
Frío de Rusia (2005) – Fragmento de la novela inédita
por Ricardo Strafacce
Resumen:
Ricardo Hardoy conoce en un bar a Marta González, atractiva militante Chachialvarista, la noche en la que el futuro ex vicepresidente, tras cosechar un promisorio 13% en los comicios, se proyecta como joven promesa de la política nacional. Y para congraciarse con la muchacha, le dice que por supuesto, que él también lo votó a Álvarez. Hacen noche en un hotelito de los alrededores y enseguida se enamoran. Tanto se enamoran que a la mañana siguiente, mientras se hacen arrumacos en una esquina, él le dice que no quiere tener secretos con ella y se confiesa: en realidad no lo votó a Chacho Álvarez, lo votó a Zamora.
Marta González enloquece: “¡Vos sos trotskista! —aúlla— ¡Me puse de novia con un trotskista! —barrita— ¡¿Por qué, por qué, Dios mío?! ¡Chacho siempre dice que no hay que responder a las provocaciones de los trotskistas!” —gime desconsolada.
Mientras ella le grita trotskista en plena calle, el cabo Cristiano Capurro, que está de patrulla, se acerca a averiguar qué pasa. Y como Hardoy teme que la cosa les traiga problemas se le ocurre decirle al cabo que Marta González es una actriz muy conocida (al cabo el nombre le suena), que él es dramaturgo y que estaban ensayando una obra de teatro de su autoría titulada Frío de Rusia, ambientada en la época de Stalin durante la tremenda persecución contra los trotskistas. Así, supone, queda justificado que ella le gritara trotskista en plena calle.
Pero el cabo, que se declara muy amante del teatro, le pide, le exige prácticamente, que le cuente la obra. Hardoy no tiene alternativa (si no le cuenta la obra el otro es capaz de llevárselo preso) e inventa la obra en el acto. En el frenesí de la improvisación, le da por incluir como personaje a una condesa trotskista. El cabo queda muy contento e impresionado por la obra, y nace entre ambos una especie de amistad.
Días después, mientras Marta González ya está haciendo campaña en la provincia de Buenos Aires a bordo de un micro donde viaja la militancia denominado “Ómnibus de la Esperanza” y engaña a Hardoy con un ladero de Álvarez, Hardoy le pide prestado al cabo Capurro el uniforme para resolver un asunto personal. Cuando concurre a la parada del cabo a devolverle la prenda, el cabo lo anoticia de que, un poco nutrido por el ejemplo de Hardoy, ha compuesto una pieza y se la quiere contar. Y se la cuenta nomás, ahí en la esquina.
De eso trata este fragmento:
(…)
A pesar de que tenía claro que esa noche ella tampoco llamaría, Hardoy esperó paciente junto el teléfono desde las ocho hasta las once. Pero Marta González no estaba para hacer llamadas, al menos en ese momento, no porque a bordo del Ómnibus de la Esperanza no pudiera servirse de los últimos adelantos en telefonía móvil e incluso satelital sino porque las corbatas de seda de Burrongaray, que le amarraban firmemente las muñecas al respaldo de la cama del dormitorio de campaña, se lo habrían impedido. Atada como prefería, en el momento en que Hardoy decidía ya no esperar más, recogía el uniforme de Capurro y se disponía a partir al encuentro del cabo para reintegrarle la prenda y agradecerle el servicio, Marta González se dejaba recorrer por el dirigente chachialvarista que, engolosinado en la caricia, se demoraba en su zona baja con una constancia desafiadora de tumefacciones o sarpullidos y que, a la postre, le costaría la vida.
El Ómnibus de la Esperanza corría rumbo a Chascomús, a unos doscientos metros de la laguna epónima, y la visión de la ruta 2, que el micro devoraba a su paso, y de la bóveda estrellada del cielo, que, igual que el camino, permanecía siempre idéntica a sí misma a pesar del avance, constituía para la vicejefa de campaña, que contemplaba uno y otro espectáculo a través del parabrisas delantero del segundo piso del Ómnibus de la Esperanza, un motivo adicional de deleite.
