> 1.1 Modus operandi

Anarquistas y policías: historias de una relación imposible

Por Pablo Ansolabehere

 

En El juguete rabioso (1926), la primera novela de Roberto Arlt, hay por lo menos tres ocasiones en que diferentes personajes asocian al joven Silvio Astier, el protagonista y narrador de la historia, con los anarquistas. En la primera, es el poderoso y enigmático señor Souza el que exclama “¿Medio anarquista, eh?”, luego de leer la frase que Silvio, a su pedido, acaba de escribir en un papel: “La cal hierve cuando la mojan”. La segunda ocasión se da durante su breve estadía en la Escuela de mecánica militar. Allí, frente a un grupo de oficiales que, admirados por sus inventos, lo interrogan por el origen de su saber, Silvio les habla de sus libros y confiesa: “si no estudio mecánica, estudio literatura (…) Baudelaire, Dostoievski, Baroja”. Ante lo cual un capitán exclama: “Che, ¿no será un anarquista éste?”. Por último, hacia el final de la novela, Silvio se encuentra con Lucio, un amigo que hace un par de años no ve, ex ladrón devenido “agente de investigaciones”. Una de sus frase favoritas para explicar las vueltas de la vida es “la struggle for life de Darwin” que, admite, ha tomado de la “terminología ácrata”, más precisamente de un “gallego panadero que le gustaba fabricar bombas”. Y acto seguido, el agente le pregunta a Silvio, con evidente intención: “¿Vos no fabricás explosivos? No te enojés; como eras tan aficionado a las bombas de dinamita…”.

En los dos primeros casos el anarquismo aparece como una imputación, como una sospecha derivada de las preferencias culturales de Astier: ciertas frases, ciertas lecturas, ciertos saberes parecen llevar la marca del anarquismo. En el último, en cambio, se da otra situación, la sospecha deriva de una práctica popularmente vinculada con el anarquismo: fabricar bombas de dinamita. El pasatiempo que hizo famoso a Astier entre los chicos de su barrio, y que lo ayudó a conformar esa agrupación juvenil del crimen llamada “Club de los caballeros de la medianoche”, ahora, pasado el tiempo, para el antiguo ladronzuelo devenido policía, es motivo de sospecha. Porque, además, la anécdota del encuentro entre Silvio y Lucio muestra bien los aspectos que definen la relación entre policía y anarquismo: por un lado, la asociación entre anarquismo y delincuencia; para el policía la deducción es simple: la combinación de delincuencia y dinamita que caracterizan a Astier da, como único y previsible resultado, anarquismo. Y, por otro lado, ese personaje del panadero anarquista aficionado a las bombas no sólo sirve para ratificar la conexión natural entre anarquismo y dinamita, sino también la de anarquismo y saber. Cierto saber libresco que, además de las previsibles figuras del pensamiento libertario, puede incluir a personajes tan diversos como Baroja, Nietzsche o Darwin. Lucio no informa dónde conoció a ese panadero anarquista, pero lo más probable es que haya sido en las mismas dependencias de la policía, y que su gusto por fabricar bombas lo haya llevado allí. Y lo notable es que, en ese espacio de contacto que es la cárcel, el zapatero le ha transmitido al policía su saber, resumido en la idea de la struggle for life atribuida a Darwin.

La tensión que deriva, en esta escena, de la compleja relación entre anarquismo, policía y delincuencia, muy propia, podría decirse, de la literatura de Arlt, no es, por supuesto, algo nuevo. Más allá del tratamiento sin dudas novedoso que Arlt le otorga, lo cierto es que hay una serie de relatos, anteriores a El juguete rabioso, que dan cuenta de la sinuosa convivencia entre policías y anarquista. Lo que sigue es un breve recorrido por algunos de esos relatos. Un recorrido, incompleto seguramente, por algunas formas de mirar y de narrar esa relación: escritura policíaca, autobiografía novelada, crónica periodística, novela inacabada, fábula nacional. Una especie de mosaico multicolor, que comienza con uno donde el azul y blanco procuran no mezclarse para nada con el rojo y el negro de ciertas banderas.

