo que marca que es una inflexión del género en nuestra literatura, un momento de su irrupción. La inflexión se presenta de entrada al ubicar el relato un escenario de los hechos, Las Cañitas. En el presente de la escritura que relata este caso policial, Las Cañitas es ya suburbio que marca un límite con el campo y que señala un avance, un corrimiento de los límites y de las fronteras, una penetración, una invasión, la de la ciudad sobre el campo, y también una irrupción en el terreno literario, la del policial, con su necesidad de constitución en un medio urbano, sobre la literatura de origen rural, la gauchesca y sus derivaciones en las crónicas policiales de Eduardo Gutiérrez.
Este texto plantea, entonces, un itinerario geográfico que es cifra, al mismo tiempo, de una transformación en el interior del sistema literario local en esa coyuntura histórica. Si en el texto de Groussac un viaje en barco permite la irrupción del género, en Holmberg el barco ya ha arribado -como si dijéramos el relato policial ya ha desembarcado en Buenos Aires (La pesquisa ha sido un tímido avistamiento de la costa desde un barco), y pretende sacar carta de ciudadanía-. La casa endiablada comienza sobre el final de un viaje; un joven se presenta a tomar posesión de su heredad, la casa “endiablada” en cuestión, viene de las grandes metrópolis mundiales donde ha completado su formación, pasando desde Buenos Aires a los suburbios para avanzar sobre lo rural, cambiar el signo del relato (de lo fantástico al policial), y constituir en ese movimiento al género. Para esto recibe ayuda de la policía, que es aquí un elemento más de la modernidad.
Este movimiento puede leerse, no solo en lo geográfico, en los desplazamientos espaciales, sino también, en la aparente ambigüedad que plantea el comienzo de la trama de La casa endiablada. Se propone un misterio típico del relato fantástico, adaptado al color local (casa endiablada en lugar de embrujada) pero que termina en un caso policial, y que se resuelve según las pautas establecidas en el género relato policial, si bien a partir de la variante francesa, en donde el que investiga y resuelve el caso es un comisario perteneciente al aparato de Estado.
El itinerario se duplica también en las distintas lógicas desplegadas por la aparente ambigüedad de este considerado primer texto policial en Argentina. Un movimiento que va desde, por un lado, la superstición y la religión, hacia, por el otro lado, el positivismo, la razón, operaciones que son marcadas en el texto como deductivas e inductivas y que desde hoy basándonos en Peirce designaríamos como abductivas. Dicho movimiento puede constatarse, ya que si en los inicios del relato, en la noche, en la casa en cuestión, se escuchan ruidos sin explicación aparente para un lugar deshabitado; desde un saber de tradición rural fuertemente instalado en lo popular se recurre a santiguarse, a presentar crucifijos y rosarios cada vez que se esta obligado a pasar por delante del lugar; por el contrario, el joven heredero, hombre ilustrado y viajado, sospecha que la superstición escuda un interés, comprar la casa a un muy bajo precio ante el temor instalado sobre ella, y ante tal situación llama a la policía, convierte el asunto en un caso delictivo. La policía es entonces quien viene a conjurar los ruidos en las grandes ciudades, establece el silencio ante los ruidos molestos, ordena y da una explicación acorde con la lógica de la razón, con la ayuda de la ciencia y también protege los intereses económicos de la heredad para sus herederos; de la sospecha de una maniobra económica se pasa a la resolución de un crimen. Con lo cual el heredero, podrá operar sobre la casa en cuestión una transformación arquitectónica que es otra expresión en el terreno de la construcción y el urbanismo de la idea de progreso que conlleva la modernidad: de rancho, o sobre el rancho, construir un chalet moderno para la pareja que esta por casarse, en los suburbios; los inicios de las casas de fin de semana. (Lo que traerá en el futuro otras acciones policiales ligadas a problemas de seguridad, que inflexionan hacia la seguridad privada).
El criado negro del joven heredero, los cuidadores de quintas, el carretero napolitano, los chacareros italianos, son quienes sostienen la superstición de base religiosa. Ya sean naturales del lugar o inmigrantes, comparten la extracción rural y su pertenencia a una clase baja de pocos recursos económicos, y eso implica, en este texto, sostener creencias religiosas y supersticiosas, o la religión, como toda superstición, también, una rémora de la barbarie. Sus métodos para terminar con la cuestión de la casa endiablada, o al menos atenuar sus efectos, son ridiculizados en el texto: un cura al que se llama para realizar un exorcismo del lugar para conformar al clamor popular, es presentado de manera risible y se marca ostensiblemente que solo lo hace por dinero, el lucro es lo que lo moviliza a realizar una tarea en la cual no cree. Es que la religión, para una clase dueña del manejo de la cosa pública, pasa a ser una creencia del orden de lo privado. La obra literaria de Holmberg coincide con la propalación en nuestro medio del positivismo y del materialismo científico, defensa del positivismo que Holmberg llevó a cabo en un texto como Dos bandos en pugna; y es desde esa concepción científica que se despliega en el texto la oposición a la religión o la inclusión de la religión en el terreno de la superstición.
