> 1.1 Modus operandi

> La evidencia y la intuición. A propósito de Policías de Novela y Policías de Laboratorio de Edmond Locard por Mauro Lo Coco

Policías de Novela y Policías de Laboratorio

DR. EDMUNDO LOCARD

 

Con esta obra comienza la vida, que deseamos larga y fecunda, de la Biblioteca Policial. Y es doble motivo de satisfacción poder hacerlo presentando a un criminalista de renombre mundial: el Dr. Edmundo Locard. Fundador del Laboratorio de Policía Técnica de Lyon, cuya dirección sigue ejerciendo, ha realizado en el mismo una labor incansable, teórica y experimental. Su producción bibliográfica es extensísima y se explaya desde el siglo xviii médico-judicial (1902), la identificación de los reincidentes (1909), y su obrita la policía (1919), plena de sugestiones, hasta el monumental tratado de criminalística, del que van editados seis tomos. En ese intermedio publicó el proceso criminal y los métodos científicos (1920), obra ya clásica, traducida al alemán en 1930, el manual de técnica policial (1923), traducido al italiano en 1925, y que recientemente ha sido ampliado y refundido en una segunda edición (1934), y policías de novela y laboratorio (1924), cuya primera versión en lengua española publicamos y a la que más adelante nos referiremos. Doctor en medicina y licenciado en derecho, esta feliz dualidad, que también poseía nuestro gran Ingenieros, explica la versación con que el Dr. Locard aborda y expone los temas biológicos y jurídicos relacionados con la investigación criminal. Es, además, profesor de técnica policial en la Facultad de Derecho y en el Instituto Práctico de Lyon, y de psicología experimental escolar en la Facultad de Letras de la misma ciudad francesa. Poseedor de una amplia cultura, que se revela en su prosa ágil y llena de matices literarios, ha logrado destacarse también como conferencista y crítico de música y literatura. Es ahora Vicepresidente de la Academia Internacional de Criminalística y redactor jefe de la revista internacional de criminalística, órgano oficial de aquella corporación.

El Dr. Locard, en una palabra, constituye una figura de las más prominentes en los estudios de su especialidad, en los que su obra ejerce poderosa influencia, sobre todo en lo que respecta al método y a la orientación. No obstante su formación inicial médicalegal, tuvo el gran acierto de apartarse a tiempo de la senda antropológica, hoy ya desconceptuada, en que persistió hasta sus últimos días Ottolenghi. Apreció desde el primer momento el valor del método de identificación dactiloscópica, completándolo con uno de su propia invención: la "poroscopía", y orientó sus investigaciones hacia el estudio de los rastros, la crítica del testimonio, la grafología, la foto­grafía judicial y la pericia en documentos, dándole así a la Técnica Policial un contenido neto y de valor práctico. Con esos delineamientos forjó su extensa obra, producto de su esfuerzo personal. Todo ello a despecho de cierta indiferencia de ambiente y de pobreza en los recursos puestos a su disposición. Y no podemos menos que pensar con cuánto mayor brillo y menor tarea hubiera trabajado el Dr. Locard de tener a su alcance los riquísimos archivos de la sección técnica de nuestra División Investigaciones, rebosantes de pericias y casos reales, de problemas prácticos resueltos y de perfec­cionamientos insospechados, productos de la labor tesonera y silenciosa de nuestros técnicos, a través de largos años.

La obra Policías de Novela y Policías de Laboratorio, que hoy publicamos, ha sido seleccionada como un símbolo del espíritu que animará las ediciones de la biblioteca policial. En efecto: destinada al gran público, tiene ese carácter anecdótico y ameno que ha de buscarse para alternar, en lo posible, nuestras publicaciones, pero, al mismo tiempo, es una producción técnica, que casi insensiblemente introduce métodos y enseñanzas provechosas. Tiene, por otra parte, la atracción de presentar, en una forma orgánica, los grandes modelos novelescos de investigadores, citados continuamente en la literatura, la prensa y la conversación, que un policía culto debe necesariamente conocer. Y la crítica comparativa que de ellos hace el autor ha de dar al policía preciosos elementos para refutar los irónicos paralelos que los profanos suelen hacer entre el policía de novela y el de profesión.

Por último, queremos destacar el hecho de que nuestro propio Jefe, no obstante su labor diaria, haya realizado personalmente la traducción de la obra inicial de la Biblioteca, actitud que nos debe estimular en el apoyo más entusiasta de esta iniciativa. Con ella nuestra policía se distinguirá entre todas las del mundo, proporcionándose un sello de cultura, técnica e intelectualidad. Resultará, así, enaltecida ante propios y extraños la grandeza de nuestra Institución y haremos obra de policías, amantes de aquella, y obra de argentinos amantes del prestigio de nuestra patria.

E. F.


Policías de Novela y Policías de Laboratorio

INTRODUCCIÓN

Al trazar la silueta indómita de Javert, Víctor Hugo escribía: "La sociedad mantiene irremisiblemente fuera de ella a dos clases de hombres: a los que la atacan y a los que la cuidan'', y más adelante agregaba: ''El dogo asusta tanto como el lobo". (1)

Esta expresión aparentemente antitética, en realidad constituye una comparación poco lisonjera para el dogo, y ello ocurre porque en la época en que Hugo escribió Los Miserables (2) , el policía era un funcionario bajo, menospreciado, no sin algún fundamento, y temible por su brutalidad, su ignorancia y sus errores. Esta desconfianza, esta antipatía, esta repulsión, en la que coincidían tanto el burgués como el paisano y el obrero, tenía su explicación en múltiples causas. Era en primer término que el reclutamiento de la policía durante la primera mitad del siglo XIX se efectuaba en forma deplorable. Henry, Jefe de División en la Prefectura, había aceptado que Vidocq, detenido en Bicétre (3) en el año 1810, organizara un sistema de delaciones retribuidas. En 1817 el nombrado Vidocq, en compañía de una decena de reincidentes, se puso al servicio de la Seguridad, la cual, hasta el año 1837, sólo estuvo formada por condenados. Fue menester que, para hacerse valer, Vidocq y Coco-Latour llegasen a organizar robos por su cuenta, para que la Prefectura de Policía resolviera confiar la persecución de los autores de crímenes y delitos a gentes desprovistas de prontuarios judiciales.  Esto motivó la disposición de la Subprefectura del 15 de noviembre de 1852, pero es fácil comprender que la tara de un origen tal haya aureolado con una gloria enojosa al servicio de Investigaciones y, por extensión, al conjunto de la Policía.

Por otra parte, si es menester rendir homenaje a la probidad de los agentes que reemplazaron a los reincidentes en la Seguridad, puede, sin embargo, comprenderse fácilmente que no inspiraron entusiasmo a sus contemporáneos. Su situación era poco reluciente; su origen modesto; su instrucción, rudimentaria; y sus procederes, bastante rudos. En fin, pareció que la forma fuerte fuese la única compatible con su genio y que su destreza fuese inferior a la de sus indeseables predecesores. Se había reemplazado el cordero por el polizonte, y el progreso en sí, indudable desde el punto de vista moral, era en verdad inapreciable desde el de los resultados.