 

Relato policial y legal

Paralela a la avenida Rivadavia, para el lado sur, mano al centro, corre Ramón Falcón. Como suele ocurrir en Buenos Aires, la calle lleva el nombre de un militar que, entre otras cosas, formó parte de la campaña al desierto comandada por el General Roca, y que en 1906 fue nombrado jefe de la policía de la ciudad de Buenos Aires por el presidente Figueroa Alcorta, cargo que ocupó hasta su trágica muerte, en 1909.

“Radowitski” es el nombre que, desde hace varios años, cada tanto aparece reemplazando prolijamente al “Ramón L. Falcón” impreso los carteles de algunas esquinas de la calle que lleva su nombre. Y esta disputa cartelera reaviva un enfrentamiento que, un siglo atrás, fue todo un clásico: el de policías y anarquistas que los nombres de Falcón y Radowitski condensan, pero, claro, no agotan. Falcón, el jefe de la policía, resume en su persona todo lo que los anarquistas odian, especialmente desde el 1 de mayo de 1909, cuando Falcón manda reprimir duramente un acto anarquista, lo mismo que hace posteriormente, ante las manifestaciones de protesta por la represión, que culmina con varios muertos. En respuesta a esa represión, y a todo lo que el jefe de la policía representa, el anarquista ruso Simón Radowitzki arroja una bomba de fabricación casera al interior del coche donde aquél se desplaza. Luego de varias horas de agonía, Falcón muere, y rápidamente se transforma en héroe oficial; mientras tanto, Radowitski, detenido inmediatamente después del atentado, se salva de la pena de muerte por ser menor de edad, pero no de una larga y penosa estadía en el penal de Ushuaia.

Esta forma violenta de relación entre policías y anarquistas, incluido el espectacular final del jefe de las fuerzas represivas de la ciudad, no es un invento argentino. Tiene ya una larga historia internacional que ha llegado también a la literatura de ficción. Pero sí es la muerte de Falcón en manos de Radowitski el primer caso local de un acto vindicatorio equiparable en su espectacularidad y eficacia a otros producidos en diversas partes del mundo. La sospecha sobre el supuesto anarquismo de Astier derivada de su conocimiento sobre explosivos y su habilidad para manipularlos algo le debe sin duda no sólo a la tradición internacional, sino también a la onda expansiva del atentado de Radowitski que todavía resuena en la Buenos Aires de la segunda década del siglo.

Pero además de esta forma de perduración, el tipo de enfrentamiento entre anarquismo y policía que la muerte de Falcón resume, tiene otro componente, que el mismo jefe de policía se encargó de expresar, por escrito, poco tiempo antes de morir. Allí se ve muy claramente no sólo la previsible y conocida condena del anarquismo como una especie de organización criminal, sino que además se le agrega el componente local, que acentúa la condición extranjera de esa organización, que se convierte automáticamente en un enemigo de la patria y transforma el enfrentamiento en una guerra donde se pone en juego el destino de la nación.

El primero de mayo de 1909 se producen en Buenos Aires violentos enfrentamientos entre manifestantes anarquistas y la policía de Falcón, que los reprime duramente. El resultado, como suele suceder en estos casos, es desfavorable a los manifestantes anarquistas, entre quienes quedan varios heridos y muertos. La reacción de los trabajadores es la declaración inmediata de la huelga general que paraliza la actividad en la ciudad durante una semana y lleva al gobierno disponer la intervención del ejército para prevenir o sofocar cualquier intento insurreccional.

