
Crónica de una visita al Museo de la Policía Federal
Día: miércoles 4 de febrero de 2009
Hora: 4.30 pm (el museo permanece abierto hasta las 6.00pm)
Temperatura: 32º
Lugar: Microcentro de la Ciudad de Buenos Aires – Mutual de la PFA
Visitantes: D, M y S
Previas averiguaciones telefónicas y confirmaciones varias, D, M y S llegan acalorados al microcentro que empezaba a despoblarse lentamente de oficinistas y motoqueros, y luego de cambiar unas palabras en la fachada del edificio de enfrente respecto de la negativa a dar los nombres o aclarar para qué se lo visitaba, se acercan hasta la recepción de la Mutual de la PFA, que tiene instalaciones antiguas y algo desvencijadas y un restaurante bien puesto en la planta baja, además del Museo de la Fuerza. Los recibe el portero, con voz de cigarros durante toda la tarde y les informa que el recinto se encuentra en el séptimo y octavo piso del edificio, su entrada es gratuita, está abierto a toda la comunidad.
Hall de entrada: llaman al ascensor. Inconveniente. Los dos artefactos dispuestos a subir hasta las salas se encontraban detenidos en algún otro piso, y por motivos indescifrables para D, M y S, no se acercaban hasta la planta baja ni permitían saber qué hacer para llamarlos. Esperan 4, 5, 10 minutos y los ascensores siguen sin bajar. Por el calor, hay una negativa rotunda a subir por la escalera aunque el portero insista en que es un buen ejercicio para bajar la panza. D y S no se hacen cargo de la misiva y se sientan en los amplios y avejentados sillones del Hall a hablar de cualquier cosa, no sospechosa, mientras los espejos de pared a pared devuelven las puertas de los elevadores de frente y perfil.
Entra y sale gente, todos se saludan cordialmente y no están uniformados. De hecho, no se cruzarán con ningún agente de servicio vivo y mortal durante toda la recorrida.
Llaman a maestranza, se apresenta un muchacho y abre la puerta con un destornillador. Averigua en qué piso está en artefacto y con pases mágicos lo hace bajar hasta la planta baja. Trepan a él y se acomodan junto a una señora de rulos negros que baja en el mismo piso.
Séptimo Piso. Recepción del museo.
Una chica joven y arreglada los deja pasar a la primera sala, sin advertir nada más.
_ 
A partir de este momento, D, S, y M se encuentran solos y munidos de sendas cámaras fotográficas en las salas vacías y muy poco ventiladas del museo. Desde el vamos se dan cuenta de que hay cierta organización por categorías, cierto itinerario que cruza el tiempo histórico con la institución policial en sus facetas más obvias pero también más inesperadas. M nota que la soledad y el silencio del museo accede a dejarlos recorrer con quietud y a situar los ojos por todos lados, pequeños descubrimientos de una trama a partir de la conservación y el cuidado de los objetos.
Sala 1: La institución policial a lo largo del tiempo


Les dan la bienvenida un grupo de maniquíes uniformados: cada uno de ellos representa no sólo una procedencia histórica a través de su traje sino sobre todo una actitud frente a las funciones esperables de los agentes del orden a través del tiempo. El look de cada uno de los muñecos completa la fachada de sus levitas, de sus medallas o gorras y se explican, si hiciera falta, a través de identificaciones (todo policía debe siempre poder ser identificable: categorías, rangos, usos y abusos de la autoridad que el título le confiere). A modo de ejemplo:
El tema de los maniquíes los inquieta, son presencias muertas, pero presencias al fin. D saca fotos sin parar, S conversa con algunos de ellos, les pregunta por su vida útil al servicio de la comunidad. M cree que de noche aprovechan para entrar en movimiento y seguro piden pizza por teléfono para compartir, son una multitud.
Mientras los muñecos se suceden a un costado, recorren vitrinas llenas de gorras, de medallas, pero es de lo más aburrido de la visita: de qué sirve exponer los premios si no se puede saber qué acción felicitan. Lo que quedan claros son algunos sistemas de méritos que se ridiculizan por venir de lo policial mismo: rodeado de vidrios, la maqueta en escala de un barco a vela gana su lugar por haber sido construido por un agente inteligente de la Federal. Lo mismo con algunos cuadros colgantes: tienen poco valor estético pero fueron pintados por oficiales con inquietudes artísticas, y la institución sabe reconocer esta correcta inclinación al exponerlos al público común.