Una segunda razón de la falta de aprecio que se tenía por la Policía, es la conjunción, que jamás dejaba de existir en el espíritu público, entre la Policía Judicial y la Policía Política. Todos los pueblos de la tierra, y los franceses más que ninguno, execran al soplón. El hombre que, por el interrogatorio de los sirvientes y de los porteros, o infiltrándose en los círculos y en las reuniones, espía el pensamiento y los actos de los ciudadanos, da cuenta de ellos y saca provecho de sus informaciones, por más que se haga será siempre un señor al cual no se le estrecha voluntariamente la mano. Debe agregarse que, bajo la Restauración, bajo la Monarquía de Julio y aún mucho más bajo el Imperio, la Policía Política no ignoró ni la intriga, ni la arbitrariedad, ni la violencia, y que era difícil olvidar la colaboración que aportó, sin duda alguna, al golpe de Estado del 2 de diciembre, y, en todo caso, a las proscripciones que le siguieron.

Felizmente en nuestros días, la tarea de los Comisarios especiales y de sus brigadas es muy distinta: la sombra de una ilegalidad los haría palidecer, la violencia no es la cualidad que se  les preconiza.   Sin embargo creo como Reiss (4) y como todos los que han participado en la actual evolución de los métodos de la Policía Judicial, que la Policía Política es una vecindad comprometedora y que es menester suprimir radicalmente toda confusión posible entre esas dos organizaciones que tanto difieren en sus objetivos, en su valor moral y en sus procedimientos.

En fin, el vicio radical de la Policía, a los ojos de las masas, era la inelegancia de los métodos empleados. Me resisto a hacer alusión a lo que una metáfora familiar designa obscuramente con la expresión "passage á tabac" (5) ; prefiero ignorar si en lejanas épocas, para servirme una vez más de imágenes expresivas aunque poco académicas, el calzado con clavos y la prensa fueron instrumentos de tortura ante los cuales cedieron mutismos muy obstinados; no me preocupo por conocer mayormente si la esperanza indefinidamente prolongada de una fianza obtenida bajo condiciones, pudo abrir a corazones endurecidos la vía dolorosa de las confesiones, y aún menos quiero acoger el rumor según el cual la permanencia en cuartos de puertas sólidas aseguró hasta el momento de la deseada confesión la calma necesaria para las pertinentes meditaciones, mientras no había aún ningún mandato judicial revestido con las firmas aconsejadas por el código. Estos ruidos vanos, traidoramente expandidos por diversos culpables empenachados con algunos inocentes, probablemente contribuyeron a arrojar el descrédito sobre las policías del siglo XIX, al menos en sus tres primeros cuartos. Pero estos lamentables incidentes no significan nada con relación a lo que cuesta el empleo sistemático de la confidencia.

Un individuo ha sido condenado por una falta grave y habiendo purgado la pena principal se encuentra aún bajo el imperio de la prohibición de residencia (6). Se lo toma infringiendo el bando; si no es muy estúpido y si, como es probable, conserva vinculaciones con aquellos que han sido o hubieran podido ser sus cómplices, el negocio se arregla inmediatamente. Se tolerará su presencia en el lugar prohibido, a condición de que denuncie a los culpables o que prevenga de los crímenes que sus amigos preparan. Otro vive de obscuros oficios; se lo sabe encubridor, se lo sospecha de proporcionar a los más audaces los planes de fechorías a cometer; uno se aboca a él y, mediante una suma fija o —con más frecuencia—, por un salario a discutir de acuerdo con la importancia de las presas, él entregará a sus cómplices y a sus clientes. Además, se cerrará los ojos ante sus propios tráficos y si es menester, en su mismo interés se lo detendrá de tiempo en tiempo para evitar las sospechas de connivencia, bien entendido que una oportuna absolución le evitará las molestias de un prolongado secuestro (7) . A espíritus algo delicados tales connivencias aparecen como muy poco elegantes, y es sabido hasta qué punto son quisquillosos aún los menos sensibles, cuando se habla de delación. Mientras la investigación criminal no conoció más procedimientos de investigación que éstos, el oficio de policía fue para las gentes honradas una profesión inconfesable. Desde el día en que otros métodos parecieron posibles, el descubrimiento de malhechores resultó la más noble y la más apasionante de todas las misiones. Empaparse de policía se convirtió en una moda; ser detective, por lo menos aficionado, fue el furor del día.

Ahora bien, cosa extremadamente notable, esta evolución del espíritu público no se debió al conocimiento de hechos reales, de un interés, no obstante, muy vivo, pero que hubiesen podido pasar inadvertidos para las masas: se debió a la influencia de una literatura. El público grueso que se apasionó por aventuras novelescas, sin esta preparación no hubiese sospechado que la investigación criminal entraba desde este momento en la vía de las más ingeniosas aplicaciones científicas. A la sombra del policía de novela que obsesionaba todos los cerebros, el policía de laboratorio realizaba, y mucho más allá, las fantasías de los escritores. Es indudable que esta pasión por el arte del detective constituye uno de los hechos más característicos y llamativos de nuestra época. Nuestros abuelos se espantaban de los forzados y temían a los agentes: adoramos a Arsenio Lupin y Sherlock Holmes nos apasiona. He ahí una de las pruebas más evidentes que pueda darse de la influencia de las literaturas. Lo mismo que Goethe y Chateaubriand prepararon generaciones de neurasténicos, lo mismo que Hugo y Musset hicieron nacer almas a la vez románticas y novelescas, lo mismo, al comienzo del siglo XX, una serie de publicaciones hacían surgir una simpatía quizá excesiva hacia los malhechores, mientras que otras novelas despertaban en el corazón de todo hombre al policía que en él dormita.

Se lo ha visto bien con motivo de cada caso resonante: en la huida del abate Delarue la pista aún caliente era husmeada por una multitud de buscadores por cierto más apasionados que competentes y cuyo ardor, sin embargo mal cebado, no se dejó desanimar ni entibiar por ninguna impaciencia. Desde su primera víctima, Juana Weber, para numerosos expertos ocasionales se convirtió en un sujeto de diagnósticos contradictorios y cada uno se improvisó en médico legista; pero el triunfo de los detectives aficionados fue ese admirable folletín del callejón Ronsin, donde ningún burgués de Francia se abstuvo de tener, desde el primer momento, la convicción de poseer, él sólo, la vía exacta y toda la verdad. Ahora bien, este espíritu nuevo, que ha hecho de todos nosotros los auxiliares benévolos, aunque no muy preciosos, de la policía regular, nos viene, como todos los estados de espíritu epidémicos, de un autor feliz, seguido naturalmente por todos aquellos que   prefieren las rutas abiertas a los caminos inexplorados. Por haber leído a Conan Doyle ha nacido entre nosotros el gusto de las investigaciones.