Por un pedido del ministro del interior, el jefe de la policía redacta un informe titulado Proceso y sus causas de los hechos ocurridos el 1 de Mayo de 1909. Se trata, indudablemente, de un texto estatal, en primer lugar porque aparece inscripto dentro de los géneros y mecanismos de la burocracia estatal (se trata de un memorandum que un funcionario escribe para otro de mayor jerarquía que se lo demanda). Pero también porque es un texto que se ocupa de narrar cómo se ha logrado desbaratar una conjura contra ese mismo Estado. Esta circunstancia “argumental” es la que posibilita que finalmente el informe del jefe de policía se transforme en un texto pedagógico, editado como folleto por los talleres de la misma policía para servir de libro de lectura para los agentes de policía porteños. Las función pedagógica del folleto radica no sólo en lo instructivo que para un policía puede ser un relato que le expone cómo es el accionar de los insurrectos anarquistas, sino también en el análisis de las causas que han desembocado en los hechos sangrientos de la semana de mayo de 1909, que permiten comprender mejor el fenómeno y de ese modo implementar las medidas más eficaces para combatirlo.

El texto de Falcón excede los límites del memorandum policial-administrativo para convertirse –aprovechando los alcances y formatos de otros textos vinculados con la esfera estatal, que al mismo tiempo la nutren y la exceden- en una contribución más a los estudios que por ese entonces pretendían dar cuenta de los fenómenos más significativos de la llamada “cuestión social”. Esta pretensión “sociológica” del jefe de policía es evidente tanto por la estructura del texto (organizado siguiendo la secuencia “relato de los hechos - análisis del fenómeno - profilaxis) habitual en los estudios de la época dedicados a las cuestiones sociales, como por ciertas categorías conceptuales y el léxico empleados en el análisis y tratamiento del fenómeno del anarquismo.

Pero, desde otra perspectiva, el texto de Falcón también tiene los ingredientes de un parte de guerra. De allí proviene el componente dramático del relato, la fuente de tensión, y es esa posición de guerra la que también determina tanto la mirada del narrador como el lugar que ocupan los anarquistas que, de manifestantes políticos, se transforman en enemigos de la patria. De este modo el episodio del 1 de mayo y los días posteriores son leídos como una batalla entre las “fuerzas del orden” (que para Falcón es lo mismo que decir “las fuerzas de la nación”, ya que el respeto por el orden es uno de los rasgos superiores que caracteriza a la forma de ser argentina), y los “agitadores anarquistas”, enemigos naturales del orden, quienes además, por sus banderas coloradas “con inscripciones en hebreo” representan la máxima expresión de lo foráneo.

La lectura de los hechos que hace Falcón sigue la línea de otros relatos anteriores dedicados a alertar sobre el peligro anarquista. Pero en el texto de Falcón esa lectura se exaspera, no sólo, puede pensarse, por su formación militar y el lugar que ocupa dentro de las fuerzas represivas del Estado, o por la cercanía de los festejos del Centenario, sino también porque Falcón tiene la oportunidad de dar cuenta, como un testigo privilegiado, del accionar sedicioso y masivo del enemigo anarquista en las calles de la ciudad capital de la nación.

El tópico de la “invasión” de la ciudad (tan fructífero en la literatura argentina) es el fantasma que agita el narrador para dotar de temibilidad al enemigo. Este tópico, como se sabe, está directamente ligado con el proceso inmigratorio. Aquí hay que recordar que el territorio que representa al conjunto de la nación es su ciudad capital, Buenos Aires, principal puerta de entrada de la inmigración y habitada, en 1909, por un porcentaje de extranjeros que supera a los nativos. Falcón se cuida muy bien de atacar a los inmigrantes en su conjunto y a una política de estado que ha propiciado, y lo sigue haciendo, la llegada masiva al país de mano de obra extranjera, pero no deja de señalar los flancos débiles que han tornado posible la situación de guerra presente: no sólo por la llegada, entre esos extranjeros, de anarquistas y socialistas, sino también porque Argentina se ha convertido en el principal receptor del desecho humano mundial, de sus “detritus”, naturales aliados, por su condición de “fronterizos” (es decir, de extranjeros y extraviados), del enemigo anarquista que invade la ciudad.