Dato de color: un mazorquero con bigote tupido es considerado parte de la fuerza, se erige como representante frente a otros rostros más cercanos al estereotipo militar. El porte del mazorquero es desconfiado, acalorado, espera órdenes del Restaurador pero no tiene posición de firme y remite una vez más a la sangre, aunque sus venas sean de polietileno y su peluca huela a naftalina.
Por lo visto y lo que vendrá, ésta parece ser una escena común en un museo policial: el oficial en guardia escucha atento a la policía más atractiva de su distrito. Ella tiene que pasarle información confidencial que recibió de un buchón la noche anterior, cuando recorría de civil los prostíbulos de la zona. Este cabo principiante quiere hacer carrera y ascender rápidamente: es el encargado de transmitirle al comisario el informe detallado de la oficial, pero le descuentan puntos y pesos si fija los ojos en el cuerpo de su compañera o si se involucra sentimentalmente con la señorita. Ella le cuenta todo y no espera respuestas: da media vuelta, cruza el pasillo y se va.
Sala 2: Las telecomunicaciones
Es sabido que los recursos de la Policía Federal no están a la altura de los avances en materia tecnológica. Pero en el tiempo se sucedieron distintas maneras de llamar al 101 o al 911. También el sistema de escuchas secretas y teléfonos pinchados se ha modificado. Lo que le llama la atención a S es que ciertos aparatos obsoletos funcionaron hasta hace muy pocos años. ¿Qué hará la policía con Internet? ¿Sumarán marcas al mapa del delito? Los agentes que cuidan las esquinas, ¿prefieren mandar mensajes de texto o jugar a los juegos que trae el celular?
Aprendieron que antiguamente el contacto del cuidador del barrio con la comisaría dependía de un sistema de timbres:
S, D y M están muy atentos a las formas discursivas con las que se expresan las indicaciones, los rótulos del museo. Una hipótesis momentánea es que fueron redactados por agentes dedicados a tareas administrativas: si éstos tienen igual compromiso que los otros policías pero asumen menos riesgos físicos, no por eso no saben reconocer un delito mayor o un objeto incriminatorio.
La relación OBJETO-CARTELITO crece a medida que pasan por las salas y es toda una sorpresa hasta el final. Porque si el objetivo del museo fue y es la conservación, entonces son los pequeños carteles los encargados de reafirmar la pertinencia de los muebles en la memoria colectiva de la fuerza. El hecho de que la mayoría de los letreros estén escritos en español e inglés no es un hecho aislado: no sólo hay agentes bilingües que redactan sino que incluso puede haber público internacional que guste conocer en su propia lengua las proezas de la PFA.
A saber, el famoso pianito:
Sala 3: Juego clandestino
Piso Ocho, al que se accede por una pequeña escalera a un recinto muy parecido, también adornado con cortinas rojas que no permiten el paso del aire ni de la luz natural.
Esta es la primera sala que expone objetos incautados. Toda una tarea de la fuerza policial. En allanamientos y procedimientos secuestraron ciertas piezas que llamativamente son ejemplificadoras del accionar y parecen resumir el “delito” en sí mismas. La primera pregunta que se hace M es adónde fueron a parar todos los otros cientos de miles de objetos que no se exponen: ¿depósitos, cuarteles, casas de familia de los policías, casinos de oficiales?
El museo comienza a ponerse didáctico y no es difícil imaginarse a estudiantes o aprendices que, cursando sus últimos años antes de entrar en acción como policías oficiales, asisten al museo para confirmar toda la enseñanza y asirla prácticamente, retenerla por medio de la observación.
El oficial del mañana, aquel encargado de perpetuar en las futuras generaciones el “buen nombre” de la PFA, nunca debe incurrir en actividades ilegales. Y en el caso que las descubra, debe llegar hasta las últimas consecuencias, visibilizando aquello que se oculta en los vericuetos de las acciones ilícitas. Mobiliario utilizado para levantar apuestas, ruletas clandestinas, cartas de truco marcadas:

Sala 4: Los estupefacientes
Cualquier agente debe poder reconocer a un drogón. Debe incluso ser capaz de saber con qué sustancia se drogó y los efectos que trae cada una de ellas. Ésta es una de las mejores salas del museo. La propia institución parece tomar a los propios agentes por tontos y cree conveniente aclarar la cuestión con el viejo método del cuadro sinóptico: entra por los ojos, organiza la información y garantiza cierto conocimiento.
Agente, lea y repita:
Las definiciones son sorprendentes por lo escuetas y didácticas, pero sobre todo por el tipo de criminalización que exponen y proponen. Las cursivas son de la PFA, las bellas artes, una ilegalidad en potencia:

Como si fuera un sketch de Capusotto, es válido aclarar qué tipo de males se esconden tras las drogas, pero nada que decir del narcotráfico ni de la cantidad de cocaína que es capaz de consumir un comisario de la Capital.
M, S y D se ríen porque todo el mundo de los estupefacientes a lo largo de la historia de la humanidad está sobredimensionado y enseguida titila una buena pregunta: ¿Cómo es que la droga ingresa a un museo? ¿Dónde se justifica esta necesidad?
De las enseñanzas de los carteles y de ciertas fotos que se exponen en la sala, es posible pensar que algún que otro oficial, asesorado por un químico, pudo distinguir los efectos de las principales sustancias y su relación con la realidad. No se cita la fuente de la que proviene la información, pero no es arriesgado sospechar que por medio de ciertos experimentos con estupefacientes los oficiales llegaron a las siguientes conclusiones:
Depresores: NIEGAN LA REALIDAD
Estimulantes: DESAFÍAN LA REALIDAD
Alucinógenos: DISTORSIONAN TODO
Nada más gráfico.
Hay posters en las paredes con fotos de yonkis y vitrinas que exponen bolsas con yeso que parece cocaína incautada. Los tatuajes son una constante incriminadora que se repite de sala en sala a través de muñecos con marcas y símbolos: las jeringas, los mensajes ocultos en la actividad de dibujarse la piel en forma permanente.
Sala 5: Robos y hurtos
Esta sala repite el esquema de los maniquíes y hay varios de ellos. Si en la entrada del museo los muñecos representaban a los oficiales y sus rangos, ahora queda clarísimo cuál es el estereotipo de delincuente: cicatrices en la cara, barba de pocos días y trajes y boinas viejas tratan de forzar una caja de seguridad en la quietud absoluta de la sala. Es claro que, incluso sin poder moverse, sus intenciones pasan por quedarse con el botín y entonces los maleantes son una presencia cercana y amenazante. Real, no de película. Como si fuese posible robar en un museo policial.


A M, a D y a S les llama mucho la atención el contenido de la vitrina que está frente a los malhechores: en ella se guardan las armas de combate y municiones de Severino di Giovanni (1901-1931) y los suyos, e incluso las esposas que tenía puestas al momento de ser fusilado. Acá es necesario hacer un paréntesis justiciero para el bueno de Severino: si bien él se instruyó en teoría anarquista y prensa libertaria, sus acciones más rotundas fueron las voladuras de la Embajada de EE.UU., del Citybank y del consulado italiano, donde murieron varios fascistas de ley amigotes de Mussolini. ¿Pero por qué tiene esta presencia en el museo policial? ¿Por anarquista, por justiciero, por vengador? Al respecto, M aventura a creer que es a modo de venganza: no sólo haberlo detenido y fusilado es un acto que puede enorgullecer a la PFA, sino que cree que la saña que tuvieron con Di Giovanni fue porque desfiguró a un oficial de la fuerza de un tiro en la cara.