Entonces, la policía, en alianza con metodologías del campo de lo científico (lectura de huellas dactilares, análisis químico de las manchas de sangre, el uso de un método de razonamiento lógico) es quien termina con el problema y resuelve el misterio al plantearlo como un caso policial, es ella también, y al mismo tiempo, quien sostiene este avance de la ciudad y su lógica sobre lo rural.
La modernidad desde Buenos Aires se expande sobre la superstición rural de basamento religioso cristiano (o mejor sincrético) instalada paradigmáticamente en esta casa a dos pasos de la capital de la república. No casualmente la sobrevivencia de lo rural está marcada también en la biografía de un vigilante; al igual que en Memorias de un vigilante de Fray Mocho(7) pueden hallarse allí todos los tópicos de la gauchesca como resabio en su procedencia (buen jinete de mozo, vago y mal entretenido, el baile popular rural, la partida estatal, etc., y finalmente el pasaje, es reclutado como policía, y termina como vigilante en la gran ciudad), por supuesto este vigilante se deja corromper por dinero y se convierte en cómplice del asesino, la tópica del gaucho malo no podía estar ausente –como contra partida del vigilante del texto de Fray Mocho, que al adquirir el hábito de la lectura y escritura se constituye en un letrado como extensión de la figura del gaucho bueno–.
Es así, también, que la pareja de investigadores: comisario/ayudante discípulo, ambos de origen urbano, y que recurren como ayuda en su pesquisa a elementos científicos, aparecen opuestos a la pareja de asesinos carrero/cómplice vigilante, ambos de origen rural, y que usan la superstición popular para enmascarar el crimen.
Finalmente, la cuestión también puede verse desplegada en la pareja víctima/victimarios, el primero inmigrante, colono con dinero, y letrado como marca de modernidad (que lo diferencia de los otros inmigrantes, verduleros, chacareros italianos, analfabetos y supersticiosos), y los segundos, el asesino y su cómplice, de origen rural e iletrados.
Pero tal oposición no implica solamente confrontaciones entre clases. Si por un lado, la oposición modernidad/superstición se juega en la oposición clases elevadas urbanas frente a clases bajas, populares rurales, dicha oposición tiene su correspondencia y correlato, se extiende, dentro de la misma clase elevada con la inflexión materialismo/espiritualismo, representado este último por el espiritismo como marca de clase alta (mientras que las creencias religiosas, diablo, etc. son marca en este relato de pertenencia a la clase baja). Es así que el policial viene a dirimir, también y además, una confrontación interna a la clase dirigente o bloque histórico (en términos de Gramsci), a favor de la modernidad y el materialismo condensado en un sustrato de corte positivista.
La oposición espiritualismo/materialismo se articula también en la oposición fe religiosa/dinero. El dinero denuncia el límite de la fe religiosa que se presenta como hipocresía (el cura que exorciza por dinero sin creer en los resultados de su práctica). El joven Luis Fernández y Obes, materialista, hombre práctico, sabe del poder del (su) dinero. La oposición es entonces entre la superstición de base religiosa, la creencia en el diablo, de raigambre feudal, y la modernidad, a partir del fetiche del dinero, marca del capitalismo y de lo moderno.
La clase popular representada por el sirviente negro, los verduleros, los carreros, etc. aparecen en sus manifestaciones supersticiosas como emergentes de la “inocencia popular”, “inocencia” de la que se aprovechan los asesinos del mismo origen social para ocultar su crimen. La “inocencia popular” los constituye como menores a cuidar, por eso la intervención del Estado, representado por la policía y el comisario. Éste hace una intervención “inteligente” y oportuna para conjurar los ruidos en las grandes ciudades, y da una explicación que termina con la superstición y con lo sobrenatural. En ese itinerario de lo sobrenatural, pasando por el espiritismo, hasta instalarse en el policial clásico se conjuga la jugada de una parte de la clase dominante que se constituye en hegemónica, enancada en la instancia del positivismo y el materialismo científico como emergente y cifra de la modernidad y en franco avance sobre los suburbios rurales para expandir a Buenos Aires como una gran metrópoli.
Desde esta versión de la constitución del género policial en nuestro medio, el relato policial en Argentina es parte de un dispositivo de avance de la modernidad, pero al mismo tiempo es signo de conjura de los nuevos peligros que ella trae, por ejemplo, una nueva criminalidad urbana.
III.2
El relato policial, en este momento de su constitución en Argentina, puede leerse, también, como un espacio de representación de las relaciones, los entrecruzamientos, los conflictos, las alianzas entre tres instituciones que despliegan sendos campos discursivos no sin mutuos préstamos, lo judicial/policial, lo científico, y lo literario, que se entrecruzan en torno al problema de la nueva criminalidad urbana.