Y, paralelamente, así como el policía se nos hacía simpático, el delincuente nos pareció digno de interés. Otras literaturas, explotando ese corolario inevitable, nos mostraron al delincuente bienhechor, al ladrón generoso, al bandido pleno de elegancia, en una palabra, al "gentleman" ladrón. Así nació Arsenio Lupin, producto necesario y por así decir, imagen invertida de Sherlock Holmes. No es eso todo; la secuela de folletinistas que se afana sobre las huellas de los iniciadores, nos gratificó con una subliteratura policial, a la cual el tiempo hará pronta justicia, y sin embargo, no pudo bastar a la devoradora curiosidad de un público diseminado por toda la tierra. Fue necesario exhumar historias muy viejas: nuestro Gaboriau nacional resucitó gloriosamente y tuvimos las reediciones a grandes tira­jes de los éxitos de M. Lecoq. Así el arte del detective se convirtió en el gusto del día y hasta en el fondo de provincias lejanas, cada uno sintió nacer en su alma el deseo de igualar a los héroes de la novela policial.

No creo en absoluto que esta amplia corriente de ideas, que ha revolucionado a la opinión en lo que concierne a la policía, haya sido una agitación estéril. Sherlock Holmes y M. Lecoq son modelos que es posible seguir y, en muchos puntos, sobre tablas. En la renovación de la técnica policial, esos precursores han dado inapreciables servicios, atrayendo la atención sobre lo que podía hacer la Policía una vez que hubiese abandonado las vías de la rutina. Ahora bien, por feliz coincidencia, en el momento mismo en que florecía el romance policial, nacía y se desarrollaba un arte nuevo que se bautizó con bastante inexactitud como "Policía Científica" y que más simplemente llamaremos "Técnica Policial". Lo que se había esperado de las cartas anónimas, de los informes de confidentes, del interrogatorio de porteras, o del olfato de los sabuesos, otros lo buscaban en el estudio de las huellas, en la investigación de las impresiones digitales, en el análisis de las manchas. Uno advertía que la mancha de un dedo sobre un vidrio es por sí sola una prueba más segura que el reconocimiento de los vecinos o que las confesiones mismas. Se descubría que no hay delincuente, por avezado que sea, que involuntariamente no deje tras sí atestaciones de su pasaje y que esos testigos son los únicos que no mienten jamás. Se comprobaba que un cabello, una mancha de estearina, la ceniza de un cigarrillo, un paso en la arena, un poco de polvo aplastado al contacto de una falange, un mordisco en una masa, un rasguño en un objeto de madera, una palabra trazada en un muro, etc., son acusadores contra los cuales nada prevalece. Simultáneamente, el peritaje de escritos, la identificación de reincidentes, la crítica del testimonio, se sujetaban a una técnica rigurosa; cada tiempo de la investigación entraba en una vía científica; los laboratorios de policía se abrían y, en fin, como en los romances de Conan Doyle, se veía descubrir un criminal sin otros medios que la observación de las huellas y el raciocinio. El programa trazado por los policías de novela era realizado por los policías de laboratorio.

Mostrar ese programa y esta realización, tal es el objetivo y el plan de este libro.

 

 

 

 

CAPITULO    I
EDGAR POE, DETECTIVE

.. . An infinite series of mistakes arise in the path of Reason
through her propensity for seeking truth in detail. (8)
(The Mystery of Marie Roget)

 

Es indudable que, para ciertos espíritus, la expresión literaria es la manifestación de una actividad que hubiera podido realizarse en hechos y que Gaboriau, por ejemplo, hubiese sido un excelente policía si en lugar de encarnar su sueño en la personalidad de Lecoq hubiese intentado vivirlo por sí mismo. Conan Doyle, aún, no ha hecho sino transportar al Sherlock Holmes sin duda un poco de sí mismo y también numerosos elementos tomados de un hombre que fue a mi parecer su maestro en la Universidad de Edimburgo. Pero la prueba más característica es este extraño Edgar Poe, que expresó en el personaje de Dupin sus pro­pios métodos de investigación y que en el caso de María Roget resolvió, al escribir un cuento, el más arduo y el más inextricable de los casos policiales. En él, y de una vez, Poe hizo ver que quien es capaz de anudar y de desanudar la intriga de un romance criminal, puede también, cuando le plazca, descender hasta los dramas que la vida cotidiana se encarga de poner en escena, y dar a los policías las más admirables lecciones. No creo, pues, absolutamente, que el estudio  de  Tales  of Mystery (9)    sea para  el detective un simple pasatiempo y sólo un placer; veo en ellos un estudio necesario y una formación de espíritu: algo comparable al análisis de los clásicos para quien quiere dedicarse al oficio de escritor, y al estudio de la historia para quien quiera aprender a combatir o a dirigir.

En efecto, en la obra de Edgar Poe hay un par de novelas que se las ha llamado médico-legales (10): son las Historias extraordinarias: "El doble asesinato de la calle Morgue" y "El Misterio de María Roget". Se encuentra allí también un cuento exclusivamente policial: "La carta robada" y, en fin, el famoso "Escarabajo de oro",que, sin ser, propiamente hablando, del dominio criminológico, nos interesa en el más alto grado por la exposición que se hace del método analítico en las investigaciones. Lo que debe retenerse más en estos cuatro relatos, no es tanto, por cierto, la originalidad de su moraleja y la profusa imaginación de que han surgido, como la manifestación y aplica­ción de una técnica especial y muy curiosa en materia de investigaciones. Y este método está muy distante del que Sherlock Holmes ha propuesto y seguido.

El Escarabajo de Oro es la historia del descubrimiento de un tesoro. Un americano, William Legrand, ha encontrado cerca del armazón de un barco náufrago, un pergamino muy antiguo y muy grasiento. El azar quiere que uno de los personajes del cuento aproxime este pergamino al fuego, apareciendo una cabeza de muerto por revelación de la tinta simpática. Legrand supone que este emblema ha sido dibujado allí por un pirata, lava el pergamino, lo calienta de nuevo y ve un cabrito y varias líneas de cifras y de puntos. El cabrito le parece ser la firma jeroglífica del capitán de corsarios Kidd, puesto que esta palabra significa cabrito en inglés, y confía en que los caracteres secretos dispuestos entre la cabeza del muerto y la firma constituyan la indicación de un escondite donde duerme algún tesoro desaparecido. El criptograma es descifrado con una sagacidad notable, basándose en el orden de frecuencia de las le­tras en el alfabeto inglés, sobre la existencia cierta de agrupaciones muy comunes como ee, th, .etc. En pocas palabras, Legrand traduce el texto secreto al lenguaje corriente; pero aún le falta proceder a una interpretación topográfica que requiere un raro talento analítico. Vé, sin embargo, com­pensados sus esfuerzos con el descubrimiento del tesoro confiado a la tierra por los piratas.