Hardoy, entre tanto, marchaba al encuentro del cabo Capurro. Antes de dirigirse a la parada del cabo, sin embargo, pasó por la vereda del café de Scalabrini y Mansilla y comprobó con satisfacción que su amigo el mozo ya estaba trabajando y el ex Encargado del Turno Noche lavaba la vajilla. Sonrió para sí y se prometió que esa noche misma le haría una visita a Pepe Canchero para ver qué opinaba de la novedad. No lo enteraría, desde luego, de los detalles de su gestión. Se limitaría a decirle que había logrado convencer al patrón con argumentos que prefería no revelar.
Capurro lo recibió con cordialidad pero algo distante. Se congratuló del éxito del procedimiento, declaró que para hacerle una gauchada a un amigo con él se podía contar siempre y quiso que Hardoy se quedara en la parada para conversar un rato. Se lo notaba ansioso y apurado, y cuando Hardoy preguntó por los motivos de una y otra cosa, el cabo se sinceró: había escrito una obra de teatro.
Hardoy, que recibió la nueva con una incomodidad que procuró que el otro no advirtiera, felicitó al flamante autor y fingió interesarse en las características de la pieza. Tal vez en algún momento podría leerla, aventuró.
—En realidad me falta escribirla —confesó el cabo—. Pero la tengo toda pensada.
—Le falta lo principal entonces —lo desengañó Hardoy.
—No sé si estoy de acuerdo —dijo Capurro un poco amoscado—. ¿Le interesa que se la cuente?
—Dele —dijo Hardoy que, como no tenía nada que hacer (excepto pensar en Marta González), no objetó la propuesta.
—Me inspiré un poco en la pieza suya, se lo tengo que reconocer —dijo el cabo—. También de amor y de política es la obra mía.
—Todas las obras que valen la pena son de amor o de política o de las dos cosas juntas —aprobó Hardoy—. ¿De qué van a ser si no?
—¿Quiere que arranque? —se entusiasmó Capurro, que se salía de la vaina por empezar a contar.
—Lo escucho —alentó Hardoy.
—Le tengo que decir primero cómo es la protagonista —anunció el cabo—. No como usted que me tuvo hasta el final sin saber si la condesa suya era una gran mujer, como yo creí al principio, o una traicionera más, como se reveló al final. En la dramaturgia cada uno elige su estrategia me parece, ¿no?
—Nada más cierto —aprobó Hardoy.
—La protagonista mía tendrá una edad como la de la condesa suya pero muy bien conservada. Linda, fina, alta, culta, elegante, simpática, bien informada, va al gimnasio tres veces por semana, la plata le sobra en la casa y en el banco, tiene propiedades, amigas a montones y el marido se desvive por ella. Trabaja de psicoanalista. Ahora le digo cómo es el marido.
—Metalé —asintió Hardoy.
—Pintón, elegante, simpático, alto, culto, fino, informado, también plata y propiedades, gimnasio no menos que ella, tampoco le faltan los amigos y la psicoanalista lo quiere con locura. Arquitecto el hombre.
—La pasan bien —dijo Hardoy.
—Pero les sobran también los enemigos, no por estafas o maldades que hayan cometido uno u otro sino por envidia que les tienen todos por lo cultos, altos, informados y lo demás que ya le dije y sobre todo por tenerse el uno al otro.
—Me parece que ya los capto a los personajes —quiso apurar Hardoy—. Cuénteme la obra ahora.
—Le podrá parecer, don dramaturgo —se opuso el cabo—, pero lo que parece casi nunca es. Porque la protagonista esta de la obra mía, a la que inspirándome en usted yo le puse La Condesa, no por tener ese título prohibido por la Constitución Nacional sino por ser apodo y sobrenombre con que la distinguen los suyos...
—¿Y por qué le dicen “la Condesa”? —interrumpió Hardoy—. Es un apodo un poco raro, ¿no?
—Por qué le dicen así yo no lo sé —dijo Capurro con afectación—. Se lo dejo a la interpretación del público.
—Si a usted le parece —dijo Hardoy, escéptico—. A mí no se me ocurre ninguna explicación.
—A mí se me ocurren un montón pero no se las digo, tanto para no sacarle al público esa intriga y las ganas de ponerse a interpretar la obra como para meterme ya de lleno a terminar de redondearle cómo es el personaje.
—Fenómeno —acordó Hardoy.
—La Condesa tiene un problema psicológico que ni el marido, ni el psicólogo que la atiende, ni ella misma saben que lo tiene. Para serle franco, nadie lo sabe, salvo yo que soy el autor de la obra y ahora enseguida usted que también lo va a saber. Se trata de un problema psicológico gravísimo pero no muy conocido.