En La casa endiablada, el investigador, que es un comisario, un miembro de la policía, un representante de la ley estatal, un investigador público, no privado, cuando aparecen manchas de sangre convoca en el lugar de los hechos al juez de instrucción, que refuerza la representación del aparato judicial estatal en el texto, y a un “distinguido químico”. Con él hace su irrupción la figura del perito científico y aparece un representante de un saber del campo científico que colabora, adopta una posición de auxiliar de la justicia estatal. El análisis de las manchas de sangre mediante un método perteneciente a un saber específico de lo científico es utilizado para la investigación de un hecho criminal por la justicia estatal. Lo mismo ocurrirá más tarde, en el texto, con las huellas dactilares(8).
Puede leerse, entonces, una alianza entre la institución judicial/policial y la institución científica. O, mejor dicho, un uso de los saberes científicos por parte de lo judicial/policial se despliega en esta textualidad para dar cuenta de la criminalidad. En esta alianza, representada en el relato, la ciencia es auxiliar y fundadora de “la policía científica” en el decir de Jorge Salessi. La policía se moderniza y se profesionaliza con la ayuda de lo científico, o mediante el uso de saberes pertenecientes al campo de la ciencia (dactiloscopia, análisis de sangre, autopsia, balística, etc.) Después, en La bolsa de huesos, se efectuará un juego de permutación de estos significantes y aparecerá el científico metido a policía, pero privada –la figura del detective privado, opuesto al aparato estatal de justicia, llenada por un médico/científico–.
Los ensayos positivistas en la literatura argentina batallaban por la construcción de un discurso hegemónico para construir una identidad nacional moderna, que implicaba el trabajo asalariado como instancia de expresión del capitalismo, para el hijo del inmigrante (ver los ensayos de Ramos Mejía, por ejemplo), y parte de esa cuestión se desplegó en la constitución de una criminología (puede verse al respecto los escritos de José Ingenieros) y en la creación de una policía científica como señaló Jorge Salessi; en donde la policía recibía la ayuda del campo científico, en especial de la medicina y de la psiquiatría. De alguna manera esta cuestión se desplegó en el primer relato policial de Holmberg, La casa endiablada, en donde el investigador que resuelve el crimen era un comisario, un representante del aparato del Estado, y el perito científico era un ayudante en la investigación.
Pero, en La casa endiablada la investigación funda las averiguaciones no sólo en los hechos materiales, sino también en simples conjeturas y en presentimientos. Si, por un lado, la pesquisa se constituye en obsesión, instancia psicológica y psiquiátrica, en vez de un método exclusivamente racional como en Poe, es decir la aparición de una instancia inconsciente en las funciones de la mente del comisario que abre una dimensión a una fisiología de la mente que evidencian las trazas del discurso psiquiátrico positivista de la época; por otro lado, al ser los indicios, manchas de sangre en páginas de libros, huellas dactilares dejadas en ellas, se constituyen en cifras para ser interpretadas por el experto, policía científica que analiza los indicios materiales. Hay, entonces, una tensión entre materialidad y presentimientos “espirituales” en la propia vía de la investigación. Presentimientos “espirituales” que la ciencia positivista de la época trata de clasificar y de establecer como sintomatología de un órgano determinado del cuerpo humano en tanto organismo –cerebro, cerebelo, etc.–, intento taxonómico de la psiquiatría positivista para llevar a un terreno material lo que se presenta como elusivo y sin una ubicación precisa dentro de lo corporal, pero que sin embargo es allí, en lo corporal, en donde se presentan sus manifestaciones.
Aparece, así, la apelación a lo racional, lo pensante en el análisis de los hechos que desde esta perspectiva se opondrá en el texto a la superstición de base religiosa y a sus creencias. El policial en la Argentina es un espacio de representación, también, del enfrentamiento entre la razón, por un lado, y la superstición y la fe, por el otro. Lo que plantea una diferencia notable con el policial en Poe; en donde se enfrentan dos maneras de razonar, el analista del cual es representante Dupin -primer detective privado que inicia la serie, y la invención en torno a la cual se constituye el relato policial(9)- y el calculista; representado el primero en un nivel lúdico por los juegos de damas o el juego del whist, y el segundo por el juego de ajedrez(10).