Sala 6: Las manos de Perón y sus alrededores


El ataúd agujerado donde estuvo Perón hasta que decidieron cortarle las manos sin dudas es lo más atractivo de toda la sala. Está ahí, es un detenimiento, y es la prueba de una violencia física y política ante la muerte. El vidrio está tan profundamente roto que para no tentar a los visitantes del museo y que metan sus manos, los curadores del lugar le pusieron OTRO vidrio encima, que también se rompió. Sospechosamente.
Al lado del ataúd de Perón está la caja en la que Pedro Eugenio Aramburu fue ocultado durante su secuestro en 1970. Esta cercanía parece explicarse en cierto amontonamiento de los objetos a ser exhibidos para que en la recorrida el visitante no se pierda nada. Pero es algo torpe el rejunte: en las vitrinas que están exactamente enfrente hay un muestrario de los objetos diseñados para que los cuerpos se inmovilicen y se identifiquen como detenidos.
Se suceden los hallazgos en materia policial –encanutaron monedas, billetes y pasaportes falsos, aprendieron a hacer indentikits de una vez y para siempre– y es entonces cuando se puede afirmar de la visita que la policía como institución se autorrepresenta en una acción y en una prohibición para los otros. En este museo están al servicio de ellos mismos permanentemente, nada que ver con la comunidad.
Sala 7: Esoterismo y brujería
Otro momento extraño en el museo, una sala con la colección de piezas incautadas a brujas, adivinas, y gente dedicada al esoterismo y las macumbas en general. Queda claro que son bastante antiguos los objetos y no se perciben aires de renovación en las muestras que se eligieron en su momento para exponer; es probable incluso que ya no consideren delitos a cosas de este tipo. Algunas están allí como una parte curiosa de los procedimientos que incluyeron el secuestro del moviliario del delito:
La mesa triangular de una adivina con un jarrón claramente incriminatorio…


y una serie de adminículos del mal: puñales, bolas de cristal y hasta una lechuza embalsamada!
en la vitrina contigua, toda una declaración polémica de la federal: colgada cerca de la pared está la túnica y los adornos que Lopez Rega usaba en sus sesiones de espiritismo, con confiscación ordenada por la justicia nacional


Sala 8: Autopsias / homicidios / violaciones:
SIN FOTOS: herían la sensibilidad de la cámara.
Si alguien va de visita al museo, es evidente que no podrá dejar de pasar por este lugar; pero D, M y S no pueden reproducir con exactitud todo lo que vieron allí ni es pertinente en este contexto detallar tanto más.
Sala 9: Los bomberos y las armas
Se va terminando la recorrida y hay que bajar por la escalera que devuelve a los visitantes al séptimo piso de la mutual, lugar donde empezó todo. Pero ahí mismo, en el recodo de la bajada, se erige la otra parte del cuerpo policial, la faceta más voluntaria y útil porque atiende sólo un tipo de urgencia: los bomberos y las formas de ganarle al fuego. No se les da demasiada importancia a juzgar por la cantidad de objetos expuestos, pero igualmente la sala está abarrotada y conserva cierta clasificación. Puede haber una moto estacionada de adorno y una pared llena de municiones enfrente bajo doble vidrio (incluso D se detiene a apreciar las variantes de gases lacrimógenos). Hay una cantidad importante de revólveres y metrallas colocados con ganchitos y series de números y letras que no parecen tener mucho uso pero sí un tiempo largo colgados. Los hay de distinta forma, de distinto largo y para mayor o menos cantidad de balas.

Y hacia el final, un pequeño puesto con las publicaciones de la fuerza y algunos escudos azules colgados de las paredes.
Cuando D, M y S, visitantes curiosos y algo acalorados de las instalaciones, se deciden y llaman al ascensor, una señora de edad algo avanzada en sus tareas les pregunta qué tal la visita. Los tres atinan a remarcar la importancia de que un sitio así exista, tan evidente está todo expuesto y enmarcado. La señora se autopresenta como responsable de las visitas guiadas del establecimiento y comenta que en La noche de los museos (ese evento porteño de recorrida nocturna una vez por año) el lugar se llenó de visitantes y que a veces hay escuelas que piden un paseo aunque las señoritas se impresionan cuando ella les explica telefónicamente lo que se van a encontrar al llegar; “se ve que piensan que es un museo de la represión”, comenta en broma (!). Y ya bajando a la calle los tres se alegran de que afuera todo lo de adentro parezca tan desconcertante.