Además de excelentes indicaciones sobre el arte de descifrar los criptogramas, (el de que aquí se trata es, desde luego, de una dificultad rudimentaria) hay allí un primer trazo del tipo de inteligencia analítica que Poe marcará en seguida con tanta fuerza en el personaje de Dupin.

Dupin, el héroe de los tres cuentos de Edgar Poe, del cual voy a hablar ahora, es el primer modelo de policía aficionado. No es que haya hecho un estudio cualquiera de lo que hoy llamamos técnica policial: el arte de comprobar huellas, de revelar impresiones invisibles, o de seguir una pista sobre el terreno le preocupa muy poco; no es ni químico ni biólogo; es solamente un razonador, o, para emplear la palabra cara al que ha concebido este extraño personaje, un analista; resuelve los problemas policiales por el placer de hacer análisis: ''así como el hombre fuerte se regocija con su aptitud física y se complace con los ejercicios que provocan los músculos en acción, lo mismo el analista se halla en la gloria con esta actividad espiritual cuya función es desenmarañar". Sigue una vehemente tirada contra el juego de ajedrez, donde no es menester el análisis, sino solamente atención, a causa de las jugadas tan diversas en dirección y en poder. Dupin prefiere el juego de damas que exige una "alta potencia de reflexión". He aquí el curioso desarrollo de esta paradoja: "Supongamos un juego de da­mas en el que la totalidad de las piezas esté reducida a cuatro damas, y en el que, naturalmente, no haya motivo para esperar atolondramientos. Es evidente que dada la igualdad absoluta de los dos partidos, la victoria no puede decidirse sino por una hábil técnica, resultado de algún esfuerzo de intelecto. Privado de los recursos ordinarios, el analista entra en el espíritu de su adversario, se identifica con él y a menudo descubre de un solo golpe de vista el único medio (un medio a veces absurdamente simple) para hacerlo caer en falta o precipitarlo en un cálculo falso". El juego de "whist" es el terreno más perfecto para distinguir al que sólo es capaz de atención del que es susceptible de análisis: el primero jugará puramente de acuerdo con la regla, el segundo "hace en silencio una multitud de observaciones y de deducciones; lo importante, lo principal, es saber lo que es menester observar: Nuestro jugador no se limita a su juego, por más que éste sea el ob­jeto actual de su atención; no rechaza por eso las deducciones que nacen de objetos extraños al juego, examina la fisonomía de su compañero, la compara cuidadosamente con lade sus adversarios...; recoge un capital de pensamiento en las expresiones variadas de certidumbre, de sorpresa, de triunfo o de mal humor... ; el apuro, la vacilación, la vivacidad, la inquietud, todo es para él síntoma, diagnóstico, todo contribuye a esta percepción, aparentemente intuitiva, del verdadero estado de cosas"(11). Como consecuencia de todo esto para Dupin el trabajo policial se reduce a una penetración de lo que el criminal ha pensado y querido. Por consiguiente se presentarían dos hipótesis: o el criminal es conocido y en ese caso entramos en las condiciones del "whist", es decir, que el análisis del crimen se reduce a una "lectura del alma", o es desconocido, y entonces el análisis, basado en una observación de los lugares y de los hechos, reconstituirá la psicología del autor y por consiguiente su identidad.

Veamos cómo procede Dupin en uno y otro caso.

El primer grupo de hechos es el que conviene más a su genio. Dado un hombre, Dupin afirma estar seguro de poder seguir su pensamiento y conocerlo, en un momento o circunstancias dados, gracias a medios tan simples como ingeniosos. "Cuando quiero saber hasta qué punto alguien es circunspecto o estúpido, hasta qué punto bueno o malo, o cuáles son actualmente sus pensamientos, amoldo mi fisonomía a la suya con tanta exactitud como me sea posible y entonces espero, para saber qué pensamientos y qué sentimientos nacerán en mi espíritu o en mi corazón que igua­len y correspondan a mi fisonomía". Y Dupin agrega que este método "ahonda mucho más que toda la profundidad sofística atribuida a La Rochefoucauld, a La Bruyére, a Maquiavelo y a Campanella". (12)
He aquí un ejemplo de la forma como penetra en el pensamiento ajeno, paseándose con el narrador:


“Después de casi un cuarto de hora no habíamos pronunciado una sílaba. Repentinamente Dupin soltó estas palabras: "En verdad, es un muchacho bien pequeño y su sitio estaría mejor en el Teatro de Variedades". "Esto no deja absolutamente lugar a dudas" repliqué sin pensar y, desde luego, sin notar, tan absorto estaba, la singular manera como el interruptor adaptaba su palabra a mi propio sueño. Un minuto después volví en mí. "Dupin, dije gravemente, ¿qué pasa con mi mente? Os declaro sin ambages que estoy estupefacto y que apenas puedo creer a mis sentidos. ¿Cómo ha podido ocurrir que hayáis adivinado que pensaba en…?"; pero me detuve para cerciorarme indubitablemente de que en realidad había adivinado lo que yo pensaba. "¿En Chantilly? dijo; ¿por qué os interrumpís? En vos mismo hacéis la observación de que su pequeña talla lo hacía impropio para la tragedia".


Y como él pregunta por qué medio ha podido adivinar así su pensamiento inexpresado, su interlocutor le contesta: "Los anillos principales de la cadena se siguen así: Chantilly, Orión, Epicuro, la estereotomía, el frutero". (Esta última palabra designa a un hombre que llevando una cesta de frutas, ha tropezado y la ha arrojado al suelo, un cuarto de hora antes, a base del cual el policía aficionado siguió su encadenamiento de ideas).


“Vuestros ojos, explica Dupin, han permanecido fijos en el suelo, mirando los agujeros y los baches del pavimento (por eso noté que pensabais en las piedras),  hasta  que  llegamos  al pequeño  pasaje donde acaba de ensayarse el pavimento de madera. Aquí vuestra fisonomía se iluminó, vi moverse vuestros labios y adiviné que murmuraba la palabra "estereotomía", término aplicado muy pretenciosamente a este género de pavimentación. Sabía que no podíais decir estereotomía sin que os sintieseis inducido a pensar en los átomos, y de ahí en las teorías de Epicuro; y como os he hecho notar hace poco tiempo que las conjeturas del ilustre griego habían sido confirmadas por las últimas teorías sobre las nebulosas, pensé que no podríais impedir que vuestros ojos se dirigiesen hacia la gran nebulosa de Orión. No dejasteis de hacerlo, y entonces tuve la certidumbre de haber tomado el paso de vuestra fantasía. Ahora bien, en este amargo chiste referente a Chantilly, que apareció ayer en el Museo, el escritor satírico, al hacer alusiones descorteses sobre el cambio de nombre del zapatero remendón, cuando calzó el coturno (13), citaba este verso latino:
Perdidit antiquun Uttera prima sonuum   
Os había dicho que tenía relación con Orión, que primitivamen­te se escribía Urión (14). Era claro, por consiguiente, que no pudieseis dejar de asociar las dos ideas de Orión y de Chantilly. Esta aso­ciación de ideas la noté en la sonrisa que se dibujó en vuestros labios. Hasta entonces marchabais doblado en dos, pero cuando os vi erguiros totalmente, estuve por completo seguro de que pensabais en la pobre talla de Chantilly. En este momento interrumpí vuestras reflexiones para haceros notar que aquél era un pobre pequeño aborto cuyo sitio mejor sería el Teatro de Variedades”. (15)
    