Como se dijo, en este texto también puede leerse la expulsión de un saber sostenido por la clase alta, clase de pertenencia del joven heredero: el espiritismo. Su expulsión es doble, por un lado, del campo del saber científico, y por otro, como saber auxiliar de lo judicial/policial. Su representación es ridiculizada en el texto; la sección de espiritismo que se pretendía iba a aclarar el misterio de “la casa endiablada” finalmente explica lo que el comisario/investigador del caso ya sabe: que el cadáver del colono suizo, después de ser asesinado, fue enterrado allí; y por medio de la sugestión, el comisario se lo hace decir a la “médium”. La prueba de ello es que esta no señala la identidad del o los asesinos ni las motivaciones ni las circunstancias en que ocurrió el hecho, porque el comisario/investigador, en ese punto del relato, todavía no lo sabe ni tiene ninguna hipótesis al respecto. El espiritismo es, así, desprestigiado, en la medida que recibe una explicación “racional” a partir de la sugestión y el hipnotismo, saber para-científico o que al menos es parte de la lógica aceptada en ese momento por la ciencia médica psiquiátrica, parte del archivo y las formaciones discursivas propias del saber constituido(11); es decir, el espiritismo presenta una explicación lógica para la época, y por lo tanto sustraído de lo sobrenatural o de lo paranormal. Isabel la médium, primero es hipnotizada al ser mirada a los ojos por su novio Luis, y después es sugestionada por el comisario al ser también mirada a los ojos. El espiritismo es, entonces, en La casa endiablada, constreñido a la literatura de fantasmas, y explicado “científicamente” para la época, mediante la categoría de sugestión e hipnotismo. Pero también es desprestigiado mediante el uso del humor, la ironía y la sátira. Por ejemplo, un aparato mecánico, que confecciona Luis, el joven heredero, que recuerda a los de Poe, por ejemplo en su cuento Tu eres el hombre -por el cual se hace hablar figuradamente al asesinado para que acuse a su verdadero asesino, un uso del ventrilocuismo- en esta textualidad, sirve para desvirtuar lo sobrenatural al desenmascarar al espiritismo –y por otro lado, aquí el muerto delata, figuradamente, no al matador, sino su condición de asesinado y donde se halla enterrado, ya que se esta ante un caso de desaparición de persona–. En donde la física y la mecánica, como signos científicos de la modernidad, son usadas para poner en ridículo al espiritismo y a la propia novia del que confeccionó el aparato mecánico, ya que es la médium de la sesión espiritista.
El espiritismo sufre esta doble expulsión, en esta textualidad, porque, si bien participan en él ilustrados y letrados, comparte el sistema de creencia de la superstición popular de origen rural (las animas, los aparecidos, hablar con los muertos; por un lado, la curandera en el registro de la gauchesca, por el otro, la médium, en el registro del espiritismo), al cual, como se vio, se opone y ridiculiza el texto. De allí su expulsión como saber auxiliar de lo judicial/policial y negarle su pertenencia al campo científico.
Además, este relato utiliza procedimientos para construir el efecto de que está narrando un caso policial realmente acaecido, ocurrido. Se intenta enmascarar su pertenencia a lo ficcional, o se trata de marcar que lo que se cuenta no es ficción. Aparecen, así, junto al efecto de trascripción de noticias y/o sueltos de diarios que hacen referencia al caso o hechos que ocurren en el relato y después a su resolución(12), la invitación al lector a constatar la veracidad de lo narrado consultando el expediente judicial: “El lector puede acudir a esa fuente de información”, se trata del expediente judicial caratulado tal y tal, declaración de fojas 2725, donde en fojas 3921, etc.; es decir, la legalización del relato por el expediente judicial, que, obviamente, también es ficcionalizado al ser inscripto en el relato. Constituyendo una tensión entre, por un lado, los términos jurídicos, el reenvío al expediente judicial como legalización de veracidad y, por otro, los dichos de “esto es una historia”, que marcan el carácter ficcional del relato. Tensión entre relato policial y expediente jurídico como otra instancia de legalización de veracidad, ya que, quien resuelve el caso es un comisario representante del aparato de Estado y de la instancia jurídica del mismo.
Pero, además, otra instancia da verosimilitud al relato al tiempo que inscribe lo político. Claramente, en el texto, con la alusión a la crisis y a la revolución del ‘90 el policial en la Argentina sienta la irrupción de lo político en el género, o el género, como toda literatura en Argentina, es también político. Este caso policial se inscribe en el teatro de los sucesos cruzado por hechos históricos y políticos, por ejemplo la crisis y la revolución del ‘90. Estas inclusiones de acontecimientos políticos e históricos, aunque de manera tangencial en el relato, también se constituyen en otra instancia de legalización del relato en tanto perteneciente a lo “real”, se apoya en un contexto “real”. La crisis de los ‘90 en tanto suceso político e histórico le dan a este inicio del relato policial en Argentina un matiz de realismo que para nada podemos encontrar en los relatos introductorios del género. Estas como otras remisiones o menciones de hechos históricos y/o políticos en el texto, como el caso de la especificación de que el vigilante cómplice del crimen, ex gaucho, estuvo enrolado en el movimiento contra los inmigrantes (“mueran los gringos”) que en la provincia de Buenos Aires encabezaba el que se hacía llamar “Tata dios”, quizás se deba también a que el que investiga pertenece al aparato de Estado, esto permite la irrupción de lo político en el policial.