El discurso médico-criminológico le sirve a Falcón para insistir en que no se trata de un conflicto de índole económico-social, sino de otro de características mucho más graves.  Como Miguel Cané y otros políticos argentinos, Falcón considera que la realidad argentina es muy diferente a la de Europa, y que dado que aquí hay trabajo y buenos salarios para todos, la protesta persigue como verdadero fin la toma del poder, y en este sentido asegura que la huelga y la manifestación callejera no son otra cosa que los pasos previstos de un “plan revolucionario” pergeñado por los anarquistas, que buscan “arrasar con todo lo existente por cualquier medio, destruir porque nada debe existir organizado” y constituir en la ciudad un gobierno “comunista, análogo al que imperó en París el año 1871”.

La cita muestra el dramatismo y la gravedad que Falcón procura darle al relato de los acontecimientos, al mismo tiempo que justifica la relación histórica que establece con ese gran fantasma de guerra social urbana que es la Comuna de París. Es por eso que la categoría delictiva empleada por Falcón para definir la criminalidad anarquista es la de “subversivo”. La represión policial se justifica entonces tanto por la gravedad de los hechos como por el rol natural que debe cumplir el Estado como mantenedor del orden (que no es otra cosa que mantener la nación). Claro que para que su intervención sea eficaz, debe contar con la participación popular: si las fuerzas subversivas se componen de los sectarios anarquistas (y en menor medida socialistas), del “detritus” mundial y de los “bajos fondos sociales”, las fuerzas del orden comandadas por la policía y el ejército van a contar con la destacada colaboración del “pueblo conservador’, el pueblo “sano”. Es decir que, en  este relato de guerra que es el texto de Falcón, los bandos se definen en términos antagónicos que, a su vez, ilustran el porqué de la lucha: frente a los “subversivos anarquistas”, la autoridad aliada con el pueblo conservador del orden; frente a los “focos de patología social”, frente a los "fronterizos", el pueblo sano y “patriótico”.

El final del texto está dedicado a la prevención del mal, a su profilaxis. Para conjurar el peligro anarquista Falcón propone medidas tales como el castigo de los “delitos de imprenta”, la reglamentación del “derecho de reunión”, y la sanción de una ley especial para los anarquistas, que acentúan aún más el carácter regresivo de la Ley de Residencia sancionada en 1902. Lo que no sabe Falcón es que va a lograr que en poco tiempo sus sugerencias sean implementadas, pero gracias sobre todo al argumento de su propia y espectacular muerte en manos de Radowitzky. El hecho conmociona a la república, tanto que inmediatamente se decreta el estado de sitio, Y por primera vez el anarquismo entra de un modo explícito en un texto legal específicamente dedicado a determinar los alcances de su criminalidad.(1) Con este fin las consideraciones del decreto de algún modo recopilan y sintetizan los aspectos más relevantes de los relatos estatales sobre el anarquismo y los anarquistas, en especial en la versión extrema de la víctima del “bárbaro atentado”, el “distinguido ciudadano, coronel de la Nación, don Ramón L. Falcón".(2)

Como en otras ocasiones el anarquismo constituye una amenaza contra el orden social. A pesar de que no se descubre ningún cómplice de Radowitzky y de que parece evidente que el atentado no es el resultado de un complot planeado en el seno del movimiento anarquista en Argentina, se refuerza la alarma y la necesidad de establecer el estado de excepción no únicamente para controlar la situación de “conmoción interna que amenaza los intereses más fundamentales de la sociedad” (punto 3), sino también debido a que el atentado en realidad es parte de “planes siniestros tendientes a sembrar el terror en la población”. Con el consabido agravante de que se trata de un enemigo foráneo, de ahí que se insista en presentar la lucha contra el anarquismo como una guerra en defensa de la nación. Lo que en este caso el decreto incorpora es la idea de que, si bien se trata una planta foránea, no es imposible que prenda en el suelo patrio, por lo que se hace necesario impedir “el desarrollo del anarquismo, implantado por elementos adventicios que, en forma tan injustificada, retribuyen la hospitalidad que el país les ofrece…” (punto 4). Frente a esta escritura de guerra, de bandos inconciliables, van a fluir otras historias, donde el cruce de fronteras será posible.