—Loca con plata —se adelantó Hardoy—. Lamento informarle que ese tema ya se trató muchas veces.
—Le respeto el concepto pero le pido que no se apure —dijo el cabo—. Porque cuanto más se apure menos me va a alcanzar.
—Je, encima me cita la carrera de Aquiles y la tortuga —se quiso florear Hardoy.
—¿”La tortuga” le decían al ex Presidente Arturo Illia, no? —dijo Capurro.
—Sí —dijo Hardoy, vagamente incómodo—, ¿pero qué tiene que ver?
—Tampoco tenía que ver su Aquiles —repuso el cabo—, y sin embargo usted no se privó
—Creí que me quería hacer una referencia culta —aceptó Hardoy— pero ya veo que no era así.
—No, no lo era —dijo el cabo—, pero ya que usted salió con esa carrera de Aquiles contra el Presidente Arturo Illia, alias “La tortuga”, aprovecho para recomendarle que no ande haciendo algunos chistes en los bares.
—No sé de qué me habla —dijo Hardoy a la defensiva.
—Estaré mal informado entonces —dijo Capurro—. La recomendación igual queda hecha. Nunca está de más.
—Le repito que no sé de qué me habla —insistió Hardoy—. Y a ver si me cuenta la obra de una buena vez.
—La vez va a ser buena —dijo el cabo con tono cortante— cuando a mí, que soy el autor y por lo tanto en este instante tan dramaturgo como usted, me lo parezca. Y como a mí, a diferencia suya, me gusta presentar bien presentados a los personajes antes de darle vía libre a la trama propiamente dicha, antes de que el complejo mecanismo del argumento mío entre a rodar, antes de que se levante el telón y la obra comience, le tengo que terminar de decir cómo es la protagonista y cómo es el marido. Y ojo que todavía me falta el tercer personaje.
—Si no hay más remedio... —bufó Hardoy.
—No, no lo hay —dijo Capurro—. Y cuanto más me interrumpa más me voy a tardar en entrar a contarle la obra propiamente dicha. Mire que de presentación de personajes falta mucho todavía, ¿eh?
—No lo interrumpo más —dijo Hardoy.
—La condesa mía también se mete en política, igual que la condesa suya —siguió el cabo—. Pero acá yo le mato el punto a usted. ¿Comunistas? ¿Stalinistas? ¿Trotskistas? —preguntó, infatuado— ¡Anarquista es el personaje mío! —gritó—. ¡a–nar-quis-ta! ¿Qué me cuenta, don dramaturgo? —siguió más calmado—. ¿Se la esperaba ésa? ¿No se la esperaba, eh?
Hardoy no dijo nada y entonces Capurro volvió a gritar:
—¡Anarquista es el personaje mío! ¡El que se diga hombre de teatro que se chupe esta mandarina!
—Cálmese, cálmese —se alarmó Hardoy al ver que Capurro, que se había desplazado desde la esquina hacia el medio de la calle, desafiaba con gestos de pelea a los supuestos hombres de teatro que pudieran encontrarse en las inmediaciones—. Vuelva a la vereda y me sigue contando.
Cuando Hardoy logró hacerlo volver en sí, el cabo continuó:
—La Condesa es anarquista furiosa —siguió— y por lo tanto odia a la policía: ve un uniforme, vomita, oye una sirena de las nuestras, escupe, se entera de que esclarecimos un hecho, le dan ganas de ir al baño.
—Los anarquistas son así —dijo Hardoy por decir algo.
—La Condesa le tiene este odio increíble a la policía —dijo Capurro—, que si usted se fija es el odio de clase que la burguesía le tiene a los trabajadores y al pueblo, del que forma parte la institución a la que pertenezco, al igual que las otras dos fuerzas de seguridad como gendarmería y prefectura. Los militares no, ojo, a no confundirse.
—¿Qué estuvo leyendo, cabo? —quiso saber Hardoy.
—Se lo digo si me promete que no interrumpe más —propuso Capurro.
—Hecho —aceptó Hardoy.
—Trotskismo —dijo el cabo—. Como quería que la obra me saliera parecida a la suya me leí el trotskismo.