III.3
Pero este texto, además, desplegando las relaciones entre ciencia y literatura, conforma, al mismo tiempo, un espacio de representación discursiva del crimen y de la criminalidad como hecho cultural en el final del siglo XIX, en nuestro país. Las claves de su interpretación pueden ser leídas focalizando qué tipo de delito se narra, qué prácticas delictivas se despliegan, qué actores sociales ocupan los espacios de víctima, victimario e investigador que resuelve el caso respectivamente, qué saberes se ponen en juego para cometer el crimen narrado pero, y también, para develar el enigma.
La casa endiablada plantea un caso de desaparición de persona sin resolver, del cual se sospecha un asesinato. La víctima es un colono suizo que reside en Santa Fe, un extranjero, un inmigrante, pero adinerado, que desaparece al venir a Buenos Aires a cerrar una transacción económica. Un hombre de negocios, podríamos decir, un hombre de empresa, sino un empresario.
El crimen es resuelto por un comisario, es decir, un representante del aparato judicial/policial del Estado. Un comisario bastante especial desde nuestra óptica actual de expectativas sobre lo que esperamos encontrar en alguien que ocupa esa función, porque este comisario cita a Rabelais en francés y se evidencia, como ya se dijo, como un lector de Poe (sobre todo de Los crímenes de la calle Morgue). Esto último implica, por un lado, un reconocimiento y una adscripción, por parte de este relato, al texto fundante del género policial; se nombra y se lo reconoce como padre textual, al tiempo que en ese gesto se efectiviza la intención de constituir el relato policial en Argentina. Este texto se inscribe como continuador de una serie y al mismo tiempo se quiere instaurar como el que inicia la serie en el medio literario local. Por otro lado, la cita en francés, el conocimiento de Poe, implica en el comisario investigador una pertenencia a un cierto nivel cultural, una marca cultural, que es también signo de modernidad en relación a darse una tradición no española en el ámbito de una cultura letrada, y en nuestra literatura esto señala, además, una herencia romántica muy presente en la generación del ‘80.
Ahora, este comisario no sería la excepción en el aparato estatal/policial, ya que incluso tiene un discípulo a quién entrena y ejercita en la competencia de la pesquisa y la investigación. Se prevé la continuación de una metodología en el futuro de la institución; la herencia de un saber que se posee tiene posibilidades de perpetuarse ya que este discípulo es pariente suyo.
Los victimarios son un carretero (conductor de carretas) y su cómplice un vigilante corrupto. Ambos aparecen en el texto como resabios de lo rural, de lo pre-moderno. El carretero tiene un oficio en vías de extinción. Futuro desocupado, será difícil su integración al proceso de modernización que se esta llevando a cabo en esa coyuntura histórica en la Argentina. Hay dos rasgos que lo indican: su procedencia social, estratos bajos de la población de origen rural, y poseer una competencia, también propia del ámbito rural, que a corto plazo ya no será necesaria. El vigilante es un ex gaucho –recordar que en su biografía pueden leerse todos los tópicos más comunes de la gauchesca, coincidiendo en esto con Memorias de un vigilante de Fray Mocho–, pero dentro del cuerpo policial aparece como una excepción, es corrupto, se convierte en cómplice de un asesino por dinero.
Carretero y ex gaucho, los desplazados por el proceso de modernización, los que no podrán adaptarse a las nuevas configuraciones sociales, son los que delinquen. Matan a un inmigrante con plata y por la plata (un inmigrante que vino a hacerse la América). El eje criollo/inmigrante (extranjero) aparece tensionado en este relato que reparte de esta manera los roles del policial “clásico”. Alguien perteneciente a un sector social de bajos recursos, poseedor de una competencia, de un oficio en vías de extinción, en alianza con un miembro menor del aparato de represión estatal, teniendo en común una misma procedencia cultural (lo rural como la barbarie), secuestran para robarlo, lo matan y hacen desaparecer el cadáver de un hombre de negocios extranjero afincado en nuestro medio.
Los victimarios recurren a un método para que el crimen quede impune; hacer desaparecer el cadáver. Lo entierran en una casa deshabitada y usan la superstición de base religiosa propia de sus lógicas de creencias (la casa esta endiablada) para evitar que se transite por ella y se descubra el cuerpo del delito.
Los crímenes son cometidos, entonces, por un menor dentro de la escala social, por alguien en situación de dominado, de explotación; por alguien dejado de lado, desplazado o ubicado en un lugar desfavorable en el proceso de modernización, con pocas oportunidades de desarrollo futuro. Un carretero con un oficio destinado a la extinción en corto plazo; un ex gaucho metido a policía, que solo participa de lo estatal como una parte subalterna del aparato de dominio (en la terminología de Gramsci) y sin posibilidad de ascenso (no puede citar en francés como el comisario y su procedencia rural es su rémora, no casualmente aparece su breve biografía).