De este arte de identificar su pensamiento con el del sujeto en observación, Dupin obtiene los más maravillosos resultados en el caso llamado de la Carta Robada. Con fines de chantaje, un ministro ha robado un documento muy comprometedor para un miembro de la familia real; desde ese momento, ante la amenaza de dar a publicidad la carta robada, lo que paraliza toda influencia contraria a la suya, el ministro en cuestión dirige a su antojo la política. La víctima del robo ha confiado todo al Prefecto de Policía, que ha hecho atacar al culpable por agentes disfrazados de vagabundos nocturnos; pero se le revisó sin encontrarle nada. En seguida se exploró la casa del ministro en todos sus rincones: se revisó hoja por hoja todos los libros de la biblioteca, se examinaron todos los muebles con lupa en busca de escondites secretos, se levantaron las alfombras, se sondearon todas las paredes, pero la perquisición fue en vano, y sin embargo, la naturaleza misma del documento implicaba para el ministro la necesidad de tenerlo consigo en todo instante, para poderlo blandir en cualquier oportunidad.

Desesperado el Prefecto, pidió a Dupin el concurso de sus luces. Este, poniendo en práctica su teoría, que consiste en "identificar el intelecto del razonador con el de su adversario" estima que el ladrón, que es un hombre inteligente en grado superior, sabiendo que ningún secreto podía quedar durante largo tiempo en el misterio para los agentes, no habrá escondido la carta sino que la habrá dejado a la vista de todos en el lugar más aparente. Dando por sentada tal cosa, va a ver al ministro y, al charlar con él, le llama la atención "un miserable portacartas, ribeteado de oro y suspendido, por una cinta azul grasienta, de un pequeño botón de cobre colocado encima de la chi­menea. Ese portacartas contenía cinco o seis tarjetas de visita y una sola carta, muy sucia y arrugada, casi rota en dos, como si se hubiese tenido al principio la intención de destruirla, cual se hace con un objeto sin valor".

Las señas de ese papel no corresponden con las de la carta sino en un solo punto: las dimensiones. En lo demás (sobrescrito, sello, limpieza), hay un arreglo completo, "pero el carácter excesivo de esas diferencias, fundamentales en suma, la suciedad, el estado deplorable del papel, ajado y roto, que estaban en pugna con las verdaderas costumbres del ministro tan metódico, y que denunciaban la intención de despistar a un indiscreto, ofreciéndole todas las apariencias de un documento sin valor, todo eso no hacía sino corroborar las sospechas”. Por otra parte, Dupin, al examinar los bordes del papel observa que están "más rasgados que lo natural; presentan el aspecto resquebrajado de un papel duro que, luego de plegado y alisado con cuchillo, ha sido replegado en sentido inverso, pero siguiendo los mismos pliegues que constituían su primera forma". A Dupin no le queda duda alguna y se apodera de la pieza reconocida: en realidad era la carta robada.

Quizá se diga que en el caso anterior las circunstancias eran particularmente favorables, puesto que sólo se trataba de razonar con respecto a un adversario conocido, y el análisis por identificación con el intelecto del adversario es precisamente la esencia del método preconizado por Dupin: pero se desenvuelve con éxito igual y revela un mérito mucho mayor en las investigaciones en que hay que descubrir al delincuente. Así en el caso de la calle Morgue, se han encontrado dos mujeres muertas en condiciones espantosas; a una, mediante un navajazo, le han separado la cabeza del cuerpo, a la otra, después de estrangularla con una mano, le han hundido la cabeza en una angosta chimenea de donde sólo después de grandes esfuerzos cuatro hombres robustos lograron extraer el cadáver.

Por otra parte, se han oído dos voces, además de las de las víctimas, pero no se vio entrar ni salir persona alguna. Ahora bien; la escalera no ha dejado de estar ocupada, las ventanas fueron encontradas cerradas desde adentro después del crimen, y las chimeneas son excesivamente estrechas.
La policía no descubre nada y la opinión pública se rebela. Consultado Dupin, declara que el asunto es muy fácil de desenmarañar, precisamente porque es raro, excesivo y absolutamente extraordinario. En efecto, opina que únicamente son difíciles de resolver los problemas en que ningún dato tiene carácter excepcional (y veremos a Sherlock Holmes insistir en muchas ocasiones sobre este punto).
En "el caso de la calle Morgue" todo tiene un carác­ter extraño, muy apropiado para sacar deducciones exactas: desde luego, la increíble ferocidad del asesino, su fuerza sobrehumana, la ausencia de todo móvil perceptible, todo lo cual sólo podía aplicarse a un loco; pero se han oído dos voces, una, la de un hombre que gemía de espanto, la otra áspera y cascada de la cual ninguna sílaba ha llegado distintamente, y que los testigos dicen provenir de un hombre que hablaba una lengua extranjera; cada uno cree reconocer una lengua que ignora.

De todo esto Dupin saca una conclusión bastante sor­prendente, pero que el examen de los lugares se encargará de confirmar. Desde luego descubre un mechón de pelos rojos, lo que unido a otros signos le permite opinar que el crimen ha sido cometido, no por un hombre, sino por un orangután.

La observación le hace reconocer que el criminal ha entrado por una ventana y salido por la misma vía, mientras que su dueño, un marinero (Dupin ha encontrado un moño para la cabeza dispuesto en la forma especial en que lo usan los marinos ele Malta), asistía a la escena, suspendido del cable del pararrayos, sin poder llegar a la ventana por la cual el animal había saltado.

La parte más curiosa del análisis (que a pesar de su extensión voy a reproducir aquí dado su carácter típico en extremo) es aquella en que Dupin logra comprender cómo el asesino ha podido entrar y volver a salir por una ventana que ha sido encontrada interiormente cerrada, y cómo el razonamiento le ha hecho afirmar, antes de que la experiencia lo probase, que un cierto clavo que parecía intacto, en realidad estaba roto en su parte media.