—¿De ayer para hoy se leyó el trotskismo y pensó la obra? —preguntó Hardoy con gesto incrédulo.
—Lectura veloz que le dicen —dijo Capurro con suficiencia—. ¿Puedo continuar o quiere interrumpir de vuelta?
—Dele —aceptó Hardoy.
—¿Le dije que la condesa mía tendría una edad como la de la condesa suya pero estaba muy pimpante y conservada? —siguió el cabo— ¿Le dije que el marido era unos años mayor que ella pero le cumplía en los amores como el primer trabajador? ¿Le dije que vivían en una de las zonas más residenciales de Hurlingham, barrio caro si los hay, lleno de jugadores de rugby y de troskistas?
—Algunas cosas me las había dicho y otras no —dijo Hardoy con incomodidad—. ¿Falta mucho para que empiece la obra?
—Ya no falta casi nada, mi dramaturgo —prometió el cabo—. Falta nada más hacerle una advertencia: va a ser prohibida para menores la obra mía, por el ardor de los amores que cuenta y porque la Condesa es muy malhablada.
—Si no empieza de una vez no va a tener tiempo de contármela —alertó Hardoy.
—Va a haber tiempo porque es una obra muy corta, un solo acto tiene.
—Lo bueno viene en envase chico —aduló Hardoy, íntimamente aliviado de que la pieza del cabo fuera breve.
—Ahí va —dijo Capurro—. Ya mismo se la empiezo a contar.
—La Condesa pasaba todas las mañanas por la esquina donde un cabo de la Policía Federal Argentina tenía su parada y consigna. Como se dará cuenta usted que es dramaturgo, el cabo este viene siendo el tercer personaje anunciado, que como es un fiel reflejo de la vida, la personalidad y el modo de ser del autor de la obra (un poco más alto que yo lo pensé, en todo lo otro es igual), a quien usted ya tuvo el gusto, no tengo necesidad de presentar.
—No la tiene, es verdad —acordó Hardoy y, antes de que el otro se quejara, aclaró—: No fue interrupción, fue comentario.
—Se cruzaban entonces la Condesa y el cabo este todos los días —prosiguió Capurro—, la señora psicoanalista marchando apurada a sus obligaciones, el cabo cumpliendo las suyas propias parado en esa esquina. Y en ese cruzamiento cotidiano se empezaron a mirar, pero no a mirar como mira el ciudadano al servidor del orden ni como mira el servidor del orden al ciudadano, nada que ver. ¿Sabe cómo se miraban?
—¿Cómo?
—Se miraban como el hombre mira a la mujer y como la mujer lo mira a él.
—Amor a primera vista.
—Si las cosas fueran tan fáciles como dice usted estos dos arreglaban el negocio enseguida y se iban al hotelito que está ahí, en la zona de consigna del cabo. Se enamoraban para siempre y todos contentos. Claro que en ese caso a la obra mía la tenemos que tirar a la basura. Pero como felizmente las cosas no son tan fáciles, como son difíciles las cosas, existe la dramaturgia.
—No quise ofender.
—Entonces no ofenda.
—Le presento mis disculpas.
—Y yo se las concedo.
—¿No quiere seguir contándome la obra?
—Si usted lo pide tanto...
—Está pedido, dele.
—Bueno. Después de muchos días cotidianos de mirarse el cabo se anima y le dice un piropo a la Condesa. Qué lindo ser la vereda para estar debajo suyo y llevarla donde quiera, dice el cabo, y la Condesa, apenas lo escucha, se pone a decir malas palabras. Porque las psicoanalistas no le tienen asco a las malas palabras, lo tengo averiguado. Cómo se atreve un negro puto policía, es lo primero que dice la Condesa cuando escucha el piropo del cabo. Cómo se atreve a dirigirle la palabra, y palabra de picaflor además, a ella que, primero, es toda una mujer, segundo, una mujer casada, y tercero y principal, ¡anarquista! ¿O acaso no sabe él, pelotudo y vigilante, que el anarquista odia al policía como el justo quiere a la madre?