Se eliminan, entonces, a quien se constituye como enemigo desigual, a quien se avizora como competencia desleal, pero también a quienes el proceso de modernización ha colocado en los puntos más favorables del sector social de pertenencia. Una revancha textual de los desplazados que, por supuesto, no queda sin castigo, como es propio del género discursivo policial “clásico”. Por un lado, un extranjero, colono en Santa Fe que se enriquece y se dedica a los negocios, frente a los criollos de origen rural que permanecen en lugares desplazados de servicios (carretero y vigilante). Nótese que el crimen es posible por el desplazamiento de los actores sociales de origen rural a lo urbano, a la gran ciudad, de la barbarie a la civilización, y que se comete en los suburbios como frontera o puente entre ambos ámbitos.
Si pensamos que el otro texto policial de Holmberg, La bolsa de huesos, también implica un caso de desaparición de personas, brillantes estudiantes de medicina muertos por una asesina serial que travestida de hombre reduce los cadáveres a huesos de NN para estudio de la anatomía, los inicios del relato policial en la literatura argentina, a partir de esta versión, cobran un cariz inquietante: el policial se refunda y se inaugura en Argentina sobre la muerte seguida de la desaparición del cadáver, y no se pueden resolver los casos hasta que no aparecen los cuerpos. Si focalizamos los textos fundantes del género, Poe, y sus continuaciones en otras literaturas (la inglesa, por ejemplo); lo que constituye el relato policial, lo que da pie a su narración, es la aparición de un cuerpo muerto, incluso podría decirse, la exhibición, en muchos casos, atroz (mutilaciones, horrendas heridas, por ejemplo en Los crímenes de la calle Morgue) de un cadáver que ha sido muerto, incluso, con una violencia excesiva. En cambio, en nuestro país, lo que constituye al relato policial, en la versión Holmberg, es la desaparición de un cuerpo vivo. Y no hay delito, o mejor se constituye en un caso (un particular) que pone en jaque a la ley, al no poder actuar, incluso si ya se sabe quien cometió el crimen, si no hay cuerpo (del delito). Es así que el enigma propio del género se desplaza a una altura del relato, de ¿Quién lo hizo y por qué? a ¿Dónde está el cuerpo?. El riesgo es que el crimen permanezca impune.
Una lectura posible de estos inicios del policial en Argentina permite focalizar la representación de cómo los desplazados encuentran una práctica de resistencia (un tipo de delito, o mejor una práctica delictiva) que pone en tensión y cuestiona a la ley que es parte del aparato estatal y del proceso de modernización que los coloca en una posición desfavorable o de dominación y cuestiona también a la ley científica. Y que finalmente fracasa al resolverse el caso por parte de un miembro del Estado, el comisario, que descubre, además, a un miembro de la propia institución policial como cómplice del asesino, por corrupción(13).
IV
Leída desde la actualidad, desde este siglo XXI que se inició, a 30 años y un poco más de la dictadura militar de 1976 a 1983, con sus prácticas de represión de Estado que implicaban la desaparición del oponente político, del luchador social, estos relatos cobran visos de literatura de anticipación. Como ya marcó Josefina Ludmer en una oportunidad, obviamente se trata de un efecto de lectura, pero que no puedo dejar de hacer, también yo, compulsivamente.
Una práctica delictiva que de práctica política de resistencia de los desplazados, en la representación textual de los inicios del policial en la literatura argentina, pasó a ser, casi setenta años después, una práctica política de represión estatal de la dictadura militar que usurpa el gobierno en 1976, y que se vuelca masivamente sobre la resistencia a cualquiera de sus designios. Y la policía, de descubrir y detener a quienes llevan a cabo dicha práctica, a ser parte de esa práctica en su conjunto, ya no un miembro descarriado y corrupto, oveja negra a detectar y separar –por otra parte ese era uno de los argumentos esgrimidos por el genocida Videla, hubo casos de excesos, pero no fue un plan general–.
Por un lado, habría que seguir la trayectoria y transformaciones de esa práctica delictiva dentro del relato policial en nuestro país. La trayectoria que va de este corpus propuesto para este trabajo, que focalizó los inicios del relato policial en la literatura argentina, a Manual de perdedores de Juan Sasturain, o el cuento Unidad móvil de Guillermo Saccomano, relatos ya instalados en el policial negro, por dar dos ejemplo del policial en nuestro medio que ubican la trama en la época de la dictadura militar de 1976 a 1983; pasando por un texto de los cincuenta, perteneciente al policial clásico, para dar otro ejemplo, como El asesino del tiempo de Ladislao Alonso (posiblemente un seudónimo), relato policial publicado en la serie naranja de la Editorial Hachette que dirigía Rodolfo Walsh, texto que desplegaba las técnicas elaboradas por un asesino que convertía en corto tiempo los cadáveres de sus víctimas en huesos de NN, con lo cual, auque podían ser hallados, se dificultaba establecer su procedencia, fecha del crimen e identidad de la víctima.