Es claro, dice Dupin, que los asesinos estaban en el cuarto en que fue encontrada la señorita de Espanaye, o por lo menos, en la pieza vecina, cuando la multitud subió por la escalera. Por lo tanto sólo en esos dos cuartos debemos buscar si hay salidas. La policía ha levantado el parquet, abierto los plafones y sondeado la mampostería de los muros.
Ninguna salida secreta ha podido escapar a su perspicacia, pero no me fie en sus ojos y examiné con los míos. En realidad allí no existe salida secreta. Las dos puertas que conducen de las piezas al corredor se hallaban sólidamente cerradas y las llaves por dentro. Veamos las chimeneas. Estas, que son de un ancho común hasta una altura de ocho o diez pies a partir del hogar, más allá no dejarían pasaje suficiente ni para un gato grande. Estando, pues, absolutamente establecida la imposibilidad de la huida, al menos por las vías antes indicadas, nos vemos reducidos, en suma, a las ventanas. Nadie ha podido huir por las de la pieza de adelante sin ser visto por la multitud que se hallaba afuera; por lo tanto ha sido necesario que los asesinos escapasen por el cuarto de atrás.
Ahora, conducidos, como lo somos, hasta esta conclusión por deducciones tan irrefragables, no tenemos el derecho, en nuestra calidad de razonadores, de rechazarla debido a su aparente imposibilidad; no nos queda, pues, sino demostrar que en realidad no existe esta imposibilidad aparente.
Hay dos ventanas en el cuarto (16). Se comprobó que la primera estaba sólidamente sujeta desde adentro; en la izquierda de su marco se había perforado con un barreno, un gran agujero, encontrándose un clavo grande hundido en él casi hasta la cabeza. Examinando la otra ventana se encontró fijado un clavo análogo, y un vigoroso esfuerzo para levantar el marco movible tuvo tan poco éxito como en el otro lado. Desde entonces la policía se hallaría plenamente convencida de que ninguna huida había podido efectuar­se por ese camino… Mi examen fue algo más minucioso… Era necesario demostrar que la imposibilidad sólo resultaba aparente. A posteriori continué razonando así: los asesinos se habían evadido por una de las ventanas y admitido eso, no podían haber vuelto a sujetar el marco desde adentro, como se lo había encontrado, consideración ésta que por su evidencia limitó en ese sentido las investigaciones de la policía. Sin embargo los marcos estaban bien cerrados. Era necesario, pues, que pudiesen cerrarse automáticamente…Un minucioso examen pronto me hizo descubrir el resorte escondido.
Una persona que pasase por la ventana podía haberla vuelto a cerrar y el resorte habría hecho su oficio; pero el clavo no habría sido reemplazado. Esta conclusión es neta y restringía aún más el campo de mis investigaciones.
Era menester que los asesinos se hubiesen fugado por la otra ventana. Suponiendo, pues, que los resortes de las dos crucetas fuesen semejantes, se imponía encontrar una diferencia en los clavos o al menos en la forma como habían sido fijados…Examiné el clavo; era tan grueso como el otro y se hallaba fijado de igual manera, hundido casi hasta la cabeza.
Creeríais que me hallaba contrariado, pero, de pensar tal cosa, estaríais equivocados sobre la naturaleza de mis inducciones. Para servirme de un término de juego, diré que no había cometido una sola falta, había seguido el secreto hasta su última faz: era el clavo. Bajo todos los aspectos se parecía, decía, a su vecino de la otra ventana; pero este hecho por concluyente que en apariencia fuese, se anulaba completamente frente a la consideración dominante de que allí, en ese clavo, concluía el hilo conductor. En ese clavo, me dije, debe haber algo defectuoso. Lo tomé y me quedé con la cabeza y un pequeño pedazo del vástago, de más o menos un cuarto de pulgada. El resto quedó en el agujero, donde se había roto. Tal fractura era muy vieja, pues los bordes estaban oxidados, y había tenido su origen en un golpe de martillo que hundió en parte la cabeza del clavo en el fondo del marco. Reajusté cuidadosamente la cabeza con el pedazo que la seguía y el todo tomó la forma de un clavo intacto; la fisura era inapreciable. Apreté el resorte, levanté suavemente en algunas pulgadas la ventana y la cabeza del clavo vino con ella, sin moverse de su agujero. Volví a cerrar la ventana y el clavo nuevamente ofreció el aspecto de estar completo.