 

Buenos ciudadanos y buenos anarquistas

No todas las historias de policías y anarquistas terminan como la de Falcón y Radowitzki. Porque, como suele ocurrir en estos asuntos, la existencia de dos bandos antagónicos también inevitablemente estimula los cruces de fronteras y las historias de traspasos y conversiones. Una variante, repetida en más de una ocasión, es la que narra la conversión del anarquista revolucionario, apóstata y apátrida, en un buen ciudadano, respetuoso de la autoridad, el orden y la tradición nacional. Esta historia la cuenta Julián Martel, el autor de La Bolsa, a mediados de la década de 1890. Y se repite casi veinte años después, con algunas variantes, en una fábula pedagógica de Carlos Octavio Bunge dedicada a los alumnos de sexto grado de las escuelas argentinas.

Del texto de Bunge ya escribí en otra ocasión (3); baste recordar que aparece en un libro escolar titulado Nuestra Patria, publicado en 1910, y que se titula “El hombre sin patria”. Allí se cuenta la historia de un anarquista, extranjero y tirabombas, que es detenido por la policía porteña antes de arrojar una en el interior de una iglesia llena de fieles. En la cárcel lo visita el propio Bunge, llamado, en su condición de abogado, para defenderlo. Curioso por conocer a la “bestia sedienta de sangre” que pinta la prensa, el abogado va a la cárcel y se encuentra con un ser de apariencia inofensiva, con el que se puede dialogar. Dialogan, hablan sobre el anarquismo, sobre la sociedad, sobre el uso de la violencia, sobre la idea de patria. Finalmente Bunge no toma el caso, pero recomienda a un colega suyo para la defensa del anarquista. Años después de este encuentro carcelario, un burgués, amante de su patria adoptiva, la Argentina, se acerca a Bunge para agradecerle lo que alguna vez hizo por él. Se trata, claro, de aquel anarquista apátrida, arrepentido ya de sus pasadas ideas, convertido definitivamente, gracias a aquella charla en la celda, en un buen ciudadano y buen patriota.

El relato de Martel, aparecido en 1894 en La Revista de América, que dirigen Rubén Darío y Ricardo Jaimes Freyre, se titula “El anarquista”, y es presentado como un anticipo de la esperada –y finalmente nunca escrita- segunda novela del autor de La Bolsa. El protagonista anticipa al anarquista de Bunge: odia la sociedad burguesa y pretende demostrar ese odio arrojando una bomba de dinamita. Pero en su camino se encuentra con el señor Lavalette, un hombre rico pero generoso, que entabla un extenso diálogo con el anarquista, al cabo del cual termina convenciéndolo de su error: del error de su anarquismo. Aunque la historia culmina allí, el lector sabe que el filántropo ha logrado su objetivo: la conversión patriótica del anarquista.

Frente a la visión que transmite el relato policial de Falcón del anarquista como un extranjero absoluto, es decir, como alguien irrecuperable para la patria al que hay que aplicarle todo el peso de la fuerza pública y de la ley, estas ficciones de Martel y Bunge juegan, en cambio, con la posibilidad de redención del extraviado, con la confianza de incorporarlo, gracias a una adecuada tarea pedagógica, a la nación, a la idea de nación.

Pero no es ésa la única dirección en que se ha pensado o narrado el cruce de fronteras con anarquistas. La comentada escena de El juguete rabioso en la que el panadero anarquista instruye en el ABC darwinista al ex ladrón devenido policía sugiere no sólo el simple gusto por la enseñanza, sino también el conocido impulso propagandístico de los libertarios, que hasta pueden intentar convertir para la causa a un policía. Esta conjetura sobre las posibles circunstancias del encuentro entre el panadero y el policía no deriva de un libre ejercicio de la imaginación, sino de algunos antecedentes.