Y, por otro lado, habría que establecer una serie dentro de la literatura argentina en general y del relato policial en particular; una serie que podríamos denominar “de comisarios”, es decir, de relatos policiales donde triunfe la lógica de la policía representada por el comisario investigador, o donde el personaje principal que resuelve el enigma policial sea un comisario. Una serie que comience con los dos textos propuestos para este trabajo, La pesquisa de Groussac y La casa endiablada de Holmberg; siga con El botón del calzoncillo de Eustaquio Pellicer, en donde se ridiculizan, en un relato paródico, los métodos típicos de Sherlock Holmes seguidos por un detective aficionado en nuestro medio, y La muerte y la brújula de Jorge Luis Borges, en donde de manera más esbozada se parodia al género de manera que el detective fracasa y en cambio las hipótesis del comisario son las acertadas; continúe con Los casos de Don Frutos Gómez de Delmiro Ayala Gauna, en donde el relato policial, en plena modernidad, se ubica en un ámbito rural, y el comisario que resuelve los casos policiales es el lugarteniente del que maneja la política, la economía y las relaciones sociales del lugar, un señor feudal en pleno siglo XX y en una provincia argentina; prosiga con los relatos policiales de Rodolfo Walsh en que el protagonista central es el comisario Laurenzi, especialmente el relato “En defensa propia”, en donde el comisario descubre que la muerte de un delincuente, a manos de un juez, no fue un caso de defensa propia sino un asesinato, y, sin embargo, el comisario termina encubriéndolo; para culminar en La pesquisa,pero de Juan José Saer, en donde el investigador policial, un comisario francés, es el culpable de los mismos crímenes que investiga (o si se prefiere la otra versión, enunciada en el libro, otro comisario lo incrimina siendo él mismo el asesino, pero en ambas versiones un comisario encargado de investigar es el victimario, es decir, un representante del Estado, usando muchas veces el propio aparato de estado, mata gente, es un asesino serial), relato policial que se imbrica sobre otro relato en épocas de la dictadura militar en Argentina, lo que da pie al desplazamiento y a la equiparación alegórica.
Puedo repetir: el policial, como toda literatura en Argentina, continúa siendo literatura política.
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(1) Boileau-Narcejac, La novela policial, Buenos Aires, Editorial Paidos, 1968.
(2) Un breve resumen de la trama de este relato policial puede ser útil como horizonte para tener en cuenta la articulación del presente trabajo: En La casa endiablada, un joven que quiere tomar posesión de una casa de su heredad, encuentra que la vivienda tiene fama de estar poseída por el demonio: se escuchan ruidos en la noche sin explicación, etc. El joven, creyendo que se trata de una maniobra para que la casa sea vendida a bajo costo, llama a la policía. El comisario que interviene, quien hace años esta siguiendo un caso de desaparición de persona, un colono suizo de Santa Fe que vino a Buenos Aires a realizar un negocio y nunca más fue visto, descubre que fue asesinado con fines de robo y su cadáver enterrado y ocultadas sus pertenencias en dicha casa. Los asesinos son un carrero, a quien el suizo había contratado para transportar unos bultos, y un vigilante que lo sorprende en el momento del hecho pero que se convierte en su cómplice cuando el asesino le ofrece compartir el dinero que le pueden robar después de matarlo. Ambos se encargan de fomentar el rumor de que la casa esta endiablada para que no se descubra el cuerpo. Finalmente el joven remodela la casa, después de la resolución del caso policial, y establecerá allí su hogar, después de casarse.
(3) Salessi, Jorge, “Identificaciones científicas y resistencias políticas”, en Ludmer, Josefina (compiladora), Las culturas de fin de siglo en América Latina, Rosario, Argentina, Beatriz Viterbo Editora, 1994.
(4) La lectura que Walter Benjamín realiza de El hombre en la multitud de Edgard Allan Poe, en su trabajo sobre Baudelaire, es paradigmática al respecto. La multitud en las grandes concentraciones urbanas en general y en la gran ciudad parisina, en particular; el “flaneur” y el artista como detectives que saben leer en un golpe de vista, las marcas, los indicios en lo urbano. Benjamín, Walter, Poesía y capitalismo. Iluminaciones II, España, Editorial Taurus, 1999.
(5) Obviamente tal travesía también puede leerse en la realización de la propia obra de Holmberg, de cuentos fantásticos con fuertes referencias a Hoffmann, al policial; itinerario que muestra asimismo una lectura aplicada de Poe, de los cuentos y poemas fantásticos a la fundación del relato policial.
(6) Antonio Pagés Larraya es un ejemplo al respecto; mientras que Jorge Lafforgue y Jorge Rivera parecen inclinarse por el relato de Groussac, La pesquisa, como el punto de irrupción del relato policial en nuestro medio.
(7) Fray Mocho es uno de los seudónimos más usados por José S. Álvarez, periodista, cronista policial y que también se desempeñó durante un año como Comisario de Pesquisas.