Por lo tanto, he aquí el triunfo de un método, por así decir, psicológico. Dupin va a observar el terreno con la idea ya claramente establecida de que el criminal no es un hombre, sino un mono, y el traslado al lugar no le aporta más que una confirmación: en él solo está su propio razonamiento.
El Misterio de María Roget, última parte de la trilogía policial de Edgar Poe, tiene un interés muy especial por las condiciones en que fue escrita esta novela. La joven Mary Rogers había sido muerta en los alrededores de Nueva York, sin que hubiera podido aclararse nada del misterio que rodeaba a este crimen. Poe retrató ese episodio policial con nombres supuestos y, por boca de Dupin, hizo conocer sus verdaderas circunstancias. Varios años después las con­fesiones de dos de los personajes que tomaron parte en el drama vinieron a probar que el relator había sabido descifrar, no solamente la identidad del principal culpable, sino también las menores circunstancias del crimen.
Ahora bien: Edgard Poe había escrito su novela sin haber examinado el lugar del homicidio y sin conocer nada más que lo dicho por los diarios. Se ve que aquí Dupin se identifica con su propio creador y que el método por él preconizado, una vez al menos, resultó probado. En este caso el policía de novela realizó obra de verdadero policía.
María Roget es una joven obrera muy bonita y un poco coqueta, que por primera vez desapareció durante una semana, cinco meses antes del drama en que Dupin debió intervenir.
Fuera de este accidente, parecía honesta, y, por otra parte, se hallaba de novia con un bravo hombre que la amaba apasionadamente. Una mañana deja su taller y desde ese instante nadie sabe lo que le puede haber ocurrido, hasta cinco días después en que su cadáver aparece flotando en el río. El cuerpo presentaba numerosas escoriaciones y, además, tenía una cuerda atada al cuello.
Ante todo se plantea un primer problema: el de la identidad del cadáver. Dupin la afirma sin haber visto nada por sí mismo y sólo de acuerdo con lo dicho por los diarios, pues en todo este asunto lo guía únicamente el raciocinio (y recuerdo que en realidad Dupin es Edgard Poe mismo, y que él descubrió la verdad sin haber visto nada directamente, ni interrogado a nadie). Aquí Dupin aparece sorprendentemente documentado en materia de medicina legal, pues discute con infinita competencia sobre la putrefacción de los ahogados y las condiciones en que remontan a la superficie.
En un bosquecillo vecino se encontraron diversos objetos que pertenecían a María y, partiendo de allí, las huellas de un cuerpo arrastrado, huella que llega hasta la orilla del río. En el referido bosquecillo hay indicios de violenta lucha.
La policía ha llegado a la certidumbre de que María fue víctima de una banda de vagos, y es aquí que Dupin triunfa. En efecto: siempre por el método analítico y sin el contralor de la observación directa, demuestra que si la joven hubiese sido atacada por una banda, no habría podido oponer resistencia, y por lo tanto no habría habido señales de lucha. Que, por otra parte, varios hombres llevando un cadáver, no habrían arrastrado el cuerpo, sino que lo habrían levantado, que no habrían olvidado en el terreno del crimen objetos gravemente delatores del mismo, que no habrían hundido una empalizada sino que habrían pasado el cuerpo por encima de ella; que en fin, no habrían necesitado poner una cuerda alrededor del cuello de la víctima enganchándola, lo que es indicio de haber actuado un hombre solo, agotado por el esfuerzo necesario para transportar un peso considerable. Por consiguiente, María no ha podido sucumbir a las brutalidades de una banda, sino a las de un hombre solo. ¿Quién es? Pudo desaparecer del sitio tomando la embarcación que sirvió para el crimen, lo que quiere decir que tenía libre acceso al lugar y que era experto. Por otra parte, el hombre con el cual la joven fugó la primera vez era un oficial de marina, y el tiempo mediante entre esas dos fugas corresponde a la duración de ciertos cruceros. He ahí el culpable a punto de ser identificado. Quedó demostrado que tal argumentación era de singular exactitud, puesto que el azar de las conjeturas aportó al relator una brillante confirmación. Al pasar observamos en el curso de la admirable argumentación que he resumido brevemente, esta expresión tan profunda de Dupin: i would here observe  that  very much  of  what  is  rejected  as evidence  by  a  court is the best evidence to the intellect. (17)
Pienso que al trasladar en sus detalles las historias en que se vio mezclado Dupin, expuse con claridad lo que es para Edgard Poe el policía ideal: un analista, es decir, un razonador. Desea para él el método del matemático, unido a la imaginación del poeta. Lo que él entiende por observación, en manera alguna consiste, como para el héroe de Conan Doyle, en olfatear la pista y en reconstruir el crimen por el relevamiento de las huellas más insignificantes. Edgard Poe dice (y esa es la conclusión del Misterio de María Roget): no hay que buscar la verdad en el detalle, pues en esa tendencia ve la fuente de todos los errores. Para él la policía no es tanto un arte y una técnica como una ciencia matemática, es decir, deductiva, o para emplear la palabra preferida de Enrique Poincaré, intuitiva. No es en el fondo del valle donde puede descubrirse la verdad, sino mirando hacia lo alto de la montaña. Una vista de conjunto del problema: ahí está todo. Pradera de perquisiciones y de investigaciones, el cerebro es el único útil necesario: la policía no es sino una rama del análisis o del cálculo de probabilidades. Con algunos recortes de diarios como punto inicial y un riguroso análisis de las posibilidades y de los encadenamientos, sin salir de su gabinete, Dupin soluciona las dificultades del asunto María Roget.

En “El doble asesinato de la calle Morgue”, no es el descubrimiento de un clavo roto lo que le indica el camino tomado por el asesino; es el razonamiento que le demuestra sin necesidad de tocarlo, que el clavo, a pesar de todas las apariencias, no puede hallarse intacto. En fin, en cuanto a la carta robada, una vez que logra llegar al gabinete del ministro, avanza a paso seguro, porque la deducción y el análisis psicológico lo obligan a ver la carta en el papel más visible. Dupin hace policía como otros hacen cálculo integral y con la infalibilidad del genio. ¡Maravillosa receta, es cierto, pero tan poco al alcance de los gendarmes!

Quizá no fuera inútil precisar en qué puede aplicarse el método de las ciencias exactas al arte de la policía, como lo afirma Dupin. En efecto, el método matemático no es otra cosa que la deducción, es decir, el silogismo escolástico puro. Y en ese sentido, las matemáticas no crean ni descubren nada, no hacen sino extraer del principio de identidad lo que él puede contener, aplicándolo sea a los números primos, sea a los infinitamente pequeños, sea a las figuras. Así entendido el método deductivo no sabría llegar sino a simples tautologías. En realidad, ya sea que se trate de aritmética, de geografía o de cálculo infinitesimal, ocurre en estos casos algo totalmente diferente, porque el matemático utiliza aún otra manera de razonar, que es la inducción matemática, es decir, el raciocinio por construcción, segui­do del razonamiento por recurrencia. En otros términos el calculador hace un llamado a la imaginación, construye un sistema y lo verifica remontando, recurriendo a los principios. Este llamado a la imaginación es la intuición, es lo que se ha llamado también el espíritu geométrico, por oposición al espíritu de análisis que no es sino lógica pura. Así comprendido y explicado, el método de las matemáticas puede, en efecto, aplicarse al arte policial y Dupin no está equivocado; pero debemos dejar establecido que si justa­mente habla de análisis, él sobreentiende siempre que tal análisis es semejante a la intuición; o más bien, así lo expresa, aunque en forma indirecta, puesto que en diferentes ocasiones habla de los méritos singulares del poeta.

Ello no significa otra cosa sino que el analista simplemente analista llegaría a expresar puros truismos (18), mientras que el imaginativo, que él llama "poeta" y nosotros denominamos "intuitivo", procede por inducción matemática o por construcción (19), y se dedica luego a comprobar los elementos de tal construcción, aplicando el razonamien­to por recurrencia, es decir, el análisis. (20)
En una palabra el policía ideal de Dupin, el policía analista y poeta, es aquel que construye o imagina un sistema por intuición, y después lo somete al contralor del silogismo, para llegar a la ecuación final del análisis: inculpado culpable.

No creo que se pueda discutir la superioridad de este método, pero puede objetársele que un instrumento como ese es de una delicadeza tal que sólo pueden usarlo los virtuosos.

En los medios policiales y entre el público se habla mucho del olfato policial, virtud innata y que no puede adquirirse por el uso sino sólo perfeccionarse. No sería posible proporcionar ese olfato a los detectives, como no lo sería tampoco, perdónese la irreverencia, a los canes que naciesen desprovistos de él.

La inteligencia especial de que da pruebas Dupin es de la misma índole, con lo que quiero significar que es un don natural; y si admiro al héroe de las Historias Extraordinarias, cuando aplica a las investigaciones criminales sus cualidades de matemático y de poeta, comprendo muy bien que ninguno de los policías que he visto en la acción sería capaz de hacer otro tanto, aun mismo después de diez años de estudio, y yo no más que ellos. Por el contrario, es muy cierto que así como el método apriorístico o de la hipótesis directa, sólo vale estrictamente lo que vale el cerebro que lo emplea, en cambio el sistema que consiste en buscar primero en el terreno del crimen las huellas del malhechor y en reconstruir sus gestos y su identidad, puede estudiarse y aprenderse, no requiriéndose para él sino aplicación y celo. A ello tienden los laboratorios de policía y la constitución (tan joven aún, pero tan rápidamente progresiva) del nuevo arte que se llama técnica policial.