Uno de ellos proviene de otra novela argentina, mucho menos difundida que la de Arlt. Se trata de Bohemia revolucionaria (1910), de Alejandro Sux, escritor argentino, por entonces anarquista, admirador por igual de Darío y Kropotkin. Se trata de una especie de autobiografía de grupo novelada, una historia de la bohemia libertaria de principios de siglo. En uno de sus episodios se cuenta cómo Arnaldo Danel (alter ego de Sux, y protagonista de la historia) es detenido en las calles de Buenos Aires, junto con uno de sus compañeros de ruta, por dos “agentes de investigaciones”.  (Y no hay que pasar por alta esa precisa denominación, ya que también así, “agente de investigaciones” y no simplemente “policía”, se llama a Lucio, el amigo de Astier: por eso anda “de civil” y no con uniforme, tratando de interceptar anarquistas sospechosos de alterar el orden; por eso tiene trato con el panadero dinamitero que lo instruye). Una vez en las dependencias del Departamento de policía, y luego de negarse a que les tomaran fotografías e impresiones dactilares, los bohemios revolucionarios son interrogados por el jefe de la sección de Orden Social. Luego son conducidos a “leonera”, donde ocupan el tiempo muerto del encierro procurando instruir en los principios básicos del anarquismo a sus numerosos compañeros de celda (la mayoría de ellos alojados allí por motivos ajenos a la política). Su método pedagógico consiste en leerles y explicarles algunos pasajes de La conquista del pan, de Kropotkin. Así describe el narrador los efectos de esa lectura comentada: “La propaganda revolucionaria encuentra abonado campo donde fructificar en esas pobres víctimas de la herencia, el ambiente o la desigualdad social. Acostumbrados a ser tratados como fieras, como cosas despreciables, sus corazones endurecidos en el delito y el vicio reciben como primeras caricias las palabras dignificantes de los jóvenes detenidos”.

Es evidente aquí, más allá del tono marcadamente paternalista, el propósito de unir en un solo nado a las víctimas de la sociedad, mezcladas en el espacio común de la cárcel, gracias a los oficios de la policía y el estado burgués. Pero la tarea educativa y propagandística libertaria no se limita a esa hermandad entre perseguidos, porque el narrador de la novela de Sux también recuerda otro episodio histórico de pedagogía carcelaria, ejercido por los detenidos anarquistas de 1905 quienes, “encerrados en los buques de guerra acabaron por captarse las simpatías de la oficialidad que admitía polémicas” (evidentemente Falcón no formaba parte de sus filas). También los perseguidores pueden ser objeto de la palabra pedagógica anarquista. Versión invertida de las historias de Martel y Bunge, son ahora los defensores de la patria y el orden burgués los que pueden pasarse del otro lado. Por eso el párrafo concluye con una prueba de esa conversión en sentido inverso: “En el seno mismo de la policía, la propaganda libertaria hace su efecto, pues, no hace mucho, un oficial inspector, con catorce años de intachables servicios, abandonó el uniforme para lanzarse a luchar por la causa de la humanidad.”  

En la novela de Sux la identidad de ese policía intachable convertido al anarquismo no se revela tal vez porque la historia ya era lo suficientemente conocida. Tanto que había sido narrada nada menos que en Caras y Caretas, la revista más popular de la Argentina de las primeras décadas del siglo XX. En el número del 20 de julio de 1907, apareció en sus páginas una nota titulada “Un poeta anarquista expulsado de la policía”. El título capta muy bien lo que convierte a la historia en noticia, porque si ya la existencia de un policía poeta puede llamar la atención, que ese policía poeta sea además anarquista vuelve todo un gran enigma que merece ser explicado.
 