El cabo argumenta entonces que lo de mujer está a la vista, lo de casada es más discreto y lo de anarquista él no lo podía adivinar. Pero que ni el matrimonio, que por ley se puede disolver, ni las opiniones políticas, por las que él tiene enseñado no se debe discriminar, le van a sacar el piropo de la boca ni el sentimiento del corazón. Acepta entonces la Condesa esta manera de pensar pero este aceptamiento, dice, no le hace mengua a su desprecio. El piropo, además, le parece totalmente inconveniente, como inconveniente le parece el cabo íntegro. De todos modos, agrega, ya que él, patizambo y comilón como a primera vista se descubre, se ha atrevido a importunarla, ella le va a contestar con la misma entonación.
—Ya tira medio para el lado de la payada la obra suya —comentó Hardoy.
—La Condesa dice su propio piropo —siguió el cabo prescindiendo de este comentario—, que más que piropo es grosería. A ella no le va a arrastrar el ala ningún mulato soplapito, pronuncia la señora, como dándole a entender al cabo que no es suficiente varón para obtenerla. Y haciendo visajes indicativos de que se quiere ir, agrega: lo único que puede pretender un cabo policial de ella, mujer casada y anarquista, es cerrar el culo y hacerle la venia.
—¿Me parece a mí o la obra le va saliendo medio en verso? —insistió Hardoy.
—Como el cabo y la Condesa tienen la suerte de que no hay moros en la costa ni dramaturgos que interrumpan con impertinencias —dijo Capurro—, siguen conversando. El cabo, que ha escuchado a la psicoanalista muy callado y en su puesto, cuando advierte que la Condesa se quiere ir apela a un recurso profesional.
—Sí, ya sé —interrumpió Hardoy—, le pide el documento para saberle nombre, edad y domicilio.
—Mientras lleva la mano tiesa y abierta al parietal derecho en gesto institucional que usted conocerá —prosiguió Capurro, impertérrito—, el cabo dice que la venia ya la está haciendo con toda conformidad y que cualquier otro servicio por el que la señora manifestara preferencia está dispuesto, y deseoso, de practicarlo cuando y dónde la requerida lo indique, con lo cual le quiere significar que aunque lo oculte bajo ese talante insultador él ya se dio cuenta de que ella está con ganas de entenderse con él.
La Condesa, un poco sorprendida por lo dicharachero y bravío que se muestra nuestro cabo, no se queda callada. Y dice así: si el uniformado con el que por desgracia se encuentra manteniendo conversación ha sido destinado a esa esquina donde, por lo que se sabe, jamás ocurren hechos peligrosos (ni siquiera carteristas, dice saber la Condesa, importunan en esa zona) mientras que otros policías, seguramente más hombres que él, enfrentan ladrones de verdad y homicidas de pelo en pecho, esa distribución de funciones no puede tener otra causa que ésta: el cabo personaje de mi obra es, para ella, el agente más cobarde y maricón de toda la Fuerza.
Como usted se estará dando cuenta, mi señor dramaturgo, lo que la señora quería desde el principio era irse a dormir con el cabo, surge claramente de sus palabras. Pero siendo tan anarquista y teniendo aquél problema psicológico que le dije no encontraba otra manera de expresar sus sentimientos que agredir a la Policía.
—Perdóneme —dudó Hardoy—, pero a mí no me parece tan nítido que de lo que dice la mujer esta surja lo que usted le atribuye.
—Raro, señor dramaturgo —insistió Capurro—, que usted no esté enterado de que cuando la mujer dice que no quiere decir que sí.
—Bueno —quiso matizar Hardoy—, no siempre...
—¡Siempre! ¡Siempre! —gritó Capurro—. Por lo menos en mi obra es siempre así.
—¿Qué más estuvo leyendo, Capurro? —quiso saber Hardoy.
—El freudismo —dijo el cabo—. También hoy me lo leí. Pero por favor no me vuelva a interrumpir.
—Una tumba —prometió Hardoy—. Se lo juro.
—El cabo, que ya se sabe triunfador, le dice a la anarquista que se la lleva detenida a un hotel para hacerle las lujurias que él prefiera. Le encantaría, por ejemplo, que ella le lamiera el correaje, las botas, la visera de la gorra y hasta la chapa identificatoria de metal.
Y acá viene el problema psicológico de ella que ya le dije que tiene y que para mí es éste: odia lo que ama y ama lo que odia la Condesa. De tanto odiar a la Institución lo que más le gusta en el fondo (ni el psicólogo de ella lo sabe, ni ella misma lo sabe) es que un policía (policía de uniforme, ojo, policía de civil no le causa ninguna gracia) la haga sentir mujer. A consecuencia de este problema psicológico, aunque se resiste y patalea, por adentro está agradecida a la vida y al cabo. Por fin un hombre que la sabe interpretar. Como el cabo le ha interpretado perfectamente el problema psicológico de ella, a nada se le va a negar.