He dicho ya que en el caso de "La calle Morgue", Dupin ha razonado desde el principio, ha construido una hipótesis, que va a verificarla luego sobre el lugar mismo y que mantiene a pesar de que ella se adapta mal a los datos sensibles. Es necesario que el clavo sea un clavo roto; contra toda apariencia, Dupin lo afirma y lo prueba. El examen de los lugares no es para él sino una verificación y un control.

En este mismo asunto un experto habría ido inmediatamente a la casa del crimen, habría buscado por sí mismo los rastros del agresor, y creo que muy rápida y muy simplemente habría establecido que se trataba de un antropoide, exactamente como lo hizo Dupin, al descubrir y examinar los pelos de la bestia y, sobre todo, procediendo a la revelación de las impresiones digitales que, por cierto, un animal como ése ni habría soñado en disimular. Ahora bien: nada se parece menos a las impresiones digitales del hombre, por más degenerado que sea, que las crestas papilares del orangután. Y aun cuando no se hubiese sabido establecer, después, que el clavo sólo estaba intacto en apariencia y que la ventana había sido la vía de acceso y de salida, no por eso el problema habría dejado de quedar resuelto en su parte útil, desde el punto de vista jurídico y judicial.

En el asunto "María Roget", el milagro no consiste en haber llegado al descubrimiento del culpable, —pienso que un técnico de mediana fuerza lo habría logrado por el estudio de los rastros— el milagro estriba en que Dupin reconstruye el crimen y designa el autor sin salir de su gabinete y sin otra base de razonamiento que la lectura de las crónicas de los cotidianos. En este caso, aún el sistema analítico habría podido ser reemplazado por la observación y la inducción, pero ¡cuán menos brillante habría parecido este último método! Ahí reside, creo, la diferencia esencial de los dos sistemas; Dupin practica lo que en ál­gebra se denomina las soluciones elegantes; es más extraordinario que Sherlock Holmes, y al lado de él Lecoq sólo es un obrero rústico. Pero quizá para los policías verdaderos es un ejemplo menos útil, dada su superioridad deseo-razonadora. Verdaderamente no podría servir de ejemplo sino el día que la policía fuese hecha por los miembros del Instituto, sección de ciencias exactas, (o por los poetas, pues Dupin los pone por encima mismo de los maestros del análisis). Mediante la técnica podemos suplir el método de Edgard Poe, y es precisamente lo que he intentado establecer con estas líneas. Por lo que concierne a la aplicación in­tegral de tal método, sólo se requiere una inteligencia selecta, poseer ciencia e imaginación, y tener genio.

 

_____________________________________________


1 Los Miserables. Ver sobre todo la 1º parte: Fantine; libro V: La Pendiente; y cap. V: Vagos rasgos en el horizonte. Ver también todo el li­bro VI: Javert de la primera parte, y aún el libro IV: Javert descarrila, de 1a  V  parte.

2 Apareció en 1872, pero en gran parte fue escrito en 1850.

3 Nombre de un  célebre establecimiento de corrección y hospicio  fran­cés. (Nota del Traductor).

4 R.A. Reiss, La Organización de la Policía.

5 Equivale a la expresión "hábil interrogatorio", que suelen emplear ciertos periódicos. (N. del T.)

6 La prohibición de residencia ("interdicción de séjour") es una pena creada en Francia por la Ley del 27 de mayo 1885, y que no existe en la legisla­ción argentina. Reemplazó a la pena de "vigilancia de alta, policía" que había establecido el artículo 44 del Código Penal francés de 1810, en virtud de la cual el liberado estaba obligado a residir en el lugar que le fijaba la autoridad, con prohibición de cambiarlo sin permiso. La prohibición de residencia adopta otro sistema: se prohíbe residir en determinados lugares, cuya lista se le notifica al condenado antes de su liberación. Esa lista es muy extensa, y com­prende todas las grandes ciudades. Es fijada por el Ministro del Interior, por intermedio de la dirección de la Seguridad General. (Nota del Director)

7 Edmond Locard, La police

8 Una infinita serie de errores se levanta en el camino de la Razón, por su inclinación a buscar la verdad en el detalle. (El Misterio de María Roget).

9 Edgar Poe, Tales of Mystery and Imagination. Ver: The Mystery of Marie Roget, The Purloined Letter, The Murders in the rué Morgue y The Gold-Bug

10 Dr.  Georges  Petit.   Estudio   médico   psicológico   sobre   Edgar  Poe. A. Maloine. París-Lyon, 1906, tesis del Laboratorio de medicina legal de Lyon.

11 Doble Asesinato en la calle Morgue.

12 La Carta Robada.

13 El coturno era un calzado de taco alto, cuya invención se atribuye al poeta dramático griego Sófocles (siglo IV antes de Jesucristo) Lo usaban los actores cuando representaban tragedias, para darle mayor majestad al per­sonaje o posiblemente para aumentar su estatura, pues los antiguos teatros griegos y romanos eran de enormes dimensiones, y los actores resultaban poco visibles para los espectadores. De ahí que la expresión "calzar el coturno" significara “representar una tragedia”. Edgar Poe alude a un zapatero de nombre Chantilly, que actuó en una representación de tragedia antigua, segu­ramente por aficionados.   (N.  del D.)

14 Quiere decir: “Perdió en la primera letra su antiguo sonido”, o sea que Urión se transformó en Orion, que el zapatero se improvisó en perso­naje trágico, por más que su poca figura no lo ayudaba. En una palabra Dupin supone que el pensamiento de su interlocutor sigue éste camino: del pavimento de madera a los átomos y a las teorías del filósofo griego Epicuro, de éste a la nebulosa de Orión, de ésta, recordando la alusión satírica, al zapatero, y a su escasa estatura. Es un proceso demasiado teórico, aunque en él demuestra Edgar Poe su brillante imaginación y su preparación clásica. (N. del D.)

15 Doble asesinato de la calle Morgue

16 Para comprender el razonamiento de Dupin, debe admitirse que se trata de ventanas a guillotina, como se ve comúnmente en Estados Unidos o en Inglaterra, por más que la escena transcurría en París (adonde, por otra, parte, Edgar Poe jamás fue). Esas ventanas se abren verticalmente.

17 Hago notar aquí que mucho de lo que un  tribunal rechaza como prueba, es para la inteligencia lo mejor que hay en materia de pruebas.

18 En lógica se llama "truismo" a la proposición que no merece ser enunciada, porque es demasiado evidente   (N. del T.)

19 El método inductivo, precisamente, busca los elementos para llegar a la síntesis;  se lo llama también "experimental". (N. del T.)

20 Buscados los elementos, se comprueban por distintos métodos lógi­cos; uno de ellos es el razonamiento por recurrencia, en virtud del cual cada conclusión se opone a sus compañeras; comprobada la veracidad de una, se comprueba las restantes.  (N. del T.)

 

 

 

> 1.1 Modus operandi