Se trata de la historia de Federico A. Gutiérrez  (también conocido como Fag Libert) quien, como él mismo le cuenta al cronista, trabajando en el depósito de contraventores de la policía “tuvo la visión de la miseria y la injusticia social”. Esto, sumado a su sensibilidad natural de poeta y al intercambio intelectual con los “agitadores que iban a parar allí”, lo llevó –sin renunciar a su puesto- a sumarse al movimiento libertario y a editar una revista para difundir sus ideales. Por esta razón –denuncia la nota- fue exonerado de su empleo de oficial de policía. El texto finaliza con la reproducción de uno de los vibrantes poemas libertarios de Gutiérrez, en el que éste hace un encendida defensa del delincuente, a quien ve –siguiendo en esto una línea de pensamiento típica dentro del anarquismo, como se comprueba en la novela de Sux- como otra víctima más de la sociedad burguesa.  

 

Traiciones y secretos

Estas historias de cruces entre policías y anarquistas nos permiten –para ir terminando- volver a Arlt y  a la escena del panadero anarco y Lucio, el “agente de investigaciones”. Lo que allí se muestra es el fracaso de esa pedagogía libertaria que intenta pero no logra (por ahora, por lo menos) la conversión del enemigo. Lo único que parece haberle quedado a Lucio de esas lecciones anarquistas es el eslogan darwinista que utiliza justamente para justificar otra conversión: la suya propia, de ladrón a policía. Y lo que queda flotando en ese encuentro con el viejo camarada de “latrocinios” es otra forma de calibrar el pasaje de bando: la traición, el gran tema –como se sabe- con el que se cierra El juguete rabioso.

En la novela de Sux, junto con el recuerdo del “caso Gutiérrez” y su espectacular conversión al anarquismo, se menciona también la otra variante del cambio de bando: la de un anarquista convertido en policía. Se lo conoce por el significativo apodo de El manchao, “un ex anarquista que había vendido su conciencia por un empleo y un puñado de monedas”, y que llegó a ser el jefe de la sección de Orden Social, especialmente destinada a vigilar y perseguir a sus antiguos compañeros de ideales.

Entre estas idea y vueltas, como suele ocurrir en otras historias de conversos y traidores, es posible distinguir la sombra de una zona intermedia, ambigua que, tal vez como nadie en esa misa época, supo aprovechar el genio narrativo de Joseph Conrad, como lo demuestra con El agente secreto (1907), en la que la compleja trama de relaciones entre anarquistas y policías le permite elaborar una de las más brillantes historias de ese género futuro llamado novela de espionaje. Lección maestra que, en la literatura argentina, Borges transformó en algunos cuentos perfectos de traidores, héroes y conspiradores. En el mismo sentido, pero con otra dirección, Arlt también hizo lo suyo en ese gran tratado sobre la traición que es El juguete rabioso, donde el entrevero de delincuencia, anarquismo y policía es más definitorio de lo que a simple vista pudiera parecer.

 

 

 

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1 Como dice en los “considerandos” del decreto, el “fin exclusivo” de la imposición del estado de sitio es combatir “el anarquismo” (“Decreto del Estado de Sitio”, 14 de noviembre de 1909, citado por Hobald Spalding, La clase trabajadora argentina (documentos para su historia – 1890 / 1912), Buenos Aires, Galerna, 1970, pp. 586-587).

2 “Decreto del Estado de Sitio”, 14 de noviembre de 1909, punto 2.

3 “El hombre sin patria: historias del criminal anarquista”, en Lila Caimari (compiladora), La ley de los profanos. Delito, justicia y cultura en Buenos Aires (1870-1940), Buenos Aires, Fondo de cultura económica, 2007.

 

Sobre el autor

Doctor en Letras (UBA). Se desempeña como docente e investigador en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad de San Andrés; también ha dictado cursos de literatura hispanoamericana y argentina en Wesleyan University, Estados Unidos. Ha publicado diversos artículos sobre literatura argentina (el área de su especialidad) en libros y revistas académicas nacionales e internacionales; varios de ellos se ocupan del género gauchesco. Así mismo ha preparado ediciones de Facundo, Poesía gauchesca y Relatos populares argentinos. En su tesis de doctorado analiza la relación entre literatura y anarquismo en la Argentina de fines de siglo XIX y comienzos del siglo XX. 

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