(8) Aparentemente, según algunas versiones, de las cuales se hace eco la crítica literaria argentina (por ejemplo Pagés Larraya), el análisis comparativo de las huellas dactilares para determinar la identidad e identificación de una persona es un invento argentino, como la birome y el dulce de leche, más concretamente, fue atribuido en nuestro medio a Vucetich. Aunque Carlo Guinsburg en “Indicios de un paradigma indicial” lo atribuye a los ingleses en la India; esta versión es más seductora por su implicancia imperialista. A los ingleses, los hindúes les parecían todos iguales, oscuros, con las mismas vestimentas, así que idearon esa forma de identificación para diferenciarlos. Sea una u otra versión la que se ajuste a la verdad, parece interesante, al respecto, preguntarse por qué un método de identificación de los delincuentes reincidentes se extendió después a todos los habitantes de un territorio nacional, es decir, todos somos delincuentes en potencia hasta que demostremos lo contrario y, por las dudas, estamos ya identificados.
(9) Habría que tener en cuenta que el género policial irrumpe con la figura del detective privado que es antes que nada un tipo de razonamiento. El texto que inicia la serie, Los crímenes de la calle Morgue de Poe, es, según lo explica el narrador en el marco bastante extendido de ese texto, un ejemplo de un tipo de mente. Por lo tanto es una tarea vana buscar sus orígenes en el relato de un crimen, datando desde la Biblia, por el asesinato de Caín por parte de Abel, su génesis y su continuación hasta la literatura contemporánea (como por ejemplo parece decir Rodolfo Walsh en la Antología del género en nuestro país que recopila y prologa en los años 50 del siglo XX). Lo nuevo que trae el policial y que lo constituye no es el relato de un crimen, ni siquiera, quizás, el relato de la investigación de un crimen y de cómo pudo resolverse, sino la figura del detective en cuanto un tipo de razonamiento (llámese abducción según Peirce, o paradigma indicial según Guinsburg), que tiene sus implicancias, sus importaciones y exportaciones en el campo científico médico, un procedimiento que implica la lectura de detalles, indicios, armado de una serie y la reposición de una totalidad que se constituye como la más probable; y esta forma de razonamiento y la metodología que conlleva implica una oposición con las formas propuestas desde el aparato estatal, el detective, entonces, con su método, triunfa en la resolución del enigma policial en donde la policía siempre fracasa con el suyo.
(10) Es interesante también, como una lectura atenta de los textos de Poe que inician la serie del policial aventan la noción coagulada del ajedrez como emblema del policial y de la mente del detective. Por ejemplo, toda la enorme bibliografía sobre el policial en Walsh y la correspondencia con este autor ficcionalizado en Operación masacre que juega al ajedrez. Incluso en el policial negro, en Marlowe, detective emblemático de ese tipo de policial, el ajedrez es su descanso, por que implica una tarea que no tiene casi nada que ver con la que realiza en sus incursiones investigativas.
(11) Ver al respecto Foucault, Michel, La arqueología del saber, México, Siglo Veintiuno Editores, 1987.
(12) Que recuerdan a procedimientos que están en la fundación del género. En Los crímenes de la calle Morgue de Poe, Dupin se entera de los crímenes que finalmente resolverá por una noticia en un periódico, y en El misterio de Marie Rogêt, gran parte de las deducciones de Dupin se basan en la confrontación de las versiones que del hecho dan los diarios. –De allí, quizás, surgió la idea paródica de la saga de Isidro Parodi(a) de Borges-Bioy Casares. De Dupin, un detective quieto que resuelve un crimen interpretando los relatos escritos de los hechos en los diarios; a Parodi un detective quieto contra su voluntad, al estar encarcelado, y al mismo tiempo señal máxima de oposición al aparato judicial estatal, resolviendo crímenes y delitos interpretando los relatos orales de los hechos que vienen a contarle a su lugar de encierro–.
(13) “Un guión de ropa sucia”, como dirían Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, pero ropa sucia lavada en casa.
Sobre el autor
Oscar Blanco es licenciado y profesor en Letras, docente en Teoría Literaria II y Teoría Literaria III de la carrera de Letras de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Participó y participa como investigador en diversos proyectos y ha colaborado en libros como Políticas de la crítica: Historia de la crítica literaria argentina. (1999), Cultura popular y cultura de masas. Conceptos, recorridos y polémicas. (2000), Historia del ensayo argentino. Intervenciones, coaliciones, interferencias. (2003), Historia crítica de la literatura argentina. Tomo 5. La crisis de las formas. (2006) y De memoria. Tramas literarias y políticas: el pasado en cuestión. (2008); y es autor de artículos publicados en las revistas Espacios, Revista de Filología Hispánica, Tramas, Inter Litteras y El Matadero. En la actualidad prepara un libro junto a Emiliano Scaracachiatoli sobre las letras de rock en Argentina desde la caída de la dictadura militar (1983) a la crisis de la democracia (2001).