—¿Pero usted no me dijo que el marido era aplicado y cumplidor y se desvivía por ella? —recordó Hardoy.
—Cuando la Condesa conoce al cabo se da cuenta de que hasta entonces no ha vivido la vida —dijo satisfecho Capurro—. No sabe con qué cara le va a dar consejo a los pacientes después de esta experiencia que le ha tocado vivir en carne propia. Ya no le importa el consultorio, ya no le importa el arquitecto cumplidor. Lo único que quiere es irse a la cama con un policía de uniforme. Hasta presa iría si fuera por ella.
—¿Presa?
—Presa y maniatada. Ni bien entran al hotel le pide de rodillas al cabo que la ate al respaldo de la cama con el cinturón reglamentario.
—¿Cómo se le ocurrió eso de que a su personaje le guste que la aten al respaldo de la cama? —preguntó Hardoy con incomodidad.
—Imaginación de dramaturgo, como usted sabrá.
—¿Y la ata el cabo nomás?
—La ata y la desata, la atiende vuelta y vuelta y cuando, harto ya de esta loca, se empieza a vestir para volver a su parada, la Condesa se arroja al suelo hecha un mar de lágrimas y le implora que por lo que más quiera le dé una paliza.
—¿Una paliza?
—El cabo le dice entonces que lo que más quiere es la Institución. Por la Institución o por lo que se le cante al cabo, ruega ella, que por Dios y por Cristo le haga ese servicio. El cabo entonces la atiende como ella quiere hasta que se le acalambra el brazo de tanta azotaina. Decide entonces dar por concluido lo que concluido está. No da para más, como se dice ahora. Y a pesar de que ella, hecha ya un guiñapo sanguinolento, no deja de pedir fajina, el cabo consulta la hora en su reloj y con una mirada de desprecio se dirige a la Condesa por última vez: Vestite, perra, dice el cabo. Cae el telón.
—Es un sádico el cabo ese —dijo Hardoy.
—Narcisista nomás, según averigüé —refutó el cabo.
—Muy buena la obra. No se la aplaudo porque todavía estoy impactado.
—No me la aplaude porque no le gustó, don dramaturgo. Porque no es de su parecer político la obra mía. De todos modos le agradezco la insinceridad.
—¿Qué título le piensa poner? —quiso saber Hardoy.
—De eso le quería hablar —avisó Capurro—. La Condesa soviética le quiero poner. Pero como yo le había regalado el título este a usted, necesitaría que me lo devuelva. Usted se queda con Frío de Rusia, que además de suyo tampoco es tan malo para título.
—Por mí no hay problema —asintió Hardoy—. Haga de cuenta que cuando le devolví el uniforme y el arma el título fue en el mismo paquete. Pero me parece que no tiene que ver mucho con su obra. A la Condesa le dirán Condesa por apodo y sobrenombre pero no veo qué tiene que ver lo de soviética.
—Mire, mi amigo —cortó Capurro—, para el gran público, para la gente que no se mete en política, para el que no está en el detalle fino como usted, anarquista, soviético, comunista y etcétera es más o menos lo mismo. A mí me gusta cómo queda soviética en el título y se lo pongo, no creo que nadie me pueda privar.
—Usted sabrá —dijo Hardoy con una mueca escéptica.
—Para algo soy el autor —repuso Capurro y tendió una mano que Hardoy apretó con frialdad. Hecho lo cual se encaminó, pensativo, hacia el café de Scalabrini y Mansilla. Quería saludar al mozo reincorporado y cruzar algunas palabras con Pepe Canchero.
(…)
Sobre el autor
Ricardo Strafacce, Buenos Aires, 1958. Publicó las novelas El crimen de la Negra Reguera (1999), La banda del Dr. Mandrile contra los corazones solitarios seguida de La conversación (2006) y La boliviana (2008) y una extensa biografía (Osvaldo Lamborghini. Una biografía, 2008). Durante 2009 publicará en Editorial Mansalva La transformación de Rosendo, una novela breve.